Avenida Boyeros

avenida Boyeros
Foto: Dazra Novak

Lo que más me gusta de Boyeros, en ese tramo que va desde la Ciudad Deportiva hasta su cruce con Carlos III, son las palmas. Más grandes y más chicas. Troncos gruesos, empinados, o bajos, como panzas de mujer que espera un nacimiento. Amazonas con los cabellos sueltos, alborotados por el viento. (Incluso cuando no sopla yo imagino cómo, travieso, las despeina). Cuando comienzan a erguirse, en filas esbeltas y orgullosas, percibo que me dan una suerte de bienvenida. Alegres, despreocupadas, en ese no tan largo recorrido por sendas amplias y transitadas, custodiando el paso de autos modernos, almendrones, guaguas, transeúntes y vehículos de dos ruedas, originales o inventados. En muy pocas avenidas de La Habana se puede probar la velocidad como se prueba aquí, justo cuando nos vamos acercando a la raspadura que se asoma allá en la plaza y el conductor aprovecha, se cambia de senda libremente, pisa el acelerador y va pensando en todo o en nada, que no es lo mismo, pero es igual. Me pregunto a qué conlusión llegarán mientras yo me jacto de haber ganado la ventanilla (pagando lo mismo: diez pesos), siempre en el asiento delantero y me molesta cuando me toca, por respeto, frenar en la luz roja. Lástima, no debería haber semáforos en Boyeros, es esta una avenida para dejarse llevar.

 

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Terminal de trenes

terminal de trenes
Foto: Beatriz Verde Limón
terminal de trenes
Foto: Beatriz Verde Limón

Llegarse hasta la terminal de trenes es un recalo obligatorio para conocer la esencia de la Habana, esa gran estafa de la ciudad que es el avance invariable contra el tiempo. Talmente parece que no transcurrieran los años para la urbe de un país que vio su primer ferrocarril en el temprano siglo XIX, porque allí están las viejas locomotoras, exhibiéndose a la vera de la estación repleta de pasajeros con cajas, maletines y cansancio. Una vez más, cuestión de tiempo. Serán largas horas para tomar un tren que habrá de deslizarse entre corcoveos, machacando los rieles como en la lectura de un soneto repetido hasta el agotamiento, bajo riesgo de quedar varado durante horas en algún cruce de pueblo de campo. ¡Qué son los trenes cubanos sino himnos a la humana resistencia! La Habana siempre haciendo que todo parezca irrealizable y, a la misma vez, todo encuentre acomodo y solución. Como un niño de pueblo chico que espera en el andén a que descienda otro niño y, en esa pausa breve, jugar a los escondidos mientras no llegue el pitazo de la locomotora. Así es la Habana, una estación donde uno juega con los amigos hasta que el tren se pone en marcha otra vez, y toca despedirse. En la terminal de trenes se respira el tedio del viajante, el cansancio de la vendedora cuando te asegura, con un retorcido placer implícito, que debes esperar largas horas, porque el tuyo es un tren que sale de madrugada, es más, puede que no salga nunca. Y uno se pregunta si no habrá alguno para Macondo, porque la frecuencia y puntualidad de los mismos está sujeta a ese antojo del clima que, muy a tono con la dinámica de la isla, no logramos avizorar a qué sino responde.