Exposición Zona Franca

exposición Zona Franca Bienal 2015
Foto: Dazra Novak

La expo Zona Franca, en La Cabaña, es una gaveta con tesoros. Trabajos excelentes y no tan buenos, coloridos, sorprendentes, desafiantes y otros, con múltiples lecturas. Algunos nos evocan tanto la risa como el recuerdo, otros dan miedo y uno sale por los pasillos y tarda en desprenderse del susto, del recuerdo, del salto en el estómago. Los divertidos dan deseos de más, de que no se acabe, de que cuando termine la Bienal se queden ahí para siempre. (¿Por qué no los dejan ahí para siempre y así uno se tira por la lengua-canal o se sienta al borde de la fuente cada vez que quiera?) Los inteligentes hacen pensar, generan ideas y sonrisas de medio lado. Pero los que más me gustan son los sencillos, los que vienen sin alarde a decirme cosas profundas, cosas que parece que no, pero sí, llevan razón –en realidad-muchas-razones-, están ahí, y se van conmigo como esa sombra que me sigue a todas partes, y de la que nunca podré separarme.

La Habana de “antier”

1899-1903. Estacion de Villanueva, luego El Capitolio.  Calle Dragones y Prado.
1899-1903. Estacion de Villanueva, luego El Capitolio. Calle Dragones y Prado.

Viendo estas fotos de la Habana de “antier” –así rezaba divertido asunto en mi bandeja de entrada-, que me ha enviado Rolando Figueroa, reconozco cuán malcriados somos los habitantes de esta ciudad al pensar que la conocemos a fondo. Y es que de verdad nos creemos que la Habana siempre se vio tal y como luce hoy. Así, gran parte de los jóvenes se queda con el cuento de la famosa Habana de los años 50, la más añorada-llorada, sin darse cuenta de que, antes de esa, había otra más, y otra. Con calles sin asfaltar, tranvías que hoy solo vemos en las láminas de los libros de historia, o en el discurso romántico de algún historiador. Una puerta aquí, donde hoy solo hay una calle abierta. Terreno arbolado allá, donde esbelto luce hoy un ostentoso y monumental edificio. La verdad es que, sin siquiera imaginarlo, cuando atravesamos la calle Obispo, pasamos frente al Capitolio o junto al parque Maceo, también cruzamos los cuerpos translúcidos de viejos fantasmas. Viejos fantasmas de otra –la misma- ciudad y sus estatuas, tranvías, transeúntes que se quedan dando vueltas hasta el infinito en caprichoso agujero del tiempo. ¿Nunca han sentido que a veces, confundido entre los ruidos de la ciudad de hoy, se cuela un pregón de cien años atrás? No se han percatado, pero el claxon que suena cuando vamos entretenidos cruzando una de las calles que encuadran al Parque Central, en realidad es el relincho de ese caballo que tiraba de aquellos coches. ¿Acaso esa calma, surgida sin mucha planificación en-algunos-momentos-esos-días, no es la ciudad recordando su otro yo?

Puentes: cruzar o no cruzar

Arco de Belén
Foto: Dazra Novak

Dime si reconoces a simple vista estos lugares de la Habana. Tómate tu tiempo, piensa dos veces antes de contestar que sí, o que no ¿Lucen igual? ¿No los ha maltratado en algo tu recuerdo? ¿No los ha cambiado el tiempo, el momento del día, tu deseo de volver a recorrerlos o de no regresar a ellos jamás? Tómate tu tiempo, piensa dos veces antes de responderte si realmente valía la pena acomodarlos en algún rincón de tu equipaje, en el álbum de fotos que nunca pudiste hacer o que dejaste atrás “para siempre”. Repasa sus detalles, vamos, no cuesta nada, fíjate en lo que nunca antes viste: las luminarias, la gente, el rotulado, la arquitectura que –como la naturaleza- no sabemos por qué es así de caprichosa. Te regalo una puesta de sol, un amanecer, el mar. Son tuyas la velocidad, las curvas, el reflejo del río. Tuyo es el puente, y la decisión de cruzarlo.

Por la Habana sin rumbo fijo

avenida Boyeros
Avenida Boyeros / Foto: Dazra Novak

Dicen que el que busca, encuentra. Y yo recorriendo La Habana me he encontrado a mí misma. Hay zonas donde río mientras otras me espantan. Hay calles del recuerdo, del amor –y su contrario-, hay barrios donde cierro los ojos voluntariamente, hasta que el pecho se me aprieta o me reconcilio con la idea de lo humano inevitable. Algunas me pesan, quizá por el abandono y la impotencia, otras me enamoran, al punto de querer vivir en ellas definitivamente –y enterrar mi pasaporte de una vez y por todas. A las unas les juro paciencia, a las otras me vivo constantemente regresando sin haberme ido nunca. Puedo marcarlas con mis derechos de autor de modo que a cada una le corresponde una etapa de mi vida, la resurrección de uno de mis amantes, una página de este íntimo diario público que es mi Habana por dentro –puede que dos. En ocasiones las camino despeinada y descalza, y en otras voy muy seria y bien vestida, como si lo que hay dentro de mí se partiera en dos -¿les suena?-, como si yo fuera el reflejo de los afeites y coloretes con que adornan los viejos muros, como si fuera yo esa modernidad plagiada impunemente. ¿Quién soy?, pregunto. Y ya ven, la Habana me responde. A su manera, claro.

 

Junto al malecón

Avenida Línea