La Vitrola

restaurante la Vitrola
Foto: Dazra Novak

Pues, sí, me dije, ¿por qué no regalarme un desayuno? ¿por qué no hacerme la idea, agarrar la carta, pedir una tortilla que en esta aventura se llamaría omelette au fromage? Miré a la Plaza Vieja con las gafas puestas, entrecerrando los ojos como quien nunca la ha visto y dije que sí al ofrecimiento de las crepes. En otro momento habría dicho, no gracias, yo me hago arepas en casa y me sale mucho más barato. Pero aquella mañana, cómo decir, se me subió la turista a la cabeza y acepté. Bebí despacio mi jugo –oh, perdón, mi zumo-, de naranjas, también, porque estaba delicioso, pero básicamente para que no se me acabara tan pronto. Repasé con auténtico asombro las paredes atiborradas de viejos anuncios publicitarios de jabones de lavar, Coca Cola, pasta Colgate, cigarros, cervezas, escuchando todo el tiempo a Beny Moré por los altavoces et voilà! Un haiku: Mesero sonriente trayendo plato hace reverencia. Mis ojos se clavaron en esos panecillos baguette donde ondeaba una banderita cubana de papel agarrada a un palillo de dientes. Después, para qué mentirles, paladeé a mis anchas el sabor del ajo en la mantequilla, la brisa fresca de la mañana bajando por la calle Muralla hasta la plaza, la llenura y el sopor tras la taza de café. Me inventé una ceguera repentina para sacar los billetes de mi monedero como quien no ve muy bien lo que está haciendo y salí tarareando una canción con esa sonrisita.

Fotografía voladora: “En busca de Matías Pérez”

Cámara oscura
Edificio de la Cámara Oscura / Plaza Vieja / Foto: Dazra Novak

Para mostrarle a Matías Pérez cómo luce la Habana de hoy, Quinqué convocó el pasado viernes 9 de mayo a soltar –impresas, autografiadas y amarradas a globos-, las fotos de ciudad que trajeron los participantes. Dentro del Proyecto Ruta Joven de la Oficina del Historiador y junto a la tendedera de la Escuela de Fotografía Creativa de la Habana, Quinqué animó el encuentro con una exposición performática e interactiva desde el techo de la Cámara oscura, en la Plaza Vieja. Lanzados desde allí por el piquete de quinqueteros, los globos y las fotos no volaron perdiéndose para siempre –como ocurrió a aquel desdichado sastre en el año 1856-, sino que bajaron hasta las manos de la gente. Cientos de fotos mostrando calles, cubanos, parques, solares, nuestro malecón, edificios, balcones, días y noches habaneras. Fotos cuyos derroteros desconocemos ahora. Fotos que algunos guardarán como recuerdo/tesoro en algún cajón, entre las páginas de algún libro o bajo el cristal de la cómoda. Imágenes para mostrarle al Matías Pérez que todos llevamos dentro, cómo luce la Habana de hoy.

Plaza Vieja

Plaza Vieja
Tomada de cubahora

La condesa de Merlin se acoda en la baranda y yo la saludo apenas con un gesto de la mano, pero el viejo que está sentado junto a mí en la fuente me mira con ojos desorbitados y entonces me doy cuenta, estoy viendo un fantasma. Sobre la plaza planean las palomas mientras el agua de la fuente no se renueva, insiste, más bien se repite, al caer forma coronas de agua. Un niño corre con los brazos abiertos, aeroplano de niño espantando las palomas y mis labios esbozan un gesto de Mona Lisa cuando el niño se para en firme, hace el saludo militar y comienza a marchar junto a su pelotón imaginario. Soldadito de niño. Antes de ser Vieja esta plaza fue Nueva, fue Plaza Mayor, Real, Plaza de Roque Gil. Ahora es una plaza con Planetario, con Café Escorial, Casa de la Cerveza, Galerías de Arte y boutiques. Plaza donde las vendedoras ambulantes traen flores de plástico, muñecos de peluche, pelotitas de goma. El viejo se levanta y se aleja a pasos lentos por el suelo empedrado, le pesan los zapatos o quizá se pregunte por qué hay tanta agua en la fuente y en su casa no. La condesa deja caer una florecilla a los pies del viejo y este, preocupado por la agobiante escasez del agua, la aplasta con su bastón. No obstante, su penoso andar es acogido por la amable sombra de los portales. Por una esquina aparecen los zanqueros alborotando con sus timbales, con sus trajes de colores y siempre la sonrisa tras la bolsa extendida esperando unas monedas. En las mesas del Escorial, esas que le roban lugar a los adoquines de la plaza, afloran cámaras fotográficas prestas a capturar el clímax de la rumba. El niño abandona su guerra inventada y se va tras las piernas largas de los zanqueros que bailan la conga y contagian esa alegría por todo el cuerpo. Un pequeño bribón merodea entre los clientes que beben cerveza de una larga probeta de vidrio, y se aprovechan del sol en el trópico, como si en el trópico no hubiese nada más para hacer. Desde la Cámara Obscura, sobre una de las azoteas, alguien mirará gran parte de la ciudad, incluida la plaza, reflejada a tiempo real en una cacerola abollada. Pasará por alto la florecilla venida a menos, la mano del señor que niega tener monedas para pagarle a los zanqueros, el pequeño bribón que escapa con algo ajeno en la mano, a fin de perderse entre las calles aún sin restaurar, como un niño fantasma.

Plaza Vieja
Foto: Vinh Dao