Amigos del mar

entrada a Amigos del mar
Fotos: Dazra Novak

¿Y ahora a qué lugar vamos?, nos preguntábamos algo desganados aquella noche a la salida del Cine Teatro Trianón. Cualquiera pensaría, con tantas ofertas de bares y restaurantes, que la respuesta sería cosa fácil, pero lo cierto es que sucede todo lo contrario: en una ciudad cada vez más llena de visitantes extranjeros y bolsillos pudientes a veces es difícil encontrarse 1) un buen sitio con mesas vacías, 2) Sigue leyendo “Amigos del mar”

Guardavecinos: ni tan cerca ni tan lejos

guardavecinos
Foto: Dazra Novak

Uno de los elementos más distintivos y admirables de la rejería cubana son los guardavecinos. Estas caprichosas divisiones, aparentemente tímidas, a duras penas separan hoy balcones y vecinos tan malacostumbrados a posar indiscriminadamente el ojo sobre el otro, a la convivencia pared con pared, a esta Habana que es una gran casa común. Sigue leyendo “Guardavecinos: ni tan cerca ni tan lejos”

Hablan las columnas

columnas reflejadas en vidriera
Foto: Dazra Novak

Verdadera constante del paisaje habanero son las columnas. Su función, a medio camino entre el sostén y la decoración, comenzó en el lejano XVIII. Siglo que abrió paso, entre otras cosas, al barroco colonial que se entronaría en la isla con sus maneras exageradas, su manía de complicarlo todo con abundantes líneas curvas que, en cuestiones de exuberancia, compiten con la profusa vegetación autóctona que dos centurias antes de seguro presentía la llegada del almirante. Sigue leyendo “Hablan las columnas”

Breve paseo de estilos

edificio serrano
Foto: Harold Ferrer / Tomada de http://www.quinquecuba.com

Quizá por eso, porque a La Habana no le impresionó por mucho tiempo un único estilo arquitectónico, sus habitantes somos de todo un poco: alegres y trágicos, sueltos e impresionables, imparables y achantados, musicales y solemnes. Un visitante atento, al admirar nuestros edificios cuyas fachadas e interiores corren siglos desde el mudéjar al art-nouveau hasta lo cuestionable-geométrico-emergente, podrá comprobarlo por sí mismo: nuestra mulata, zalamera pero muy religiosa, nació de esa cargante manipulación de sombras provocada por las curvas barrocas de la Iglesia de la Catedral. Sigue leyendo “Breve paseo de estilos”

Faroles habaneros

farol en la pared
Foto: Dazra Novak

Para los primigenios habitantes de esta isla las primeras fuentes de luz fueron los cocuyos, las teas, las antorchas. Hasta que se abrieron paso, a través de la oscuridad y de los siglos, las velas de sebo o los velones nutridos con aceite de oliva importados desde Sevilla. Estos últimos, lujo de adinerados. Sigue leyendo “Faroles habaneros”

Calle con árbol

calle 22 del Vedado habanero
Foto: Dazra Novak

¿Qué fue primero, el árbol… o la calle? Había pasado mil veces y tan rápido –se vive tan rápido desde hace un tiempo-, que nunca me animé a bajar en la parada que le queda cerca, después de la curva si se va en dirección a Playa, para echarle un vistazo a sus raíces. Abandonar el transporte habanero que tanto tiempo cuesta agarrar nunca fue negociable. Hasta hoy. Sigue leyendo “Calle con árbol”

Calle 30

calle 30
Foto: Dazra Novak

Me resulta curioso, considerando el no poco tráfico que la recorre, lo tranquila que es la calle 30. Podría decir, incluso, que en su estado natural prima el silencio. Sus vecinos, recogidos en casas grandes, aunque no tan alejadas de la acera, ni siquiera se asoman como en otros barrios a mirarnos a los transeúntes, qué hacemos, cuánto tiempo nos quedamos parados delante admirando este o aquel portal, este o aquel balcón que a lo sumo se elevará tres metros por sobre una calle donde no abundan edificios demasiado altos. Sigue leyendo “Calle 30”

La Vitrola

restaurante la Vitrola
Foto: Dazra Novak

Pues, sí, me dije, ¿por qué no regalarme un desayuno? ¿por qué no hacerme la idea, agarrar la carta, pedir una tortilla que en esta aventura se llamaría omelette au fromage? Miré a la Plaza Vieja con las gafas puestas, entrecerrando los ojos como quien nunca la ha visto y dije que sí al ofrecimiento de las crepes. En otro momento habría dicho, no gracias, yo me hago arepas en casa y me sale mucho más barato. Pero aquella mañana, cómo decir, se me subió la turista a la cabeza y acepté. Bebí despacio mi jugo –oh, perdón, mi zumo-, de naranjas, también, porque estaba delicioso, pero básicamente para que no se me acabara tan pronto. Repasé con auténtico asombro las paredes atiborradas de viejos anuncios publicitarios de jabones de lavar, Coca Cola, pasta Colgate, cigarros, cervezas, escuchando todo el tiempo a Beny Moré por los altavoces et voilà! Un haiku: Mesero sonriente trayendo plato hace reverencia. Mis ojos se clavaron en esos panecillos baguette donde ondeaba una banderita cubana de papel agarrada a un palillo de dientes. Después, para qué mentirles, paladeé a mis anchas el sabor del ajo en la mantequilla, la brisa fresca de la mañana bajando por la calle Muralla hasta la plaza, la llenura y el sopor tras la taza de café. Me inventé una ceguera repentina para sacar los billetes de mi monedero como quien no ve muy bien lo que está haciendo y salí tarareando una canción con esa sonrisita.

Zoológico Nacional

zoológico nacional
Foto: Dazra Novak

Ni los zoológicos ni los acuarios. No me gustan los animales encerrados con el único y cuestionable objetivo de poder verlos en vivo y en directo. Igual fui. Está lejos, pero es barato. Está lejos, pero es algo diferente para hacer. Claro que me entristeció, tanto como me alegró el asombro y contentura de los niños, verlos tras las rejas, en espacios hediondos y reducidos pagando algunos la gracia de los que lanzan latas de cerveza vacías al agua verdosa de algún estanque. Claro que me molestó aquel triste camello, arrodillado, con un chamaco posado en su lomo, a la espera de la correspondiente foto del celular que quedará para contárselo años más adelante. Me ahogó el calor de mediodía de la gran alfombra de asfalto que une la zona de los animales en cautiverio y la feria del parquecito inflable y ventas de merolicos y comidas, con la terminal donde hubo que esperar dos horas para montarnos en la aspirina, la guagüita que nos llevaría al safari de la Pradera Africana. Respiré hondo, me llené de paciencia al escuchar la frase de aquella chiquilla, que no levantaba dos cuartas del piso, cuando vio a los machos de las cebras en plena acción: ¡Mira, la cogió!, a los primeros leones: ¡pero si está en la tela!, y cuando el conductor hacía paradas demasiado breves a su entender: ¡Chofe, dale suave que tú no estás apura´o ni ná! Por lo menos, pensé, estos animales están mucho más libres que los otros. Y me dejé llevar, en esos breves instantes en que la chiquilla no abrió la boca para soltar una de las suyas, para admirarme como una verdadera niñita ante la jirafa bebé, la enormidad del rinoceronte, esa maléfica mirada que creo advertir en los ojos del avestruz, en los cuatro kilos de carne de caballo que, según la guía, les toca a los felinos diariamente. No feliz, pero sí algo relajada regresé, no sin antes detenerme en aquel bosquecito de bambú, donde la única queja que se escucha es la de las cañas batidas por la brisa.

Regla

iglesia de Regla
Foto: Dazra Novak

Tempranito en la mañana las calles junto a la iglesia de la virgen de Regla ofrecen un renovador recorrido, algo que asumo posible gracias a la proximidad de las aguas que han insistido en refrescarlas durante la noche. Repaso con la mirada la lengua de mar fresco y quieto por donde he venido, la boca de la bahía, la lanchita que se regresa con tripulantes que han corrido para alcanzarla antes de que zarpe una vez más, tras la insistencia de la campanita. Hoy no vine a la iglesia a pedir bendición ni permiso, no vine a arrebatarle ningún secreto de religión. Muy por el contrario, vine con otras ganas menos pedigüeñas. Vine porque sí. Algunas de estas calles me invitan a travesías fantasmas gracias a esa luz que a esta hora las sorprende por detrás, sin avisar, obligándolas a entrecerrar los ojos-persianas de sus ventanales descoloridos, rejas y balcones, madejas de cables eléctricos, gente que espera en la parada la llegada de algún transporte. Los colores saltan sin avisar entre fachadas que, hermanadas por esa cálida pared con pared, se reparten el color opaco del abandono –o quizá sea el castigo del sol quien las despinta. Me siento una intrusa que, en realidad, no soy tanto. Alguna vez estuve aquí, en la casa de Canet, junto al parquecito que al parecer en mi memoria había crecido y lucía más grande, tenía más árboles, más bancos, y cuando aquello, ni pensar que hubiera wi-fi. Paisaje marino asaltado por paisaje industrial de chimeneas, barcos de carga, geometría de los andamios empinados al cielo por entre ramas de árboles florecidos. A estas horas la gente se despereza con el mismo último bostezo de las calles, se lanzan a lo igual de todos los días que para mí, suerte que tengo, es completamente nuevo y disfrutable, tan deliciosamente asombroso como si Regla hubiera salido de un cuento.