De nuestros puentes

puentes de Matanzas
Foto: Dazra Novak

Hay que cruzar todos los puentes para conquistar Matanzas. Y caminar. En esta ciudad la gente camina, camina mucho. Algunas calles son un mar de transeúntes que vienen y van mientras uno de aquella cola me dice, “publica la foto del amarillo en la prensa, a ver si viene la guagua de una vez”. Bebé en los brazos de mamá, viejo que fuma tabaco, mujer con bultos, sentados todos en el banco largo tendido por toda la acerca, la acera de la calle donde salgo a la Uneac y algunos metros antes de llegar veo la casa de Milanés, el poeta que, perdida la razón, se agarra a las rejas de la ventana para gritar una vez más el nombre de su amada. ¿Qué extrañarías, matancero, si ya no vivieras más aquí? El Teatro Sauto, me respondieron algunos. Tanta sombra y tanta luz como tiene esta ciudad, tantos puentes y fachadas curiosas robándole protagonismo a las aceras para luego perderse en gargantas de casa-profunda-que-promete-historia-grande. Sin embargo, contrario a lo que cabría esperar, Matanzas es una ciudad que duerme temprano. Cuando llega la noche sus habitantes se recogen dentro de las casas y ya no les ves recorriendo sus puentes, ni sus aceras, ni sus tertulias, como si les espantara tanta oscuridad de golpe, como si temieran ser tragados por ese delicioso siglo XIX que aún promete la ciudad.

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Y si vas al Cobre…

iglesia del Cobre
Tomada de cubaenfotos

De la ciudad de Santiago de Cuba quedé enamorada y fue colofón de mi diálogo interior –efímero por mi breve estancia-, mi promesa de volver. Pero el motivo real de mi visita, debo confesarlo, fue la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba, esa que luce su rosario de oro allá en el empinado santuario del Cobre. Me resultaba esta, obligada visita, algo así como un deber de cubana anclada a las más arraigadas costumbres de su terruño. Mas no fue nunca por curiosidad ante esos agradecimientos –medallas y demás- que se acumulan a sus pies por los milagros concedidos. Tampoco fue la historia de su prodigiosa aparición ni la fe que le profesan los que me rodean desde que nací. Fui yo, simplemente yo. Pasé junto a los vendedores, que se apiñan a los pies de la escalinata, casi sin observar los bustos de madera y de yeso, los paquetes de piedras con partículas de cobre impregnadas en sus caprichosas formas, las estampas –más pequeñas y más grandes-, los dijes. Y subí pensativa escalón por escalón. Nada le debía –nada nos debíamos-, y nada le pedí. Me pareció injusto hacerle perder tiempo con mis debilidades, tomando en cuenta la cantidad de gente arrodillada a mi alrededor, con velas encendidas y ramos de flores, rezando apasionadamente. Digamos que mi visita fue puro acto de introspección, desaforada búsqueda dentro de mí misma. No voy a decir lo que encontré, -a nadie más que a mí pertenece tamaño hallazgo-, baste decir que alcanzo a reconocer un antes y un después de mi visita, como si yo, que nada iba buscando, algo encontrara. Algo.

Cienfuegos

Cienfuegos, los poetas y yo

boulevad cienfueguero
Boulevard de Cienfuegos / Tomado de hicuba.com

Hace un par de años mi nombre vino a figurar -mensaje aún sin decodificar-, en una lista de poetas jóvenes de toda Cuba. Andaba yo en plena crisis emocional y me vi de golpe en una guagua, rumbo a Cienfuegos. No me di cuenta, hasta muy avanzado el viaje, de que yo había caído allí por error, porque era el Festival de Poesía Reina del Mar y mis textos hasta ahora publicados, son solo de narrativa. Vacaciones, me dije. Terapia, suspiré. Una vez en la ciudad, me acogieron con esa calidez propia de los anfitriones de provincia, pero no solo los organizadores del evento, también la ciudad me abrió su espacio urbano, sus calles extremadamente limpias, su andar lento. Así, fui descubriendo entre los poetas, a Oscar Cruz, en una librería del boulevard, donde se hacen lecturas y presentaciones de libros. El mismo boulevard donde no encontré la manera de deshacerme de un cabo de cigarro por respeto a la pulcritud de su suelo, porque ni siquiera en las enormes macetas se encontraba un mínimo papelito estrujado. ¡Qué contraste con nuestra malcriada Habana! Con Jamila Medina recorrí, en un coche de caballos, la distancia que nos separaba del centro. Así, descubrí la estatua de Benny Moré paseándose por el Prado, el malecón que luce una serenidad peculiar, el Palacio de Valle con su estilo mudéjar, ventanas ojivales, cristales de colores. Jamila y yo fuimos oteando, como niñas traviesas, las habitaciones –ninguna igual a otra- hasta llegar al mirador y contemplar el mar. Creo que nos quedamos unos largos minutos en silencio. Unas horas después navegamos la bahía y en la patana que nos llevó al pequeño cayo, Yanier H. Palao me dedicó su poemario Música de fondo. De regreso, el frío de noviembre casi nos congela por habernos bañado en las aguas pedregosas de la bahía. Cienfuegos se acomodó dulcemente en mi ánimo con sus aceras estrechas, sus puertas muy próximas a la calle, como ofreciéndose desinteresadamente. Recuerdo que un rato antes de cerrar el evento en la AHS estaba yo en un muelle de hormigón, sin barcos y con faroles, sentada en un banco de espaldas a otro banco donde Ricardo Alberto Pérez (Richard), contemplaba ese caer plomizo de la tarde sobre el mar. No hablamos. No nos movimos. Casi ni respiramos. La bahía de Cienfuegos era ese poema/texto perfecto que es imposible de traducir en palabras.

Palacio de Valle
Palacio de Valle / Foto: Oliver Ross
malecón cienfueguero
Malecón cienfueguero / Tomado de cienfuegospatrimonio.wordpress.com

Remedios

Remedios, ParrandasÉramos en total cuarenta y cuatro locos, acabados de bajar del camión luego de cinco horas de viaje. Con nuestras respectivas mochilas y sin un lugar donde quedarnos nos abrimos paso hasta los tanques llenos de hielo troceado, las cajitas de congrí, los lechones asados que lucían su lomo brilloso en cada esquina. Había, a cálculo de asombro, más de cinco mil personas en el parque, justo en medio de las dos iglesias. Como cada 24 de diciembre el pueblo se dividía en dos bandos con sus respectivas carrozas, los sansari del barrio de San Salvador enfrentados a los carmelitas de la gente del Carmen: la parranda que complementa la misa de aguinaldo.

-¡Qué linda la cosa esa! –exclamó Betty señalando aquel andamiaje, aún sin iluminar, que casi sobrepasaba la torre de la iglesia.

-Eso no es una cosa –argumentó Lolita, fiel a San Salvador-, eso es un trabajo de plaza, y es el más lindo del mundo.

El de nuestra derecha era un copo de nieve, el de la izquierda un ave con las alas extendidas. Así se fueron iluminando por partes, (y se quedaron alumbrados toda la noche) el-centro, las-alas, los-copos, la-globa, repasando las formas con luces de colores, imprimiendo en nuestras retinas aquello que, de tan descomunal, no se creían nuestros ojos. Los fuegos artificiales anularon las estrellas y comprendimos, con las mochilas por tierra y nuestros rostros vueltos al cielo, que aquellos sombreros que habíamos comprado no se vendían por gusto. Los nativos se habían guarecido bajo los portales mientras a los neófitos nos caían birutas, hollín y algunos trocitos aún encendidos. Una hora después logramos abrirnos paso hasta la glorieta, pensando que desde allí se podrían admirar los fuegos con algo de tranquilidad, pero la diversión de los más pequeños es recoger los voladores fallidos y hacerlos tronar (obligándote a dar salticos involuntarios). La diversión de los más grandes, por otro lado, es abuchear al barrio contrario, si bien de manera inofensiva, pero a gritos. Cualquiera pensaría que Remedios es como otro carnaval, conga, baile, cerveza. Nada que ver, la parranda es algazara, explosiones, ¡ruido! A eso de las cuatro de la madrugada nos mudamos hacia lo que viene siendo el fondo del parque. Nos tiramos en el suelo, vencidos nuestros cuerpos por las horas de viaje y el peso de las mochilas. Un rato después saldrían las carrozas con sus estandartes, el gallo de San Salvador, el gavilán del Carmen. Fue entonces cuando los fuegos nos develaron la Estatua de la Libertad de Remedios, con la antorcha en una mano y la espada en la otra. No nos dio tiempo a mucho asombro:

-¡Ahora viene el fuego cruzado! –gritó alguien.

Los bandos se agazaparon en sus trincheras, protegidas con cercas a modo de talanqueras, y tiraron al otro lado dejando una humareda sobre el parque, ahora casi vacío. Avanzamos en retirada sorteando los morteros junto a la iglesia, algunos de nosotros comiendo el último pan con lechón, otros lavándonos los dientes. A las siete de la mañana, mientras se alejaba el camión con nuestros cuerpos muertos de sueño unos sobre otros, Remedios exhalaba una gran columna de humo. Hasta que desapareció el pueblo me regodeé oteando un poco más, a través de una hendija, con esos ojos desorbitados de quien ha vivido algo grande.