No cortes camino

bosque de pinos entre avenidas Boyeros y Zapata
Foto: Dazra Novak

Pues sí, caminé desde Ayestarán y subí por 20 de mayo a buscar Boyeros. Pasé junto a la Biblioteca Nacional con la idea fija de tirar una foto a la Inducción cromática que está ahí mismito –me dije y me repetí- y por eso caminé y caminé y… cómo caminé. Hasta que llegué a este bosque: manchita de pinos que cubre un pequeño espacio entre la avenida Boyeros y la de Zapata, aquí donde algunos músicos ensayan, por lo general, instrumentos de viento (de hecho, pasó uno con su negrísimo estuche y me preguntó: “Where are you from? “¡Cuba!, grité y me dijo, “¡anda, qué linda!” y ambos nos reímos. “No cortes camino por ahí” habría dicho la abuela si esto fuera un cuento, “mira que el lobo…”. Pero esto no es cuento y por eso se siente, más lejos de lo que en realidad está, el tronar de los autos y ese silencio misterioso de los árboles cuando les da por juntarse. Casi tropiezo con despojos sospechosos, ecos de algún ritual religioso que, presumo, se realiza en plena madrugada. Pequeños tocones formando un círculo, tiras de rojo desteñido, “no cortes camino por ahí, que recoges”, diría una abuela espiritista y eso no nunca sería un cuento, sino una buena parte de la vida real en Cuba. Salgo rápido, no me entretengo como otras veces, camino en puntica de pies a fin de no pisar lo que mejor no pisar. A veces, los atajos son más peligrosos de lo que uno se imagina.

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Inducción cromática

escultura del artista venezolano Carlos Crus Diez
Foto: Dazra Novak

Así nombró el artista venezolano Carlos Cruz Diez esta obra donada a la Casa de las Américas en su 40 aniversario: Inducción cromática para La Habana. No obstante, para mí… (pido permiso/perdón, si procede, al artista) son las teclas de un piano colorido que nos acompaña brevemente si vamos a alcanzar la avenida Boyeros, nos enrumbamos hacia Zapata, Carlos III o vamos hacia el Vedado buscando la avenida G; también, si pretendemos el recorrido hasta el Hotel Habana Libre acariciando antes las fachadas del hospital Calixto García y la Universidad de la Habana. Do, Re, Mi, Fa inmutable bajo el Sol nuestro de cada día, La melodía vivalegre emergiendo de la tierra que nos lleva de lado Si el vehículo en el que vamos agarra una de las suaves curvas que trazan estas vías en ese punto neurálgico de los caminos cruzados. A veces, toca en verde. Cuando no hay nubes, en azul, y fresco en las mañanas. A veces, en gris. Y más esos días de lluvia en que, por derecho, suena truenimojado. Aunque es preciso decir que en ocasiones se oye un poco molesto porque esa también es, por excelencia, zona de hombres impertinentes que persiguen con insistencia a las mujeres (tal fue mi caso mientras tiraba esta foto) –¡me han dicho que algunos persiguen incluso a otros hombres! Claro que, sobre todo los domingos-temprano-muy-al-amanecer, la suya puede ser también una Inducción coloridamente silenciosa. Irrupción cromelódica para La Habana, le llamaría yo, aupada por la insistencia de sus continuos asaltos a mitad de mis recorridos.

escultura del artista venezolano Carlos Crus Diez
Foto: Dazra Novak

Avenida Boyeros

avenida Boyeros
Foto: Dazra Novak

Lo que más me gusta de Boyeros, en ese tramo que va desde la Ciudad Deportiva hasta su cruce con Carlos III, son las palmas. Más grandes y más chicas. Troncos gruesos, empinados, o bajos, como panzas de mujer que espera un nacimiento. Amazonas con los cabellos sueltos, alborotados por el viento. (Incluso cuando no sopla yo imagino cómo, travieso, las despeina). Cuando comienzan a erguirse, en filas esbeltas y orgullosas, percibo que me dan una suerte de bienvenida. Alegres, despreocupadas, en ese no tan largo recorrido por sendas amplias y transitadas, custodiando el paso de autos modernos, almendrones, guaguas, transeúntes y vehículos de dos ruedas, originales o inventados. En muy pocas avenidas de La Habana se puede probar la velocidad como se prueba aquí, justo cuando nos vamos acercando a la raspadura que se asoma allá en la plaza y el conductor aprovecha, se cambia de senda libremente, pisa el acelerador y va pensando en todo o en nada, que no es lo mismo, pero es igual. Me pregunto a qué conlusión llegarán mientras yo me jacto de haber ganado la ventanilla (pagando lo mismo: diez pesos), siempre en el asiento delantero y me molesta cuando me toca, por respeto, frenar en la luz roja. Lástima, no debería haber semáforos en Boyeros, es esta una avenida para dejarse llevar.