Por aquí y por allá

Línea de ferrocarril calle 26
Foto: Dazra Novak

¿Por qué será que estas imágenes probablemente no te revelen el lugar exacto de la Habana donde se tiró cada una de estas fotos? ¿Será que, con tantos años sin visitarla, ya has olvidado algunas de sus partes –como mismo se olvidan aquellos primeros amantes de la adolescencia? ¿Será que, de tanto recorrerla en tu rutina diaria, ya te cansas de ver lo mismo? Es curioso cómo pasamos por alto detalles del paisaje cuando vamos abrumados por el peso de nuestra propia existencia, y no nos preguntamos casi nunca por qué, desde cuándo, cómo es que estas casitas han estado ahí desde hace tanto tiempo y nunca las habíamos visto, nunca habíamos reparado en su fragilidad, el aire de campo que respiran, la precariedad que las agobia, el privilegio de que gozan por estar ubicadas en zona tan transitada y más, tan conocida. ¿Por qué será que dudas si ese edificio estará, efectivamente, en la Habana que te precias de conocer? ¿Por qué será que ese pequeño auto amarillo parqueado más abajo, el que probablemente pasarías por alto aupado por las ínfulas modernas del edificio, te salva de la duda? Sí, es eso mismo, es que la Habana guarda una extraña mezcla de viejo y nuevo, de ayer-hoy-siempre, de armario frente al que una mujer –según el tipo de mujer- tendrá mucho, poco… o nada para vestir.

Centro de negocios Miramar
Foto: Dazra Novak
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Volver a Flores

Reparto Flores, Playa
Foto: Dazra Novak

Hubo un tiempo en que Flores me recibía como un lugar lleno de promesas. Yo caminaba por su separador soñando, inventando historias, contando las palmas y los minutos. Fue un tiempo de sonrisas, aplausos, aventuras… y amigos. Fue un tiempo de amores. Flores fue tanto travesura como descubrimiento, una de esas épocas que solo son comparables a la magia de la adolescencia, donde se espera –por encima de todo-, donde se perdona –tan fácilmente-, donde se ama –más de la cuenta. Por eso recorrerlo, atravesarlo, es como volver a pisar un jardín que duele bien cuidado en el recuerdo, siempre verde y como en pausa, pero lejos, muy lejos de esta realidad de los pies. Ahora no le camino por el separador, uso las aceras, agarro por el borde y me escurro lentamente, camino rápido aunque le mire a los ojos –como hacen los púgiles valientes-, y no dejo que me alcance.

Del Comodoro al Coney Island

Foto: Dazra Novak
Foto: Dazra Novak

Este pequeño tramo, desde el hotel Comodoro hasta La isla del Coco –isla a la que todos siguen llamando Coney Island-, me queda como un traje apretado. Me parece que el auto que viene de frente impactará sin más remedio la velocidad que lleva el mío. No cierro los ojos -de pura casualidad-, pero sí aguanto la respiración, mas siento la pequeña distancia que separa al sentido contrario del posible vuelco ocasional de mi vida. Recuerdo brevemente la Casa Central de las FAR, a donde intentábamos colarnos como mismo no lo lográbamos ni en el Fontán, ni en la Concha, porque éramos adolescentes y cuando aquello no sabíamos que los adolescentes nunca pasan desapercibidos. Nunca. Porque sé por dónde viene, lo que se le puede ocurrir y lo que no le pasa por la mente a esta callecita no crecida que va de hoteles y paradas de ómnibus repletos de gente a la espera, pero insiste con pequeños parterres y su yerbita chamuscada. Pizzas a bajo costo cuyo olor de queso mortifica, larga espera de guaguas, y taxis de diez pesos que se roban la senda que no les corresponde… casas y bares nuevos y bicicletas imprudentes y gente como asfixiada capaz de cualquier cosa –cualquier cosa- por ir a refrescarse en el mar.