Guillermo Cabrera Infante, “La Habana para un infante difunto”

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[…] Desde el malecón se veían los anuncios luminosos que enfrentaban al parque Maceo por su flanco occidental y aunque no se podían comparar con los anuncios lumínicos del Parque Central (especialmente con la bañista de luces que se lanzaba desde el trampolín intermitente al agua radiante, todo luces, anunciando trusas, ingrávida de Jantzen) los otros anuncios que iluminaban la acera de enfrente le prestaban a la noche habanera un sortilegio único, inolvidable: todavía recuerdo ese primer baño de luces, ese bautizo, la radiación amarilla que nos envolvía, el hado luminoso de la vida nocturna, la fosforescencia fatal porque era tan Sigue leyendo “Guillermo Cabrera Infante, “La Habana para un infante difunto””

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Leonardo Padura, “El viaje más largo” (II)

el viaje más largo, Leonardo Padura[…] “Yo conocí a Manengue desde los años 20, cuando era muy famoso y las orquestas lo lloraban. Pero en esa misma época, me acuerdo de que iba a tocar rumba en el Coro Alba, de Regla, y le encantaba salir con la comparsa de Los Turcos –cuenta Luis Salinas, veterano obrero portuario, reglano de cepa y buen amigo.
“Cuando hablo de él me parece estarlo viendo con sus timbales en el hombro y siempre vestido de saco, porque hasta en sus tiempos malos, Manengue siempre anduvo de saco. Él era un tipo de temperamento inquieto y verlo tocar era un espectáculo.
“Como su padre, él era Efik-Abakuá, que es el segundo juego más viejo de Cuba, porque se fundó en los tiempos de España, en 1845. Y siempre lo andaba pregonando, porque cuando llegaba a un lugar decía: ‘Llegó Manengue, Efik-Abakuá, quende maribá’.
“Y también era un tipo muy revirao. No le gustaba que lo explotaran y no era de los que tocaban por 40 o 60 quilos, no. Tampoco le gustaban las colectas y prefería que le prepararan un trago. Él siempre decía: ‘Para que me exploten otros, me exploto yo mismo, y además me divierto’. Por eso casi no trabajó en el puerto y decidió ganarse la vida tocando por ahí con sus amigos de bohemia, Millo, Carluchito, Servando, Juan Come Gallo y esa gente.
“La última imagen que tengo de él es verlo salir por las mañanas para Santa Catalina, con una caja y una pala de punta. De ahí sacaba las calandracas que le vendía a los pescadores de mojarra y el que se lo encontrara así no podía pensar que ese hombre que sacaba calandracas había sido el mejor timbalero que ha tenido este país”. […]

Leonardo Padura (La Habana, 1955) Narrador, ensayista y periodista. Premio Nacional de Literatura 2012. Autor de la tetralogía Las cuatro estaciones, formada por las novelas Pasado Perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997), y Paisaje de otoño (1998), cuyo personaje protagónico es Mario Conde. Dos de sus novelas más conocidas son La novela de mi vida y El hombre que amaba los perros. El viaje más largo es un libro de reportajes publicado por Ediciones Unión en el año 1994 que incluye, entre otros, el barrio chino, historias de una familia gitana, las parrandas remedianas, el nacimiento de El Cobre, historias de fantasmas en el castillo de Averhoff así como vidas de músicos como Manengue, Chori y Chano Pozo.

Fernando Ortiz, “Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar”

Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar[…] El tabaco es oscuro, de negro a mulato; el azúcar es clara, de mulata a blanca. El tabaco no cambia de color, nace moreno y muere con el color de su raza. El azúcar cambia de coloración, nace parda y se blanquea; es almibarada mulata que siendo prieta se abandona a la sabrosura popular y luego se encascarilla y refina para pasar por blanca, correr por todo el mundo, llegar a todas las bocas y ser pagada mejor, subiendo a las categorías dominantes de la escala social.
“En una misma caja no hay dos tabacos iguales; cada tabaco puro sabe distinto”, suelen decir los fumadores expertos; mientras todos los azúcares puros tienen idéntico sabor.
El azúcar no huele; el tabaco vale por su olor y ofrece al olfato una infinidad de perfumes, desde el aroma exquisito del cigarro puro habano, que produce embriaguez olfativa, hasta las apestosas tagarninas de las tabacaleras foráneas, que prueban hasta dónde pueden envilecerse las aberraciones del gusto humano. (…)
Del azúcar se asimila todo, del tabaco mucho se exhala. El azúcar va glotonamente paladar abajo hasta las profundidades de las entrañas digestivas para dar vigores a la fuerza muscular; el tabaco va picarescamente paladar arriba hasta los meandros craneales en busca del pensamiento. Ex fumo dare lucem. No en vano el tabaco se condenó por satánico, por muy peligroso y pecador. (…)
Si tabaco es varón, azúcar es hembra. Las hojas de sus cañas son lampiñas y, aun cuando tostadas al sol, son siempre claras; todo el proceso azucarero es un continuo aderezo y aseo para limpiar el azúcar y ganarle la albura. El azúcar ha sido siempre más golosina de mujeres que apetencia de hombres. Estos suelen desdeñar lo azucarado, como tentación indecorosa, por la aparente feminidad de toda dulcedumbre. Pero es verdad que si en el tabaco las mujeres se aproximan a los hombres fumando los cigarrillos, que son los hijos del cigarro puro, los hombres a su vez se acercan a las mujeres en el consumo del azúcar, no saboreando dulces, almíbares ni confituras, sino tragando alcoholes, que son los hijos de los azúcares despreciados. […]

Fernando Ortiz (La Habana, 1881-1069). Etnólogo, jurista, historiador, entre otros. Estudioso de las raíces histórico-culturales afrocubanas. Fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País. Figuró entre los iniciadores de la Universidad Popular en 1914. Fundó en 1936 la Institución Hispanoamericana de cultura. En 1937 creó y fue presidente de la Sociedad de Estudios Afrocubanos. Investigó la presencia africana en la cultura cubana y su concepto de transculturación fue un valioso aporte a la antropología. Entre sus numeroros títulos figuran: Los negros brujos, Los cabildos afrocubanos, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, El engaño de las razas, La sinrazón de los racismos.