Avenida Boyeros

avenida Boyeros
Foto: Dazra Novak

Lo que más me gusta de Boyeros, en ese tramo que va desde la Ciudad Deportiva hasta su cruce con Carlos III, son las palmas. Más grandes y más chicas. Troncos gruesos, empinados, o bajos, como panzas de mujer que espera un nacimiento. Amazonas con los cabellos sueltos, alborotados por el viento. (Incluso cuando no sopla yo imagino cómo, travieso, las despeina). Cuando comienzan a erguirse, en filas esbeltas y orgullosas, percibo que me dan una suerte de bienvenida. Alegres, despreocupadas, en ese no tan largo recorrido por sendas amplias y transitadas, custodiando el paso de autos modernos, almendrones, guaguas, transeúntes y vehículos de dos ruedas, originales o inventados. En muy pocas avenidas de La Habana se puede probar la velocidad como se prueba aquí, justo cuando nos vamos acercando a la raspadura que se asoma allá en la plaza y el conductor aprovecha, se cambia de senda libremente, pisa el acelerador y va pensando en todo o en nada, que no es lo mismo, pero es igual. Me pregunto a qué conlusión llegarán mientras yo me jacto de haber ganado la ventanilla (pagando lo mismo: diez pesos), siempre en el asiento delantero y me molesta cuando me toca, por respeto, frenar en la luz roja. Lástima, no debería haber semáforos en Boyeros, es esta una avenida para dejarse llevar.

 

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