Balcones

balcón en la PLaza del Ángel

Foto: Dazra Novak

Si te asomas, te juro, también puedo recitarte un poema. No te preocupes, a los vecinos aquí les encanta ese alboroto. Se pasan la vida mirando a ver quién llegó con quién, quién se fue, salió, volvió. ¿Quién es esX? Seguro aplauden al final. Si te asomas yo te canto: puedes escoger entre Vinagrito, Tal vez, la Calabacita o cualquier tema de Marta Valdés. Si te asomas te cuento de las calles, el sol que no escampa, aquello que parecía que sí pero no y cuando sonaba que no pues mira que sí, la risa que se repite por estos barrios habaneros sin más remedio que la espontaneidad. Si te asomas, te regalo un libro que adorarás leer. Es más, te escribo una crónica, un piropo, un chiflido de esos para que me respondas como no soy bonitX te lo agradezco más. Si te asomas te voy a sorprender con una raspadura, un chicharrón de puerco, un cucurucho de maní calientico el maní. Si te asomas de día te alcanzo el pan y los mandados. Si te asomas de noche, no te prometo nada, a lo mejor podemos upgradearnos a una botella de ron Santiago. Si te asomas ahora mismo te regalo el malecón, los carnavales, el faro del Morro, y una jabita con hilo largo para que no tengas que bajar las escaleras cuando llegue el mensajero. Si te asomas te doy una sombrilla con un dibujo de Fabelo, te regalo el aguacero, un abanico, una trasnochada de esas para pegarle el otro día y seguir así, andando la Habana.

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Calle con árbol

calle 22 del Vedado habanero

Foto: Dazra Novak

¿Qué fue primero, el árbol… o la calle? Había pasado mil veces y tan rápido –se vive tan rápido desde hace un tiempo-, que nunca me animé a bajar en la parada que le queda cerca, después de la curva si se va en dirección a Playa, para echarle un vistazo a sus raíces. Abandonar el transporte habanero que tanto tiempo cuesta agarrar nunca fue negociable. Hasta hoy. Me dije, hoy le tiro una foto, hoy le vivo la sombra y le respiro el verde. Siempre me he preguntado cómo será llegar todos los días de la vida a esta callecita que no va a ninguna parte, se queda trunca y para colmo, un árbol se le ha parado en medio. Imagino que los que allí viven, cuando algún nuevo conocido vaya a visitarlos, digan: “No tienes pérdida, es la callecita que tiene un árbol en medio”. Amago de calle que es más patio, más jardín, más naturaleza. Árbol que recorre la calle dando grandes zancadas con sus raíces y pareciera estar dispuesto a cruzar la 23 rumbo al cementerio. Antes de tirar las fotos me paré bajo su sombra, me sorprendió lo enorme solo admirable desde la proximidad y casi llego a abrazarlo si no es porque el parqueador me miró extrañado. ¿Qué hace ella mirando qué?, de seguro se preguntaba mientras me indicaba el restaurante que el gran árbol casi enmascara con sus viejos nudillos.

calle con árbol en Vedado

Foto: Dazra Novak

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Por la bahía de La Habana

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Calle 30

calle 30

Foto: Dazra Novak

Me resulta curioso, considerando el no poco tráfico que la recorre, lo tranquila que es la calle 30. Podría decir, incluso, que en su estado natural prima el silencio. Sus vecinos, recogidos en casas grandes, aunque no tan alejadas de la acera, ni siquiera se asoman como en otros barrios a mirarnos a los transeúntes, qué hacemos, cuánto tiempo nos quedamos parados delante admirando este o aquel portal, este o aquel balcón que a lo sumo se elevará tres metros por sobre una calle donde no abundan edificios demasiado altos. En el breve tramo entre las avenidas 31 y 19, hacia abajo, la sombra acompaña, y se agradece. Rumbo a Miramar se puede cortar camino por estas aceras, mucho más estrechas que las de las arterias adyacentes, y que tras una curva radical la hacen saltar desde la 19 a la 7ma avenida. Casas con saludables jardines y no menos rejas, incluida aquella donde solíamos comprar en nuestra adolescencia un vino casero que me pregunto si seguirán vendiendo con etiqueta y todo, vieja pescadería de la que solo queda la herrumbrosa estructura metálica, la gasolinera, una hamburguesería –nuevo negocio que al parecer quebró, a juzgar por el desmantelamiento-, y mucha soledad. Eso, la 30 siempre me ha parecido una calle muy solitaria.

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La Vitrola

restaurante la Vitrola

Foto: Dazra Novak

Pues, sí, me dije, ¿por qué no regalarme un desayuno? ¿por qué no hacerme la idea, agarrar la carta, pedir una tortilla que en esta aventura se llamaría omelette au fromage? Miré a la Plaza Vieja con las gafas puestas, entrecerrando los ojos como quien nunca la ha visto y dije que sí al ofrecimiento de las crepes. En otro momento habría dicho, no gracias, yo me hago arepas en casa y me sale mucho más barato. Pero aquella mañana, cómo decir, se me subió la turista a la cabeza y acepté. Bebí despacio mi jugo –oh, perdón, mi zumo-, de naranjas, también, porque estaba delicioso, pero básicamente para que no se me acabara tan pronto. Repasé con auténtico asombro las paredes atiborradas de viejos anuncios publicitarios de jabones de lavar, Coca Cola, pasta Colgate, cigarros, cervezas, escuchando todo el tiempo a Beny Moré por los altavoces et voilà! Un haiku: Mesero sonriente trayendo plato hace reverencia. Mis ojos se clavaron en esos panecillos baguette donde ondeaba una banderita cubana de papel agarrada a un palillo de dientes. Después, para qué mentirles, paladeé a mis anchas el sabor del ajo en la mantequilla, la brisa fresca de la mañana bajando por la calle Muralla hasta la plaza, la llenura y el sopor tras la taza de café. Me inventé una ceguera repentina para sacar los billetes de mi monedero como quien no ve muy bien lo que está haciendo y salí tarareando una canción con esa sonrisita.

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Zoológico Nacional

zoológico nacional

Foto: Dazra Novak

Ni los zoológicos ni los acuarios. No me gustan los animales encerrados con el único y cuestionable objetivo de poder verlos en vivo y en directo. Igual fui. Está lejos, pero es barato. Está lejos, pero es algo diferente para hacer. Claro que me entristeció, tanto como me alegró el asombro y contentura de los niños, verlos tras las rejas, en espacios hediondos y reducidos pagando algunos la gracia de los que lanzan latas de cerveza vacías al agua verdosa de algún estanque. Claro que me molestó aquel triste camello, arrodillado, con un chamaco posado en su lomo, a la espera de la correspondiente foto del celular que quedará para contárselo años más adelante. Me ahogó el calor de mediodía de la gran alfombra de asfalto que une la zona de los animales en cautiverio y la feria del parquecito inflable y ventas de merolicos y comidas, con la terminal donde hubo que esperar dos horas para montarnos en la aspirina, la guagüita que nos llevaría al safari de la Pradera Africana. Respiré hondo, me llené de paciencia al escuchar la frase de aquella chiquilla, que no levantaba dos cuartas del piso, cuando vio a los machos de las cebras en plena acción: ¡Mira, la cogió!, a los primeros leones: ¡pero si está en la tela!, y cuando el conductor hacía paradas demasiado breves a su entender: ¡Chofe, dale suave que tú no estás apura´o ni ná! Por lo menos, pensé, estos animales están mucho más libres que los otros. Y me dejé llevar, en esos breves instantes en que la chiquilla no abrió la boca para soltar una de las suyas, para admirarme como una verdadera niñita ante la jirafa bebé, la enormidad del rinoceronte, esa maléfica mirada que creo advertir en los ojos del avestruz, en los cuatro kilos de carne de caballo que, según la guía, les toca a los felinos diariamente. No feliz, pero sí algo relajada regresé, no sin antes detenerme en aquel bosquecito de bambú, donde la única queja que se escucha es la de las cañas batidas por la brisa.

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Regla

iglesia de Regla

Foto: Dazra Novak

Tempranito en la mañana las calles junto a la iglesia de la virgen de Regla ofrecen un renovador recorrido, algo que asumo posible gracias a la proximidad de las aguas que han insistido en refrescarlas durante la noche. Repaso con la mirada la lengua de mar fresco y quieto por donde he venido, la boca de la bahía, la lanchita que se regresa con tripulantes que han corrido para alcanzarla antes de que zarpe una vez más, tras la insistencia de la campanita. Hoy no vine a la iglesia a pedir bendición ni permiso, no vine a arrebatarle ningún secreto de religión. Muy por el contrario, vine con otras ganas menos pedigüeñas. Vine porque sí. Algunas de estas calles me invitan a travesías fantasmas gracias a esa luz que a esta hora las sorprende por detrás, sin avisar, obligándolas a entrecerrar los ojos-persianas de sus ventanales descoloridos, rejas y balcones, madejas de cables eléctricos, gente que espera en la parada la llegada de algún transporte. Los colores saltan sin avisar entre fachadas que, hermanadas por esa cálida pared con pared, se reparten el color opaco del abandono –o quizá sea el castigo del sol quien las despinta. Me siento una intrusa que, en realidad, no soy tanto. Alguna vez estuve aquí, en la casa de Canet, junto al parquecito que al parecer en mi memoria había crecido y lucía más grande, tenía más árboles, más bancos, y cuando aquello, ni pensar que hubiera wi-fi. Paisaje marino asaltado por paisaje industrial de chimeneas, barcos de carga, geometría de los andamios empinados al cielo por entre ramas de árboles florecidos. A estas horas la gente se despereza con el mismo último bostezo de las calles, se lanzan a lo igual de todos los días que para mí, suerte que tengo, es completamente nuevo y disfrutable, tan deliciosamente asombroso como si Regla hubiera salido de un cuento.

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