Calle con árbol

calle 22 del Vedado habanero
Foto: Dazra Novak

¿Qué fue primero, el árbol… o la calle? Había pasado mil veces y tan rápido –se vive tan rápido desde hace un tiempo-, que nunca me animé a bajar en la parada que le queda cerca, después de la curva si se va en dirección a Playa, para echarle un vistazo a sus raíces. Abandonar el transporte habanero que tanto tiempo cuesta agarrar nunca fue negociable. Hasta hoy. Sigue leyendo “Calle con árbol”

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Ánimo de hogar

Edificio en la esquina de Lïnea y 14, Vedado, La Habana
Foto: Dazra Novak

Este edificio en la esquina de Línea y 14, Vedado, -da lo mismo si voy de ida o de regreso- llama poderosamente mi atención. Si voy de mañana mi ánimo amanece tan solo de mirar esos tiernos balconcitos hechos de madera, delicadamente trabajada, que luce frágil y sin embargo carga con tanta teja, tantos años, tanto sol. Si voy al mediodía vuelve mi energía a amanecerse en esa sombra caprichosa conque árboles más o menos altos les refrescan. Si paso en la tarde, no sé cómo se las arreglan, pero ahí está de nuevo esa fresca sensación (como cuando hacemos tiempo bajo la sombra de un árbol muy frondoso) de que las horas no pasan, no hay un día tras otro porque es siempre el mismo día a la misma hora de los mejores recuerdos: y amanezco sonriente como en los cuentos de aquella infancia donde el protagonista –y el/la niño/a espectador, es decir, nosotros- terminaba casad/ con un/a príncipe/princesa… y feliz. Quizá porque los edificios de ahora me dan no sé qué: mientras más modernos, más fríos; mientras más elegantes, más respiración artificial; mientras más empinados, menos entienden que la existencia de los otros es a cada uno de nosotros lo que la vida misma. Y es que estos balcones se me antoja que pueden detener el tiempo. Me gustan porque son como el cuento que, antes de dormir, solía leerme mamá.

Nos vemos en el parquecito de los chinos

parque de Línea y L
Parquecito en Línea y L / Foto: Dazra Novak

¿Dónde? En el parquecito de los chinos. ¿Dónde? En el parquecito que tiene una pequeña torre oscura, un monumento a los chinos que lucharon por nuestra independencia. ¿Dónde? En el parquecito pequeña-cuña-de-cemento con banquitos y árboles que está en Línea y L donde se sientan hombres que te dicen ¿taxi? cuando les pasas por el lado y al mediodía el sol te come vivo –no sé cómo pueden estar allí todo el día- porque los árboles son pequeños todavía y el concreto hace que el calor rebote y te queme las suelas de las chancletas o de cualquier zapato que uses aunque de vez en cuando y a pesar del calor algún viejito se siente a descansar los brazos, qué remedio, por el peso de las jabas con los mandados o las viandas que compró en el agro de 17 y K mientras pasan los muchachos montanto patineta o los pioneros al salir de la escuela o gente que por la noche terminan su borrachera aquí o simplemente caminantes que van y vienen desde cualquier punto de la ciudad porque aquí las guaguas y los taxis –los almendrones- pasan hacia un lado y hacia el otro como si este fuera –ahora que lo pienso quizá sea así- uno de los puntos más frecuentados de la ciudad. ¿Ya sabes dónde es?

Calle 12

Calle 12
Foto: Dazra Novak

Como los de una niña que, en puntica de pies –igual que las bailarinas-, asoma la cabecita por la ventana, así se asoman mis ojos –apenas los ojitos de la niña- a lo empinado de la calle 12. Un recorrido breve desde el mar hasta el cementerio (dos expresiones diferentes para una sola muerte), con sus respectivas florerías al comienzo y al final del camino. Soy una niña golosa que se detiene cada vez, en mitad del recorrido, para saborear esos deliciosos churros rellenos de chocolate o leche condensada -¿me da otro, por favor?-, dando brinquitos sobre la cebra que lanza los dados cuatro veces sobre la calle 23 (mientras el conductor se burla de mí qué comemierdita la niñita, muy parecido a lo que dijo aquella pequeña a la que Onelio le contaba un cuento en El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano). Un juego de parchís entre el Cinecittá, La Pelota, la cafetería 23 y 12 y el edificio al que hace algo de tiempo se le derrumbó la escalera dejando a los vecinos encaramados allá arriba. Media vuelta casi al final para volver calle abajo, y lanzarse de nuevo: Ah… si tuvieras una chivichana -le dice esa niña a la mujer que soy.

Calle San Antonio Chiquito

calle San Antonio Chiquito
Foto: Dazra Novak

Claro que sus flechas, cuando se nos vienen encima pintadas a gran velocidad sobre el asfalto, indican que puedes venir desde más allá o, con un giro brusco y no necesariamente planeado, volverte por donde mismo viniste. Es decir, si lo prefieres, andar en sentido contrario al mío. Los árboles tiran su sombra como quien tiene tanta para dar que no le pesa regalártela, eso sí, mientras dure la luz del día –ya en la noche te guarda otras sorpresas que quizá no te gusten tanto. Quizá no te guste tanto esto de andarle cerca a la gran ciudad de los muertos cuyo muro, por su lado, te muestra la cara más serena de la muerte, una promesa de viaje –esta vez sin retornos ni giros bruscos-, una vez traspasadas sus cruces blancas sobre fondo amarillo. Justamente ahí es donde nace el motivo de persignarse, el respingo automático de los cuerpos que se abrazan, por instinto, a la vida. De todas formas me resulta curioso… ¿se parecerá el descanso eterno a esta calle nombrada San Antonio Chiquito? Digo porque las calles normalmente parece que van a alguna parte, pero esta no sé si…

Puentes: cruzar o no cruzar

Arco de Belén
Foto: Dazra Novak

Dime si reconoces a simple vista estos lugares de la Habana. Tómate tu tiempo, piensa dos veces antes de contestar que sí, o que no ¿Lucen igual? ¿No los ha maltratado en algo tu recuerdo? ¿No los ha cambiado el tiempo, el momento del día, tu deseo de volver a recorrerlos o de no regresar a ellos jamás? Tómate tu tiempo, piensa dos veces antes de responderte si realmente valía la pena acomodarlos en algún rincón de tu equipaje, en el álbum de fotos que nunca pudiste hacer o que dejaste atrás “para siempre”. Repasa sus detalles, vamos, no cuesta nada, fíjate en lo que nunca antes viste: las luminarias, la gente, el rotulado, la arquitectura que –como la naturaleza- no sabemos por qué es así de caprichosa. Te regalo una puesta de sol, un amanecer, el mar. Son tuyas la velocidad, las curvas, el reflejo del río. Tuyo es el puente, y la decisión de cruzarlo.

Esquina de 17 y M

restaurante el conejito
Foto: Dazra Novak

Jamás he comido en este restaurante, pero de los cientos de ocasiones en que le he pasado por delante, ciento una veces me ha llamado la atención su fachada de ladrillos rojos, sus pintorescos tejados a dos aguas, esa graciosa chimenea que, salvo por las películas, ilustraciones de libros y mis dibujitos de niña, no acuden a mi mente -a mi ojos- con mucha frecuencia. Seré sincera, la idea de un conejo despellejado sobre un plato me espanta, pero el lugar me resulta cálido. Más allá de los precios y la siempre cajita de sorpresa que es el servicio gastronómico en nuestro país, me intriga lo que esconde entre sus paredes. ¿Será obscuro? ¿Será caluroso? ¿Será íntimo? ¿Será la amenaza de los treinta y tres pisos del edificio Focsa lo que le hace lucir temeroso y agazapado tras esa actitud noble y pacífica de los conejos? Lo que dura el recorrido de la esquina donde sosegado reposa yo me la paso intentando, sin lograr resultado alguno, mirar hacia adentro, buscarle las cosquillas, sacarle alguna expresión. Pero es inútil y, para colmo, en los grises días de lluvia se ve así, como un pedacito inglés en una esquina que no parece de la Habana y un cartel montado sobre la yerbita bien cortada: Restaurante El conejito.

Súbete

letrero de almendrón
Foto: Dazra Novak

Vamos, rápido, súbete, que todavía estás a tiempo. Huele un poco a petróleo pero, imagínate, no existe otra manera de burlar el tiempo. Cierra bien la puerta y, por si las moscas, no te le recuestes cuando doblemos en la curva. No te pongas los audífonos, que no, ¿nunca te han dicho que la ciudad también entra por los oídos? Si al chofer le da por poner regueattón o bachata yo le pido que baje el volumen, ¿te parece bien? Si no lo baja le preguntamos qué opina del pasado 17 de diciembre y te aseguro que apaga la reproductora y empieza a hablar. Es normal que sea difícil esquivar los baches, los almendrones son muy grandes y las calles nuestras… bueno, ya sabes, las calles nuestras son como la superficie lunar. El traqueteo de huesos es inevitable, así como no te prometo que se abran las ventanillas, por eso mejor nos sentamos en el asiento de atrás, se va más cómodo ahí desde que solo montan tres pasajeros, además, el aire siempre entra por algún lado. Mira hacia afuera, pero también mira a los que están junto a ti, ah, si pudiera saber lo que llevan en sus cabezas en ese momento en que los edificios pasan velozmente en sentido contrario, a veces más lentos. Disfruta el viaje, pero trata de pensar por un segundo cuando este Chevrolet era nuevo y lujoso, piensa en lo mucho que ha vivido, en los kilómetros y años recorridos y en cómo contamina el ambiente pero también, qué contradicción, nos salva el transporte: supongo que nada es perfecto. Estas carrocerías son tan duras que, si el chofer maneja como es debido, uno se siente doblemente a salvo. Eso sí, cada vez que se monte alguien dale los buenos días, alto, para que se oiga como lo que es, una nueva campaña de alfabetización, así vas contagiando a todo el mundo y para cuando te bajes, puede que el chofer hasta te desee un buen día. Ten paciencia con esto último, pon de tu parte, anúnciale con tiempo dónde te vas a bajar para que no haya frenazos bruscos. No le pagues con el auto en marcha, por el bien de todos mejor que sus manos estén ocupadas con el timón. Si se va a montar alguna viejita ayúdala con los bultos, déjale que suba antes si tú te quedas primero, ¿cómo esperas recibir si no das de ti? Lo demás ya te lo cuento por el camino, hay cosas que no pueden planificarse desde el principio. Vamos, súbete ya.

Fragmento de vuelo sobre mapa habanero

vista ciudad desde el Focsa
Foto: Beatriz Verde Limón

Es bueno a veces cambiar la perspectiva. Si es duro, difícil o imposible mirar a las cosas de frente, puede ser de gran ayuda buscar otro ángulo: invertir las polaridades, alzar el vuelo. Y mirarlo todo desde arriba. ¿Cuánto tiempo les llevó reconocer este pequeño trozo de la Habana? ¿Acaso este tramo no ha sido recorrido hasta el cansancio, hasta conocerlo de memoria? Y si lo sabemos tan de memoria, ¿por qué nos demoramos en reconocerlo? Porque nunca se llega a capturar las cosas tan a fondo: siempre hay una sorpresa escondida en algún lado esperando a que miremos con los ojos necesarios, los ojos admirados, los ojos aventureros. Es este apenas un pedacito del trazado caprichoso que juega a ubicarnos entre números y letras, con calles que recorren caprichosos ángulos que tantas veces no son rectos (para untarle al mapa algo de diversión), y para que nos desubiquemos de vez en cuando. Luego de ese reencuentro con la calle perdida conviene preguntarse: ¿es este realmente el camino que quiero recorrer?  Así se ve desde el edificio Focsa, como una ciudad de juguete, como esas maquetas de la localidad que hacíamos en la escuela para aprendernos calles, casas, parques y teatros de memoria, para que se sembrara en nuestra memoria limpia como una pizarra sin manchas, la piel de la ciudad.

El Burrito habanero

burrito habanero
Foto: Dazra Novak

Lo reconozco, tengo burritomanía. Casi en la esquina de 23 y G, frente al cine Riviera, perdí la cuenta de las veces que he ido y con tan buena suerte que no hay cola. Ya probé los tacos y los burritos con frijoles, después las quesadillas de pollo y por último, las deliciosas chimichangas. No me atrevo con los chilaquiles porque me suena a que serán muy picantes y el picante y yo nunca nos hemos llevado muy bien: ese malvado siempre me hace llorar a chorros. En realidad quería probarlo todo el primer día, pero esas tortillas enrolladas y rellenas de jamón, de carne, de pollo, de frijoles y veinte cosas más, acompañadas de vegatales, llenan más de lo que cualquiera pensaría. Sí, tuve que conformarme con un solo plato por vez. A lo mejor por eso es que yo misma me hago trampa a cada rato y paso convenciéndome de que es por casualidad. Es verdad que la decoración del lugar no pretende nada y el servicio es un poquito lento, pero a barriga llena luego todo se me pasa y cuando traen la cuenta –aquí siempre da la cuenta- acompañada por el librito para que uno opine, uno solo puede escribir “qué rico todo, qué rico, gracias por abrir un lugar barato, con comida diferente y sobre todo, tan sabrosa”.

burrito habanero
Foto: Dazra Novak