Así, sin más

P 5 por la calle Línea
Foto: Dazra Novak

Es muy común en Cuba, cuando se anda dando vueltas cámara fotográfica en mano, que alguien pose para ti. Así, sin más. Por el sencillo placer de hacerse notar hace una pirueta, saca la lengua y/o ríe, dice algo gracioso, se deja fotografiar y luego prosigue su camino como si nada (aunque, por otro lado, nunca faltan esos que te extienden la mano y el one dollar de rigor). Los cubanos siempre tendrán a mano el chiste, esa frase recurrente de la última telenovela o el refrán que nos resulta tan ilustrativo, hasta en sus deformaciones, para burlar nuestra problemática realidad. En una cola, mientras se conversa con un conocido, se corre siempre el riesgo de que alguien –que está también en la cola- de pronto se dé la vuelta –porque ha estado escuchando todo el tiempo- y opine –sin pedir permiso. Así, sin más. Si llevamos un bebé nos lloverán los consejos, si hemos sido maltratados en alguna oficina o tienda alguien(es) de seguro hará(n) causa común con nosotros y, en ocasiones, llegará(n) hasta compartir su pedacito de mejor suerte. Así, sin más. (Aunque, por desgracia, de un tiempo a esta parte cada vez son más los que ni comparten ni hacen causa común). Por eso, quizá, tiré la foto: para que su gesto no caiga en el olvido, para que te contagies y la próxima vez que veas un anciano asomado al balcón o te tropieces con el niño camino de la escuela los saludes con un gesto de la mano, para ver si, por extraña magia de las pequeñas cosas, nos sale una sonrisa más grande en esa gran foto donde cabemos todos los cubanos del mundo.

Creer para ver

casa de alquiler en Malecón habanero
Foto: Dazra Novak

Es común ver, en algunos hogares cubanos, una virgen a la entrada de la casa, en el portal, junto a la reja principal o en el primer golpe de vista cuando entramos de visita a la sala. Más coloridos o con remiendos, según la virgen/el santo de que estemos hablando, los bustos son, también, una carta de presentación del dueño. Tan solo con mirar ya sabemos por dónde va su fe y hasta el tamaño de su entrega cuando llega el día de celebración y se le ponen flores, velas, lamparitas, se le deja una pequeña ranura al cristal que los ampara a fin de que los fieles depositen alguna ofrenda o pidan lo que tanta falta le hace a todo el mundo mundial. Como pago de alguna promesa, como agradecimiento por haber concedido un techo para guarecerse, como para decir con orgullo: soy hijo de Eleguá (por eso mis caminos se abren), mi madre es Yemayá (pero le pido permiso para cruzarle por encima de su mar), Santa Bárbara me presta su espada (para defenderme de los enemigos), Cachita me protege (y me trae el amor), las Mercedes me concede la paz (y pone en orden mi cabeza), San Lázaro avanza con sus perros repartiendo milagros mientras me trae buena salud… A veces son bustos pequeños que pierden brillo por quedar expuestos al sol. A veces, son tan grandes como una persona real. A veces la casa parece bendecida y se nota que prospera allí donde otras veces luce pobre, a medio terminar o a medio derrumbar pero no importa, el altar sigue ahí, batallando contra el mal tiempo, aupando a los dueños para juntos salir adelante, porque allí donde muchos dicen “ver para creer” un cubano muy sabio me dijo “error, es todo lo contrario: tienes que creer, y solo entonces podrás ver”.

Si no aparece, no te los desato

amarrarle los huevos al diablo
Foto: Dazra Novak

Probablemente esta costumbre cubana descienda del ritual de San Cucufato, aquel santo cristiano que padeció numerosas torturas y a quien, pura coacción a fin de lograr la concesión de nuestro pedido, se le hace un nudo a un trozo de tela y se le reza: San Cucufato, los coj… te ato, si no me lo concedes, no te los desato. Quizá provenga de San Dimas, el buen ladrón que, crucificado a la derecha de Jesús, observa cómo le amarramos a la pata de la mesa, a la pata de la cama o de cualquier otro mueble, hasta que aparezca lo que se nos ha perdido y andamos buscando como locos. Pocos recuerdan las palabras de rigor para sentenciar el pedido, pero muchos cubanos han probado asegurando que sí, funciona ¡y con qué rapidez! Basta con buscar una piedra, amarrarla y colgarla alevosamente en algún lugar pronunciando palabras amenazantes: ¡más te vale que aparezca pronto, que si no, te los dejo amarrados! Y ciertamente me escuchó, porque a los cinco minutos, después de angustiosas horas de búsqueda, aparecieron mis llaves de casa y con ellas, mi tranquilidad.

Larga vida

disco duro con el paquete semanal
Foto: Dazra Novak

Las botas y los tenis no se echan a la basura después de tanto uso, aquí se les cose. Las tiras de las sandalias se montan en una suela nueva. ¿Por qué los cubanos prefieren comprarse un Lada? Al culero desechable se le saca la tripa luego de la primera vez, y se rellena con un pañal de gasa para la segunda vez y las que vendrán después. La ropita de bebé, se pasa de mano en mano. El pomito plástico de refresco se rellena de agua, de jugo hecho en casa, de puré o mermelada. Con las revistas viejas se forran las libretas y los libros de texto para que duren más. Al plug de los audífonos viejos se le enrolla una precinta y tira un poquito, aunque pase de stereo a mono, aunque haya que hacerle una cosquillita para que suene. Gracias al lápiz el tubo de pasta de diente suelta lo que no tiene y los pomos de champú y de aceite, puestos de cabeza, prometen una última untadita. La colcha de trapear se exprime al hilo, así los huecos demoran más en salir. A la pantalla táctil del celular y de cualquier otro dispositivo se le deja el nylito pegado, para que no se vaya a rayar. Si con baterías ya no funciona, se puede poner directo a la corriente. Un televisor que no conocía el mando a distancia, aquí lo tiene y, con tres ventiladores viejos, se hace uno nuevo. ¿Nunca han visitado una casa donde el sofá conserva el nylon con que vino desde la tienda? Así llegó, muy protegido contra manos torpes y exceso de calor, un disco duro con el paquete semanal. Fue demasiada la tentación, no pude evitar tirarle una foto a esta ingeniosa lucha por una larga vida.

El toca toca cubano

muchachos en el malecón
Foto: Beatriz Verde Limón

Si el cubano te toca mientras te habla, no te ofendas, eso lo hace para que lo que escuches bien, para asegurarse de que están conectados, de que hablas su idioma y entiendes sus razones. No te molestes demasiado por la mano que ahora en el hombro y de rato en rato, te toca con la punta de un dedo o la palma de la mano o los nudillos. En el fondo, lo que quiere decirte es que no estás solo en este mundo, él está ahí para acompañarte en las buenas, y en las malas también. Si estás sentado y te da varias palmaditas en la pierna es su manera otra de repetir óyeme bien lo que te estoy diciendo, porque lo que más sabe hacer un cubano es dar consejos. Insiste, se te encima más aún y cuando ya está por irse te abraza, te aprieta hombros y espalda, no importa si está sudado o con agüita por la nariz (tampoco importa si lo estás tú) es que no tiene otra manera de decir que le importas, fue bueno verte y ojalá nos encontremos pronto, mi socio, mi hermano, mi nuevo conocido que, mira, ya eres, a partir de este abrazo, un viejo amigo. La culpa en realidad será tuya si, tras la despedida, le das pie a que alargue la despedida, porque entonces enganchará otra vez el tema, repetirá frases, exhortaciones y claro, volverá el toca toca. No te desesperes, no lo rechaces ni lo aborrezcas, mira que este mundo da demasiadas vueltas y a lo mejor, un día de estos, hasta lo extrañas.

El cubano se cansa, pero no se rinde

calle Reina
Foto: Dazra Novak

Es propio del cubano la insistencia, el “jugar cabeza”, la segunda oportunidad… y la tercera. Es del cubano decir tiempo al tiempo y, aunque el mundo vaya por su lado uno seguir a pesar de todo por el camino que se tiene a mano, por el mínimo resquicio que la oportunidad siempre está dispuesta a darnos. Detrás de la sonrisa genuina que ofrecemos al extraño -ellos ni se lo imaginan-, a veces se esconde la más apremiante necesidad, la angustia por los años perdidos, por las separaciones y tantas cosas acumuladas que, si se mira hacia atrás, nadie entendería cómo llegamos donde llegamos. Pero el cubano no se rinde aunque nade contracorriente, aunque nade y nade frenado en el mismo lugar, aunque el final no se divise fácilmente. ¿Qué sería de nosotros sin ese vecino que, a pesar de todo, tiende la mano cuando menos lo imaginamos? ¿qué sería del cubano sin el amigo cubano siempre dispuesto, sin su propia disposición a ayudar desde lo más humano que lleva dentro? Eso, somos un pueblo que avanza lento y accidentado y tantas veces contrario al mundo, gente que humanamente se cansa, pero no se rinde.

S.O.S. (Sin Otra Salida) o Nada se compara con Havana

hombre empuja carro roto
Foto: Dazra Novak

¿Hay remolques en la Habana? Digo, ¿remolques de esos para rescatar los autos averiados, ponchados, para usar término cubano: tan encangrejados que ni pa´lante ni pa´atrás? No lo sé. No tengo carro yo. Y tal como van las cosas –económicamente hablando-, no lo tendré. (Más con los precios que… bueno, ya sabemos cómo andan los precios de los autos en Cuba). Me sobran los dedos de una mano para contar las veces que he adivinado estos pequeños autos de rescate, como si fueran fantasmas transitando por alguna que otra vía principal con un teléfono rotulado al que supuestamente se puede llamar, pero yo no sé si la gente lo usa, si alguien responde, no sé cuánto cuesta ni a qué horas estará disponible. Por lo que he podido ver hasta hoy, en estos casos -como en tantos otros-, el cubano se las arregla como puede. Él mismo cambia la goma ponchada, le da a la bombita para que llegue la gasolina al motor, chupa la manguera para sacar la basurita que provoca el falleteo, se baja y empuja (¡siempre hay un desconocido dispuesto a ayudarte en este trance!), llama al socio para que venga con un cable o pedazo de tendedera a remolcarlo hasta la casa. Luego es cuestión de tirarle el llora´o al mecánico, luchar la pieza, dejar el carro a buen recaudo hasta que la cosa se resuelva y dolorosamente andar en bicicleta, guagua, taxi, en el “B doble pie” que, ese sí, se nos asigna a todos al nacer. Así, en Cuba los bateos con el carro se arreglan con un amigo, con dinero… con paciencia. Y es que… caballero, ¡lo único que no le falla al cubano es la esperanza!

Cubano regañón

señora con sombrilla en el malecón
Foto: Beatriz Verde Limón

El cubano es regañón por naturaleza, digan si no es así. Como que vivimos en ese concepto de “gran casa” la mayoría de los cubanos se sienten con derecho tanto a educarte como a regañarte. Cuántas veces no hemos escuchado a una señora darle consejos a una madre joven, “no subas al niño en el muro que se te va a caer”, “tápale la carita que le va dando el sol”, “mi´jita, no le des sereno que se te va a resfriar”. Claro que siempre hay alguna madre (sobre todo de las más jóvenes) que responde visiblemente molesta “nadie se lo preguntó, señora”. Quizás por esto último es que hay gente regañona, del tipo “mira para eso, si fuera hijo mío”, o “tú lo que tienes que hacer, óyeme bien, es echar pa´lante tu vida porque ese matrimonio dio lo que iba a dar, si vuelves con él flor amarilla, flor colorá”. A uno a veces lo regañan hasta con la mirada, con un meneo negativo de cabeza, con un huevo frito, con un dedo enhiesto que señala nuestra cabeza como ese núcleo donde orbita nuestro verdadero problema. El regañón (o la regañona) parece incluso disfrutar de su propio discurso, a medida que avanza va encontrando, mientras sube el volumen, más y más argumentos para su regaño escudado tras el “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Sinceramente, lejos de molestarme, a mí me dan gracia esos regaños. Quizás porque en otras ciudades (países) nadie te mira, nadie te habla desconocido, nadie te ayuda a levantar si te caes en la acera. Mejor que me regañen, mejor que me señalen con el dedo, mejor.

Pollo por pescado

números de la charada
Foto: Dazra Novak

El viejo Amancio miró la cola de la bodega (29, 36) y, con la paciencia acumulada en tantos años, pidió el último, chupó el cabo de tabaco (46) y entrecerró los ojos al exhalar el humo (46). Olivares acababa de contarle el sueño (7,54,87) que había tenido donde las tres putas (12) lo tiraban para la cama (57,76), pero era la puta vieja (96) quien le quitaba la camisa (11,35,89). Aunque él no se dejaba pues era la misma puta de su juventud ahora vieja en el sueño, pero él no, él en el sueño (7,54,87) volvía a ser un hombre joven y tenía otra vez la esperanza (2) de volverse un hombre rico (36) con un golpe de suerte (5). Durante toda su vida lo único que necesitó verdaderamente fue eso: sacarse un numerito (33, 35) para poder vivir como Dios manda, con una mujer santa (12, 96), casa grande (78), carro (9, 38), comida (65, 80, 92). “Para eso hay que aprender a leer las señales, viejo, estar siempre alertas”, insistió Olivares y Amancio reparó en que el sueño no lo había tenido él, pero aún así le gustaba el 3 para hoy, y estaban ya en la cola cuando marcó la pendenciera (95) del barrio quien por demás es mulata (15) y le gritó a alguien: “¡Loca, si supieras de lo que me enteré! ¡Tremendo chisme (4,22) con policía (20, 50) y tó!” A Amancio solo le quedaba este billete (76, 77) de tres pesos, pero en eso pasó Rufino el bolitero y fue una señal tan clara que Amancio le pidió prestado el mochito de lápiz (86), rasgó el forro de la libreta de abastecimiento y ahí mismo anotó sus tres números. Una copia para Rufino y otra para él. Tres números, tres pesos, tres putas en el sueño eran demasiada coincidencia y además este pollo (6) que en realidad no es pollo, es pescado (1) ¡y eso quién no lo sabe en este país! ¡Es una señal clarísima!

PD. Caballero… cualquier semejanza entre estos personajes y la vida real es pura coincidencia.

Café fuerte

taza de café
Foto: Dazra Novak

Nuestro café debe ser breve, obscuro, concentrado. Café fuerte. Ese que viene con chícharo mezclado no es nuestro café –si se toma, claro está, es porque no queda más remedio-. El nuestro es puro, ni descafeinado, ni nescafé, ni americano, ni capuccino. Por eso cuando cae en la mano un paquetico “de marca” (Serrano, Cubita… Pilón, Bustelo) o un puñadito para tostar, literalmente vemos los cielos abiertos. El café es lo que siempre se brinda, lo que nunca dejó de brindarse hasta en los tiempos más duros. Hay países donde el café expresso que se encuentra es un té y ahí el cubano sufre como sufre la coladita que no hay alguna que otra mañana, en el jarrito de costumbre, el de aluminio que viene con la familia desde hace una bola de años. Hay otros que no, que si no coges el platillo eso es señal de que no te casas y el café se sirve en taza, sin embargo, está el que lo prefiere en vaso de cristal. Café a primera hora, después de almuerzo, café antes del cigarro y el café con leche -para los visitantes nuestro café con leche es algo así como una mala palabra porque no entienden cómo podemos tomarnos… eso-. Cuando una muchachita hace un buen café es costumbre de los viejos decir que está lista para casarse. De un tiempo a esta parte está de moda decirle al conocido: Nos vemos en estos días, llámame, y nos tomamos un café.

café cubita
Foto: Dazra Novak