Balcones

balcón en la PLaza del Ángel
Foto: Dazra Novak

Si te asomas, te juro, también puedo recitarte un poema. No te preocupes, a los vecinos aquí les encanta ese alboroto. Se pasan la vida mirando a ver quién llegó con quién, quién se fue, salió, volvió. ¿Quién es esX? Seguro aplauden al final. Si te asomas yo te canto: puedes escoger entre Vinagrito, Tal vez, la Calabacita o cualquier tema de Marta Valdés. Sigue leyendo “Balcones”

Calle con árbol

calle 22 del Vedado habanero
Foto: Dazra Novak

¿Qué fue primero, el árbol… o la calle? Había pasado mil veces y tan rápido –se vive tan rápido desde hace un tiempo-, que nunca me animé a bajar en la parada que le queda cerca, después de la curva si se va en dirección a Playa, para echarle un vistazo a sus raíces. Abandonar el transporte habanero que tanto tiempo cuesta agarrar nunca fue negociable. Hasta hoy. Sigue leyendo “Calle con árbol”

Calle 30

calle 30
Foto: Dazra Novak

Me resulta curioso, considerando el no poco tráfico que la recorre, lo tranquila que es la calle 30. Podría decir, incluso, que en su estado natural prima el silencio. Sus vecinos, recogidos en casas grandes, aunque no tan alejadas de la acera, ni siquiera se asoman como en otros barrios a mirarnos a los transeúntes, qué hacemos, cuánto tiempo nos quedamos parados delante admirando este o aquel portal, este o aquel balcón que a lo sumo se elevará tres metros por sobre una calle donde no abundan edificios demasiado altos. Sigue leyendo “Calle 30”

La Vitrola

restaurante la Vitrola
Foto: Dazra Novak

Pues, sí, me dije, ¿por qué no regalarme un desayuno? ¿por qué no hacerme la idea, agarrar la carta, pedir una tortilla que en esta aventura se llamaría omelette au fromage? Miré a la Plaza Vieja con las gafas puestas, entrecerrando los ojos como quien nunca la ha visto y dije que sí al ofrecimiento de las crepes. En otro momento habría dicho, no gracias, yo me hago arepas en casa y me sale mucho más barato. Pero aquella mañana, cómo decir, se me subió la turista a la cabeza y acepté. Bebí despacio mi jugo –oh, perdón, mi zumo-, de naranjas, también, porque estaba delicioso, pero básicamente para que no se me acabara tan pronto. Repasé con auténtico asombro las paredes atiborradas de viejos anuncios publicitarios de jabones de lavar, Coca Cola, pasta Colgate, cigarros, cervezas, escuchando todo el tiempo a Beny Moré por los altavoces et voilà! Un haiku: Mesero sonriente trayendo plato hace reverencia. Mis ojos se clavaron en esos panecillos baguette donde ondeaba una banderita cubana de papel agarrada a un palillo de dientes. Después, para qué mentirles, paladeé a mis anchas el sabor del ajo en la mantequilla, la brisa fresca de la mañana bajando por la calle Muralla hasta la plaza, la llenura y el sopor tras la taza de café. Me inventé una ceguera repentina para sacar los billetes de mi monedero como quien no ve muy bien lo que está haciendo y salí tarareando una canción con esa sonrisita.

Zoológico Nacional

zoológico nacional
Foto: Dazra Novak

Ni los zoológicos ni los acuarios. No me gustan los animales encerrados con el único y cuestionable objetivo de poder verlos en vivo y en directo. Igual fui. Está lejos, pero es barato. Está lejos, pero es algo diferente para hacer. Claro que me entristeció, tanto como me alegró el asombro y contentura de los niños, verlos tras las rejas, en espacios hediondos y reducidos pagando algunos la gracia de los que lanzan latas de cerveza vacías al agua verdosa de algún estanque. Claro que me molestó aquel triste camello, arrodillado, con un chamaco posado en su lomo, a la espera de la correspondiente foto del celular que quedará para contárselo años más adelante. Me ahogó el calor de mediodía de la gran alfombra de asfalto que une la zona de los animales en cautiverio y la feria del parquecito inflable y ventas de merolicos y comidas, con la terminal donde hubo que esperar dos horas para montarnos en la aspirina, la guagüita que nos llevaría al safari de la Pradera Africana. Respiré hondo, me llené de paciencia al escuchar la frase de aquella chiquilla, que no levantaba dos cuartas del piso, cuando vio a los machos de las cebras en plena acción: ¡Mira, la cogió!, a los primeros leones: ¡pero si está en la tela!, y cuando el conductor hacía paradas demasiado breves a su entender: ¡Chofe, dale suave que tú no estás apura´o ni ná! Por lo menos, pensé, estos animales están mucho más libres que los otros. Y me dejé llevar, en esos breves instantes en que la chiquilla no abrió la boca para soltar una de las suyas, para admirarme como una verdadera niñita ante la jirafa bebé, la enormidad del rinoceronte, esa maléfica mirada que creo advertir en los ojos del avestruz, en los cuatro kilos de carne de caballo que, según la guía, les toca a los felinos diariamente. No feliz, pero sí algo relajada regresé, no sin antes detenerme en aquel bosquecito de bambú, donde la única queja que se escucha es la de las cañas batidas por la brisa.

Regla

iglesia de Regla
Foto: Dazra Novak

Tempranito en la mañana las calles junto a la iglesia de la virgen de Regla ofrecen un renovador recorrido, algo que asumo posible gracias a la proximidad de las aguas que han insistido en refrescarlas durante la noche. Repaso con la mirada la lengua de mar fresco y quieto por donde he venido, la boca de la bahía, la lanchita que se regresa con tripulantes que han corrido para alcanzarla antes de que zarpe una vez más, tras la insistencia de la campanita. Hoy no vine a la iglesia a pedir bendición ni permiso, no vine a arrebatarle ningún secreto de religión. Muy por el contrario, vine con otras ganas menos pedigüeñas. Vine porque sí. Algunas de estas calles me invitan a travesías fantasmas gracias a esa luz que a esta hora las sorprende por detrás, sin avisar, obligándolas a entrecerrar los ojos-persianas de sus ventanales descoloridos, rejas y balcones, madejas de cables eléctricos, gente que espera en la parada la llegada de algún transporte. Los colores saltan sin avisar entre fachadas que, hermanadas por esa cálida pared con pared, se reparten el color opaco del abandono –o quizá sea el castigo del sol quien las despinta. Me siento una intrusa que, en realidad, no soy tanto. Alguna vez estuve aquí, en la casa de Canet, junto al parquecito que al parecer en mi memoria había crecido y lucía más grande, tenía más árboles, más bancos, y cuando aquello, ni pensar que hubiera wi-fi. Paisaje marino asaltado por paisaje industrial de chimeneas, barcos de carga, geometría de los andamios empinados al cielo por entre ramas de árboles florecidos. A estas horas la gente se despereza con el mismo último bostezo de las calles, se lanzan a lo igual de todos los días que para mí, suerte que tengo, es completamente nuevo y disfrutable, tan deliciosamente asombroso como si Regla hubiera salido de un cuento.

Parques…

Parque de la calle Boyeros
Foto: Dazra Novak

“Aquí cada vez que se cae un edificio hacen un parque”, escucho con demasiada frecuencia. ¿Otro más? ¿a quién le hace falta otro parque? Y yo respondo para mis adentros, a los que no tienen dónde, a los que gustan respirar mejor, a los que tienen –por suerte- pajaritos en la cabeza, o demasiados problemas sin resolver. A los que esperan la guagua, la suerte, a la mascota que anda haciendo pis o estirando las patas, al hijo/nieto/sobrino que monta la bici. Me pregunto, con tanto videojuego como hay disponible, si tendrán los parques de hoy la misma función, el mismo deseo que nos ganaba a nosotros cuando éramos niños y no había muchas opciones. Dime, ¿qué tiempo hace que no vas a un parque simplemente a sentarte, a pensar en nada? ¿Qué tiempo hace que no te encuentras a algún conocido, lees un libro, te citas con alguien? Creo que hoy, más que nunca, hacen falta los parques. Con tanto humo de almendrón, entre otras cosas, el verde nunca sobra. Con tanto teléfono celular y wifi, el verdadero encuentro es un milagro. Recoge una hojita seca y guárdala en tu diario, deja una nota para un desconocido, acuéstate bajo alguna sombra (revisa antes no vaya a haber brujería), ¡haz algo para salirte de lo mismo! Si dices que sobran los parques seña de que ya los conoces todos, a ver, ¿me dices cómo se llama este?

 

Helad’oro

heladería
Foto: Dazra Novak

En el tramo donde la calle Aguiar queda atrapada entre Tejadillo y Empedrado, he descubierto un pequeño oasis. Rápida y cuiadosamente sorteaba yo el terreno minado, que puede explotar desde un jarro de agua sucia más arriba o caca de perro más abajo, ciudad vieja devastada por esa guerra de la sobrevivencia del carretillero vendiendo sus viandas en la esquina, los salideros de agua, el negociante, las bolsas de basura, los balcones gritando su decadencia en escombros y de pronto, sin más, Helad’oro. Un pequeño local donde predominan el color naranja, la madera y los cristales prometiendo un ambiente climatizado que permite mirar hacia afuera como si hubiéramos saltado de la revoltura del océano a la tranquilidad de una pecera. Esta vez: ni Coppelia ni Nestlé. Vade retro al azúcar. No hay aire en la mezcla helada, que se siente más grumosa en su variado capricho de sabores: galletazo, guanábana, snickers, turrón de maní, malta. A estas alturas de la modernidad nadie se asombra de que la cesta donde los sirven sea comestible, pero, ¿helado de mojito? Un oasis en el que ciertamente no se gasta poco, pero oasis al fin, un alivio momentáneo y refrescante. Un buen punto para upgradearnos, con la punzada del guajiro, en la estima de un ser querido que cumple años o una pareja de aniversario. Un gustazo anclado en la memoria hasta que rompamos la alcancía otra vez.

Paseo marítimo flotante

paseo marítimo
Foto: Dazra Novak

Junto a la Alameda de Paula, luego de salvar la Avenida del Puerto que velozmente le corre a lo largo y la separa de la bahía, es posible caminar sobre las aguas. Flotar mecidos por una caricia suave, húmeda, apenas perceptible bajo los pies. Paseo que, pareciera que no, pero se mueve. (A veces las cosas parece que no, pero se mueven). Deslizarse por la estructura de madera y metal que nos permite estar más cerca de los secretos hundidos en las oscuras aguas de la bahía, pedirle a la virgen, pagarle tributo, llorar su contaminación, llorar la nuestra, llevar unos tragos en botellas plásticas y sentarse sobre las tablas, conversar/quedarse en silencio, acostarse a todo lo largo y otear más arriba el cielo azul a ratos con nubes, mirar la otra orilla ahora con otros aires de animal insumergible, asistir a la evaporación de la tierra/pavimento, suelo-duro bajo nuestros pies aliviados al menos por unos minutos, seguir con los ojos la lanchita que va y viene (con gente que pide para allá y vuelve a pedir para acá), escuchar al custodio que asegura desde la garita donde hace guardia: “no se puede pasar en bicicleta”, ¿y los coches de bebé? “tampoco. Nada que tenga ruedas”. Esto-es-un-paseo-marítimo-solo-para-pies. Esto es un paseo marítimo solo para mecer los pensamientos que se cuelgan de las estructuras alzadas por todos lados prometiendo cambiar el panorama… algún día, las chimeneas histéricas de humo, los barcos pesados y somnolientos cargados o vacíos, da igual. Este es un paseo para dejar los pensamientos ahogados allí y volver ligeros, vacíos de tedio, con ojos limpios y el ahora sí, quizás, puede ser, ¿por qué no?