Calle de La Ceiba para César, por su comentario

barrio La Ceiba
Barrio La Ceiba / Foto: Dazra Novak

César, ya sé que ha pasado algo de tiempo, pero no olvidé aquel comentario suyo en el post de 41 y 60 donde me dijo que, en su adolescencia, se reunía con otros muchachos en ese semáforo para bajar por la loma en bicicleta hasta la playa. Hoy domingo, aprovechando unos minutos libres, recorrí su calle desde 58, lentamente por la suave curva pasando frente a la marmolera y tratando de sacar una foto feliz del parquecito que está donde debía salir la calle 56 a la avenida 51. Es así como usted dice, ahí mismo se interrumpe con unas rejas. Unas señoras que me vieron pasar me preguntaron para qué eran las fotos, bueno, ¡de seguro no ha olvidado usted hasta dónde llega la curiosidad cubana! Me preguntaron su nombre, pero no lo conocen porque viven allí solo desde los años 70. Como verá la calle está bastante limpia, las casas lucen muy cuidadas, aunque no sé si serán las mismas de cuando usted vivió allí. Me dijo una de las señoras que había un mural en el parquecito, pero lo quitaron hace algún tiempo. El barrio es silencioso, con verdes parterres bien atendidos, algunos niños pequeños andaban por el parque, pero al momento de tirar la foto cruzaron al otro lado. Un señor se asomó al balcón, supongo que la cámara fotográfica llamaba la atención. ¿Qué tiene de especial esta callecita para que ella ande tirando tantas fotos?, estoy segura que se preguntaron unos cuántos. ¡Es la calle de César!, les respondí en silencio. Ah, momento feliz cuando echamos el tiempo atrás.

Remedios

Remedios, ParrandasÉramos en total cuarenta y cuatro locos, acabados de bajar del camión luego de cinco horas de viaje. Con nuestras respectivas mochilas y sin un lugar donde quedarnos nos abrimos paso hasta los tanques llenos de hielo troceado, las cajitas de congrí, los lechones asados que lucían su lomo brilloso en cada esquina. Había, a cálculo de asombro, más de cinco mil personas en el parque, justo en medio de las dos iglesias. Como cada 24 de diciembre el pueblo se dividía en dos bandos con sus respectivas carrozas, los sansari del barrio de San Salvador enfrentados a los carmelitas de la gente del Carmen: la parranda que complementa la misa de aguinaldo.

-¡Qué linda la cosa esa! –exclamó Betty señalando aquel andamiaje, aún sin iluminar, que casi sobrepasaba la torre de la iglesia.

-Eso no es una cosa –argumentó Lolita, fiel a San Salvador-, eso es un trabajo de plaza, y es el más lindo del mundo.

El de nuestra derecha era un copo de nieve, el de la izquierda un ave con las alas extendidas. Así se fueron iluminando por partes, (y se quedaron alumbrados toda la noche) el-centro, las-alas, los-copos, la-globa, repasando las formas con luces de colores, imprimiendo en nuestras retinas aquello que, de tan descomunal, no se creían nuestros ojos. Los fuegos artificiales anularon las estrellas y comprendimos, con las mochilas por tierra y nuestros rostros vueltos al cielo, que aquellos sombreros que habíamos comprado no se vendían por gusto. Los nativos se habían guarecido bajo los portales mientras a los neófitos nos caían birutas, hollín y algunos trocitos aún encendidos. Una hora después logramos abrirnos paso hasta la glorieta, pensando que desde allí se podrían admirar los fuegos con algo de tranquilidad, pero la diversión de los más pequeños es recoger los voladores fallidos y hacerlos tronar (obligándote a dar salticos involuntarios). La diversión de los más grandes, por otro lado, es abuchear al barrio contrario, si bien de manera inofensiva, pero a gritos. Cualquiera pensaría que Remedios es como otro carnaval, conga, baile, cerveza. Nada que ver, la parranda es algazara, explosiones, ¡ruido! A eso de las cuatro de la madrugada nos mudamos hacia lo que viene siendo el fondo del parque. Nos tiramos en el suelo, vencidos nuestros cuerpos por las horas de viaje y el peso de las mochilas. Un rato después saldrían las carrozas con sus estandartes, el gallo de San Salvador, el gavilán del Carmen. Fue entonces cuando los fuegos nos develaron la Estatua de la Libertad de Remedios, con la antorcha en una mano y la espada en la otra. No nos dio tiempo a mucho asombro:

-¡Ahora viene el fuego cruzado! –gritó alguien.

Los bandos se agazaparon en sus trincheras, protegidas con cercas a modo de talanqueras, y tiraron al otro lado dejando una humareda sobre el parque, ahora casi vacío. Avanzamos en retirada sorteando los morteros junto a la iglesia, algunos de nosotros comiendo el último pan con lechón, otros lavándonos los dientes. A las siete de la mañana, mientras se alejaba el camión con nuestros cuerpos muertos de sueño unos sobre otros, Remedios exhalaba una gran columna de humo. Hasta que desapareció el pueblo me regodeé oteando un poco más, a través de una hendija, con esos ojos desorbitados de quien ha vivido algo grande.