Lacret

calle Lacret
Calle Lacret / Foto: Dazra Novak

Explorar una calle, aunque no lo parezca, es una aventura. Recorrer una calle desconocida, aunque no lo percibamos así, es también una iniciación. Y sin embargo pasa que, una vez llegado, solo le prestamos atención al punto de referencia que se nos dio, al edificio más grande o aquel otro cuyo color resalta con respecto a los demás. Llevamos en la cabeza una señal o particularidad de la calle y hasta dar con ella no pensamos, no miramos, no retenemos otra cosa. También porque lo otro nos estorbaría mucho para encontrar el camino de la segunda vez, o quizás es la manera más segura de poder regresar sobre nuestros pasos sin perdernos. Recorrer una calle nueva, no sé si se han percatado, es como visitar la casa de alguien, enterarnos de cómo vive sus días y sus noches, las licencias que se otorga en cuestiones de comodidad, si sus vecinos son curiosos y los espacios disponibles han sido aprovechados al máximo. ¿Hay zonas descuidadas? ¿Está pidiendo a gritos una pinturita, una barridita? ¿Cómo se han repartido los espacios? ¿Será un lugar seguro tomando en cuenta la ausencia de rejas? Por lo general no nos detenemos a pensar en ello, pero nuestro cuerpo siente de inmediato si el barrio es seguro, bullanguero o silencioso, sabemos, incluso, si el tráfico en la noche no nos dejará dormir, si es una calle despreciada por aquello de que solo sirve de puente para-llegar-al-otro-lado-no-más. ¿Adónde me llevará esta calle?, me gusta preguntar para mis adentros, aunque sepa –porque me han dicho-, que atraviesa brevemente Mayía Rodríguez y más adelante pisa las faldas de la Loma de Chaple, que llegará a la Calzada de 10 de Octubre y me otorgará el placer de imaginarla a mi antojo de ahí en adelante. Da igual si existe o no, como pasa con todas las cosas que nadie me ha venido a contar, yo me las invento.

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Malecón sin agua

malecón sin agua
Foto: Dazra Novak

Metros más adelante de donde se cruza General Lee con la Vía Blanca hay dos muros largos que bordean el pavimento como si bojearan una costa. Puesto que a todo muro alto de ringo rango le debe correr cerca mar o río y eso todo el mundo lo sabe, a este pedacito de ciudad se le ha colocado, al menos, en el nombre: malecón sin agua. Encallado en los límites del 10 de octubre y a las puertas del tan famoso barrio del Canal perteneciente al Cerro, el malecón ofrece, entre otras cosas, una sincera vista de las casas de la barriada. Muros a medio caer, a medio pintar, casas improvisadas sobre tejados que alguna vez fueron anuncio de una comunidad lujosa y encumbrada. Para remontar las escaleras que llevan hasta lo más alto del muro (si se entra desde la Vía Blanca) es preciso hacer un fuerte ejercicio de abstención oliente, para luchar contra esos desahogos de riñón que dejan su huella en los descansos de escalera. Una vez arriba (y esto se cumple para cualquiera de los dos lados) lucen las casas como un poblado venido a menos con niños descalzos jugando fútbol en plena calle y caminantes que lo miran a uno como se mira al forastero (más bien al intruso). Aquí no hay agua, pero hay abundantes árboles con una sombra generosa que, si se sienta uno a contemplar el rápido trasiego de autos por la avenida, nos asalta una paz muy parecida a cuando contemplamos el mar. Este malecón de noche dicen que guarda historias de todo tipo de desafueros, tanto graffitis en franca protesta hasta ese de cuerpos enredados con otros cuerpos. Así dijo mi vecina cuando le comenté del lugar: Muchacha, ese fue el barrio de mi juventud, ¡si ese malecón hablara!

Te doy una canción como doy el amor

Concierto de Silvio Rodríguez
Foto: Beatriz Verde Limón

Esta vez, la cita con Silvio Rodríguez fue en un barrio de Santos Suárez, el pasado viernes, en plena calle de San Indalecio, allí donde se cruza con la calle Correa. Los que nos enteramos a última hora fuimos corriendo, no alcanzamos a ver la apertura del concierto (abrió Isaac Delgado, que está de visita por estos días y andaba de invitado), pero fue emocionante ver desde la distancia -que se acortaba cada vez más por nuestro paso apurado-, gente de barriada, niños, jóvenes, familias, viejos, la gente de Silvio. O no, porque también el que pasaba se quedaba dando vueltas. Había gente en los balcones, en las azoteas, mirando a través de las ventanas de los pisos altos. Silvio llevando sus canciones a los barrios en un proyecto que, desde hace algún tiempo, también incluye visitas a las cárceles. Pero él no solo canta sus canciones, pensar así sería simplificar demasiado. Estos son más que conciertos, porque hay temas que despiertan en los más viejos el espíritu de toda una época, la juventud de muchos, algo así como la voz de toda una generación que se formó, vibró, lloró con sus canciones, también, a los que crecimos con ellas. A medio concierto, cuando ya la noche cayó finalmente y todo quedó bajo la luz de los reflectores, me di vuelta y la gente seguía allí. A nadie se le ocurrió marcharse antes de tiempo. Siempre de pie y expectantes. A veces en silencio, algunos llorando de pura emoción, la más de las veces cantando, como oración de esperanza, las letras aprendidas de memoria, escuchadas por la radio y vueltas a escuchar. Las mismas que han sido y serán rasgadas en una guitarra de estudiante en la madrugada, mejor o peor cantadas por voces adolescentes, pero con ese hechizo pródigo que exhalan siempre las canciones de Silvio Rodríguez.

concierto de Silvio
Foto: Beatriz Verde Limón
concierto de Silvio
Foto: Beatriz Verde Limón
concierto de Silvio
Foto: Beatriz Verde Limón