Loma de Chaple

Loma de Chaple

Foto: Dazra Novak

Lo que más me impresionó de la Loma de Chaple no fue la vista, ni la altura, ni esas casas con los pies literalmente colgando junto a la ladera con todas las posibilidades de que, un amanecer de estos, ocurra sin más el deslizamiento. O quizás sí me impresionó, pero no tanto como las mansiones: inmensas, solemnes, calladas, poderosas. Cada vez que veo una casa así me imagino los muebles antiguos, los sótanos, los secretos y sobre todo, las gavetas. Daría cualquier cosa por hurgar en todas esas gavetas. Algunas callecitas de la loma emanan ese aliento de puro misterio, de cosa no dicha, otras, me miran curiosas a-qué-tanta-foto (ajenas a los tiempos gloriosos que se vivieron aquí). Como si fuera normal tanta mansión soberbia, tantos techos apuntalados y mirando hacia arriba, como si no bastara con esta altura que se empina por encima de las demás casas que reposan, más abajo, en la otrora Calzada de Jesús del Monte. Es silenciosa la loma, y recogida en su vida alcurniosa (a destiempo). Se nota que algunos se han hecho con grandes tesoros aquí (no son casas de más de cinco cuartos, son siglos los que se compran y venden) y cambian colores de fachadas, remodelan balcones, echan abajo telarañas, borran la historia con nuevos presupuestos.

Publicado en El caminante | Etiquetado , , , , , | 2 comentarios

Mónaco

en el mónaco

Foto: Dazra Novak

Cuando me dicen Mónaco yo automáticamente pienso: muy lejos. O mejor dicho, pienso muy-muy-demasiado-lejos. Yo sé, estoy convencida de que tantos otros pensarán con la misma rapidez: ¡mi casa! Además porque es esta la zona concurrida que cumple la función de gran centro comercial donde se resuelve todo –o casi todo- y por eso escucho a los amigos que viven por aquí decir voy un momentico hasta el Mónaco a ver si hay paquetes de café, a cambiar dinero, a montar al niño un ratico en la estrella del parquecito, a comprar flores, aceite, puré de tomate o a llamar por teléfono. Honestamente, cada vez que llego me olvido –no solo porque siempre hay mucha gente y mucho tráfico sino por lo entretenida que soy- de la calle por donde vine, si era o no la tal Mayía Rodríguez y, como pasan meses/años entre la vez anterior y la siguiente de mi visita, vuelvo a preguntar qué guagua me sirve o dónde paro el taxi que, al menos, me acerque a Playa. ¿Playa? Hacen la mueca de rigor los transeúntes de paso por el lugar y estoy segura de que, mientras yo pienso en mi casa, ellos automáticamente oyen mentar  un barrio muy-muy-pero que muy… demasiado-lejos de aquí.

Publicado en El caminante | Etiquetado , , , | Deja un comentario

De los teléfonos públicos

telefono publico

Foto: Dazra Novak

Me pregunto que pasará con estos teléfonos públicos que antes (cuando no teníamos ni fijos ni celulares) nunca aparecían cuando más falta hacía (y hoy prácticamente son fósiles que uno se tropieza por casualidad). Los que se quedaban sin tono, estaban llenos de monedas o solo podían hacerse llamadas de emergencias. Esos teléfonos tan perseguidos por los reclutas salidos de pase que llamaban a las novias o familiares en provincia y uno se desesperaba porque, cuando la llamada al fin parecía estar a punto de terminar, el muchachito vestido de verde echaba más monedas. Y uno en la cola, esperando. Para leer, en nuestro turno, mientras se hablaba con esa voz del otro lado, los letreros rayados en la pared o en el propio teléfono: fulanita te quiero, un número de teléfono luchando contra la desmemoria, un corazón, un improperio, una rayita con la moneda de veinte centavos. ¿Se imaginan haber llamado al número que estaba escrito ahí? Conversar con el extraño como quien habla en un encuentro fortuito, establecer una conexión, entrarle por el oído a ese alguien desconocido que nos responde del otro lado (tomando en cuenta que tampoco existía el caller ID). Nadie sabe, a lo mejor tenía la voz bonita, a lo mejor estaba solo (o sola), a lo mejor en ese momento miraba el teléfono con ganas de que sonara o era alguien que conocía a alguien que lo conocía a uno pero no se animaba a dar el primer paso. Pero no, claro, en aquellos tiempos uno es esforzaba hasta por no equivocarse (la tecla de redial a veces no servía) y además siempre había más gente esperando detrás, en una cola que ni siquiera imaginaba que, años más tarde, al transeúnte le iba a caber un teléfono en el bolsillo del pantalón.

Publicado en Lo que está pasando | Etiquetado , , , , , | 1 comentario

Parada: terminal de espera

paradas de la Habana

Parada de 41 y 42 / Foto: Dazra Novak

Dime, cuando estás esperando en una parada, ¿observas a la gente que está junto a ti? ¿Has pensado que, probablemente, en toda una vida sea la única vez que esa otra persona y tú coincidan en unos minutos/horas de espera? Lo más problable es que pases por alto ese momento, único (o repetido), bueno (o no). Razones sobrarán porque imagínate el calor, la lluvia, el horario de trabajo, la comida, el cansancio de todo el día o el día siguiente por la mañana con lo mismo de siempre. Lo más probable es que la guagua, incluso sin llegar, te robe toda la atención que podrías dedicarte a ti, dedicarle también al otro. ¿Acaso ese alguien que trajo el azar (dicen que el azar no hace nada por gusto) no puede resultar en amigo, pareja, ayuda o sencilla compañía/sonrisa/gesto amable para aliviar el día? ¿Por qué no puede haber otro ahí, como mismo estás tú? La palabra lo dice, parada, detenerse, tiempo-libre-albedrío, ejercicio de espera que, según como lo veas exige o sugiere paciencia. Sé paciente (total, el transporte aparecerá a pesar de todo y sin contar contigo), mira bien, vuelve a mirar, repasa y toma nota: a las paradas no solo llegan guaguas.

Publicado en Misceláneas | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Taller de verano para niños, Acuario Nacional

Fotos y mi conversación con Yaya, entrenadora de lobos marinos.

Publicado en Fotos | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

Acuario Nacional

acuario nacional de Cuba

Acuario Nacional / Foto: Dazra Novak

Tursiops querida, no sé si desde que vives en la exótica Dubai, en tus visitas a Cuba, has vuelto a visitar nuestro Acuario Nacional. No sé si llegaste a ver esta, la entrada con delfines, cuando aún trabajabas en él. A lo mejor solo te tocó el viejo, cuya entrada se hacía desde la calle 1ra. De esa parte donde dábamos enseguida con el estanque de las mantas y de la foca Silvia. ¿Recuerdas a la foca Silvia? Siempre me dio mucha gracia porque tengo una tía que también se llama así. Hoy ni siquiera existe el mirador, y de las áreas para ver los peces a través de los cristales, solo quedan las más chicas. Aunque me han dicho que las reconstruirán, me da un poco de tristeza ver las antiguas partes destruidas. Sí, han derrumbado toda la parte vieja y solo están funcionando las instalaciones nuevas, estas áreas inmensas de piscinas para los shows de los delfines y los lobos marinos donde la gente, bajo los toldos, aplaude divertida aupada por un animador. Ahora a la entrada quienes nos reciben son las tortugas, ¿o serán caguamas? Perdona mi ignorancia, entre nosotras dos solo hay una bióloga marina, y esa eres tú. Hay una islita de mangle entre el estanque de las caguamas y los lobos marinos con una pasarela de madera y bajo la sombra, algunas personas venden artesanías y libros infantiles. Perdona que no le haya tirado fotos a los delfines pero, como hay taller de verano para los niños, me quedé a tirarle fotos a una de las entrenadoras de lobos marinos para mi blog de cubanos en una palabra y, cuando vine a darme cuenta, perdí mi entrada para el show de aquellos. Sé que te gustará saber que a los niños les enseñan las maneras y características de los lobos marinos, luego los dejan nadar en la piscina, tocarlos, ¡hasta abrazarlos! Dime tú, que eres la experta, ¿entienden los animales el abrazo?

Publicado en El caminante | Etiquetado , , , | 1 comentario

Avenida Boyeros

avenida Boyeros

Foto: Dazra Novak

Lo que más me gusta de Boyeros, en ese tramo que va desde la Ciudad Deportiva hasta su cruce con Carlos III, son las palmas. Más grandes y más chicas. Troncos gruesos, empinados, o bajos, como panzas de mujer que espera un nacimiento. Amazonas con los cabellos sueltos, alborotados por el viento. (Incluso cuando no sopla yo imagino cómo, travieso, las despeina). Cuando comienzan a erguirse, en filas esbeltas y orgullosas, percibo que me dan una suerte de bienvenida. Alegres, despreocupadas, en ese no tan largo recorrido por sendas amplias y transitadas, custodiando el paso de autos modernos, almendrones, guaguas, transeúntes y vehículos de dos ruedas, originales o inventados. En muy pocas avenidas de La Habana se puede probar la velocidad como se prueba aquí, justo cuando nos vamos acercando a la raspadura que se asoma allá en la plaza y el conductor aprovecha, se cambia de senda libremente, pisa el acelerador y va pensando en todo o en nada, que no es lo mismo, pero es igual. Me pregunto a qué conlusión llegarán mientras yo me jacto de haber ganado la ventanilla (pagando lo mismo: diez pesos), siempre en el asiento delantero y me molesta cuando me toca, por respeto, frenar en la luz roja. Lástima, no debería haber semáforos en Boyeros, es esta una avenida para dejarse llevar.

 

Publicado en El caminante | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario