Blanco y negro, no

serie-cubana-blanco-y-negro-no-habana-por-dentro-dazra-novak (4)¿Recuerdan la serie cubana Blanco y negro, no? ¡Hasta que por fin la están retransmitiendo! Ayer vi uno de esos capítulos que tanto me hizo soñar, reír, llorar, querer ser uno de sus personajes. Creo que pocas veces se vieron representados en televisión con tanta claridad –y calidad- nuestros problemas adolescentes, nuestros miedos y deseos de aventuras. ¿Qué joven cubano de aquellos tiempos no guarda hermosos recuerdos de esta producción nacional? ¿Acaso no la esperábamos todos como cosa buena? Allí estábamos todos los todos posibles: la alumna conscientona, los padres divorciados, el alumno gruñón que se fugaba siempre, el que usaba espejuelos y no estaba en nada, el permiso que nos daban o no nos daban para ir a las discotecas –ah, las discotecas-, los de séptimo -que eran siempre los fiñes-, el juego de pelota en la calle, el profesor apuesto, la profesora gritona, el director que no dejaba pasar el pelo largo de los varones, el muchacho pobre, la niña mimada a la que la abuela le ponía hasta las medias por la mañana. Esa sensación de libertad –como si todo en verdad fuera posible- que nos dejaba el tema pasando junto a los créditos al final:

(…) No les detengan, si quieren saltar
en busca de su libertad,
y no les quiten, la ruta a seguir,
tienen caminos propios que recorrer (…)

Publicado en Misceláneas | Etiquetado , , , , , , , , | 1 comentario

Lecturas

hombre leyendo en terminal la Couvre

Foto: Beatriz Verde Limón

Cuando encuentro a una persona leyendo un libro, no puedo evitarlo, me gana la curiosidad. Y le pregunto, con su permiso ¿qué está leyendo? Cuando mi interlocutor me da por loca y claramente no responde yo enseguida ¿será una novela, un libro de cuentos, clásico, contemporáneo, será cubano el autor? Desde pequeña leía los carteles desde la ventanilla, los letreros de la ropa, de las carteras, incluso, los letreros en otro idioma. Los guardaba en mi mente y algunos de ellos pasaron años en mi baúl de recuerdos hasta que un buen día, los pude descifrar. A veces, cuando me sorprende en la acera un pedacito de papel lo aguanto con el pie y me agacho. ¿Esta qué hace?, se preguntará el transeúnte –porque el cubano es muy curioso- que venía contrario a mí. Leo listas que salen volando de los basureros, recortes de periódicos, hojas sueltas de algún libro de texto, la hoja rayada de la libreta de algún estudiante descuidado. ¿Y los papeles enrollados?, también. Los abro y leo palabras sueltas, armo un discurso con palabras hasta ese momento inconexas. ¿Acaso todo lo que nos encontramos no es un mensaje, una respuesta a algo que buscábamos, el futuro encontrándonos en esa divina forma que es el azar? He leído billetes con números, graffitis en los baños, en las guaguas, en la acera, mensajes junto a los teléfonos públicos y los menú… hasta el final. Leo los libros de quejas y sugerencias y los titulares de los periódicos armando una oración con algo de sentido. A veces miro fijamente al librero, agarro un libro y leo allí, donde mismo se abre. Leo solo esa página, la leo hasta el final.

Publicado en Misceláneas | Etiquetado , , , , | 5 comentarios

Personajes cubanos

calle san lázaro

Calle San Lázaro / Foto: Dazra Novak

A veces, cuando visto la piel de mis personajes, estoy en una casa de puntal alto dividida en decenas de cuarterías. La madera de la barbacoa cruje bajo mis pies. También cruje mientras bajo los precarios peldaños de madera y aparto la cortina de saco que tapa la mitad, solo la mitad, de lo que fue una gran ventana. Del otro lado hay más de edificio caído, otra pared gris, otra barbacoa. A veces me asomo al balcón con esa baranda a la que mejor no recostar los codos para mirar el tráfico, abajo, por donde pasa la vida silbando una cancioncita más o menos alegre. Es oscura la casa. Huele a cientos de años. Es ruidosa la casa: se siente la cafetera del vecino que está colando ya, la olla de presión en su riquirrás de frijoles negros, se oye a la mujer que le grita al marido, y el marido le responde a gritos también. Se oye la viga que bota hacia abajo un pedacito de techo. Es silenciosa la casa, un silencio como de queja, de herida que sangra. Las plantas, sin embargo, crecen abundantes en mis palanganas viejas y hasta en mi pedacito de alero. Alguien pone Radio Reloj y entonces el tiempo es más lento todavía. A veces, el humo de algún tabaco se mete dentro e inunda las baldosas pintadas con dragones, el fregadero lleno de tiestos porque no hay agua para fregar, el bombillo que da una luz penca, amarillita intermitente. Detrás, viene el olor a despojo con yerbas de vencebatalla, albahaca y yo-puedo-más-que-tú. Mujer que grita porque monta muerto. Aparato de fumigación. Personaje que huye… corre hacia la calle a hacer cualquier cosa: comprar cigarros, jugar dominó, pescar en el malecón, reírse de cualquier cosa que diga la gente. De cualquier cosa.

Publicado en Misceláneas | Etiquetado , , , , | 5 comentarios

De nuestros puentes

puentes de Matanzas

Foto: Dazra Novak

Hay que cruzar todos los puentes para conquistar Matanzas. Y caminar. En esta ciudad la gente camina, camina mucho. Algunas calles son un mar de transeúntes que vienen y van mientras uno de aquella cola me dice, “publica la foto del amarillo en la prensa, a ver si viene la guagua de una vez”. Bebé en los brazos de mamá, viejo que fuma tabaco, mujer con bultos, sentados todos en el banco largo tendido por toda la acerca, la acera de la calle donde salgo a la Uneac y algunos metros antes de llegar veo la casa de Milanés, el poeta que, perdida la razón, se agarra a las rejas de la ventana para gritar una vez más el nombre de su amada. ¿Qué extrañarías, matancero, si ya no vivieras más aquí? El Teatro Sauto, me respondieron algunos. Tanta sombra y tanta luz como tiene esta ciudad, tantos puentes y fachadas curiosas robándole protagonismo a las aceras para luego perderse en gargantas de casa-profunda-que-promete-historia-grande. Sin embargo, contrario a lo que cabría esperar, Matanzas es una ciudad que duerme temprano. Cuando llega la noche sus habitantes se recogen dentro de las casas y ya no les ves recorriendo sus puentes, ni sus aceras, ni sus tertulias, como si les espantara tanta oscuridad de golpe, como si temieran ser tragados por ese delicioso siglo XIX que aún promete la ciudad.

Publicado en La Isla | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

Chapeau

niño pescando

Niño pescando en el malecón de Cojímar / Foto: Dazra Novak

(…) El viejo lo miró a los ojos y, levantando el sombrero como en una reverencia, le dijo:
—Chapeau, señores, chapeau.
A Martín lo impresionó un poco el señor, pero no le dedicó mucho tiempo, en realidad tenía cosas más importantes en qué pensar para estarle haciendo caso a las tonterías de un loco. Siguió un rato más allí y luego subió por la calle que lleva a La Casa del Chocolate, porque no sé si saben que el chocolate aclara los pensamientos, además porque tenía mucha hambre (Martín es un niño que siempre tiene hambre), y pidió un batido de chocolate, y algunos bombones, y… bueno, Martín comió mucho, lo cual no es de extrañar en él. Desde la mesa donde estaba sentado veía otra vez, a través del cristal, al viejo loco que estaba parado ahora en la esquina opuesta. La diferencia es que no se movía de allí. Y ahora Martín pudo darse cuenta de qué iba la cosa. El caso es que, cada vez que le pasaba un niño por delante, el viejo hacía la reverencia con el sombrero. Martín terminó de comerse todo lo que había pedido, salvo algunos bombones que le guardó a su mamá y, decidido, salió dispuesto a preguntarle al viejo por qué hacía aquello. En los cincuenta pasos que dio Martín hasta llegar donde el viejo, este hizo tres o cuatro reverencias, la quinta fue para Martín:
—Chapeau, señores… chapeau.
—Disculpe, señor. ¿Qué significa chapeau?
—Estimado caballero, Chapeau es una palabra francesa que significa “sombrero” y se pronuncia así, chapó –el viejo hizo la reverencia una vez más.
—¿Y puede explicarme también por qué hace eso?
—¿Hacer qué? –preguntó el viejo y volvió a inclinarse.
—La reverencia… ¿por qué le hace una reverencia a los niños?
—Porque un niño tiene todas las posibilidades para convertirse en un hombre de talento. Yo no sé si en el futuro será un médico, un maestro, un músico famoso, o quizás merezca algún premio importante. Puedo estar delante del hombre más grande de todos los tiempos, y no me perdonaría no haberle presentado mis respetos como corresponde.
—¿Y las niñas?
—Las niñas también, por supuesto –dijo el viejo y repitió la frase—. Chapeau, señores, chapeau. (…)

(Fragmento del libro Historias de Martín, cuentos para niños, Dazra Novak, inédito)

 

Publicado en Misceláneas | Etiquetado , , , , | 5 comentarios

Zoológico de 26

zoológico de 26

Zoológico de 26 / Foto: Dazra Novak

Un zoológico… ¿es realmente para que veamos nosotros a los animales? ¿o será para que ellos nos contemplen haciendo monerías, tirando galleticas o cigarros –violando reglas elementales-, mirándolos con este curioso-humano silencio nuestro? Un señor que cargaba una niña, frente a la jaula, se pasó de gracioso, amagó con un manotazo y recibió una lluvia de apestosas semillas de guayaba. La ardilla apenas si me permitió una foto más o menos definida. El condor sufría por los escasos diez metros de altura de su jaula –mirándome con cara de “total, si tú ni puedes volar” y el agua de los cocodrilos era duro pavimento verde –esperando a que yo lo pisara para comerme viva-, el oso tenía calor y daba breves caminatas bajo una finísima cinta de sombra recibiendo algunas galleticas de soda mientras, del otro lado, de seguro seguirían los flamencos con aquel escandaloso espectáculo de largas y rosadas paticas frágiles que tanto llama la atención de los niños. La cara triste de los mapaches casi me obliga a lanzarme sobre el foso apestando a agrio y salvarlos de las frutas descompuestas. Con la pesada masa del rinoceronte me supe el animal más solitario del planeta. De no ser por el penoso costillar de los coyotes habría corrido con las patas fuertes de los avestruces, pero tampoco eso le es dable hacer a mi especie. Quizá porque los jaguares recibían un almuerzo que bien puedo ser yo, de no ser por esas rejas. Sí, las jaulas son en realidad para nosotros, pobres animales que somos, tan frágiles que ni correr veloces, colgarnos de los árboles, volar a 7000 metros de altura ni morder hasta matar… para sobrevivir. Tan cobardes que encerramos la libertad de los otros en tan triste y absurda meta: mirar.

Publicado en El caminante | Etiquetado , , , | 3 comentarios

Avenida 26

avenida 26

Avenida 26 / Foto: Dazra Novak

…esta avenida es un tiovivo donde un rato arriba y luego… luego abajo, les dije, agárranse que ahora viene una curva y otra más y después bajando, bajando hasta la Ciudad Deportiva para darle la vuelta, regresar y pasar frente al zoológico donde: pobrecitos animales, caballero, donde tiro trompetillas a los vampiros de toda la Habana que se reúnen en el Barbaram a emborracharse con su trago vampisol, pero lento… ¡lento!, que esta parte que sigue es peligrosa hasta tanto no llegue el alivio cuando de nuevo en la curvita donde la gasolinera Acapulco-agromercado-pan de París-Ditú, dime tú si cuando no hay Festival de cine latinoamericano también vienes al cine Acapulco en las mismas narices del parque donde siempre pasa el vendedor de maní mientras esperamos la guagua sentados en los banquitos bajo la sombrita que no hay más ná y seguimos caballero –en un parque de diversiones no se acaba nunca- ahora en silencio (aquí la tropa se persigna) que pasaremos por el cementerio chino con el edificio Pilar enfrente, rápido que el paseo se acaba ahí, en la avenida 23 que es un poquito, un tilín menos menos adolescente que la 26.

Publicado en El caminante | Etiquetado , , , , , , , , , | Deja un comentario