Nadie se va, nunca

graffiti en banco de parque
Foto: Dazra Novak

¿Recuerdas el nombre que rayaste en el banco del parque? ¿en el muro del malecón? ¿en la pared junto al teléfono público? ¿en el teléfono público? (acuérdate que en aquellos tiempos no existían los celulares y no todos tenían teléfono fijo. ¡Cuántas citas malogradas, cuántos desencuentros por no poder enviar un sms o hacer una llamada perdida, cuántas parejas que se esperaban pero no se encontraron más por no llegar a la hora señalada!) ¿Recuerdas tu nombre escrito junto al asiento de la guagua, en la acera con el cemento aún fresco, en el mostrador de la bodega? Hoy, poca gente se sienta en los parques, poca gente usa los teléfonos públicos (casi ninguno sirve), la guagua (el camello) da vueltas por otro circuito lejos del centro y cada vez son menos los mandados de la bodega. Pero tu nombre está, ahí, escrito junto a otro nombre, desafiantes ambos ante el paso del tiempo, y quizás por eso das vueltas y vueltas con la guagua y alguna pareja se sienta sobre tu nombre en el banco, en el muro, alguna pareja se detiene para besarse y pisa tu nombre como para recordarte que hoy vives en otro país-en otra ciudad-en otro cuerpo, pero estás aquí también porque un día lo quisiste, que no se vive por gusto y lo que eres hoy pasa por este nombre espontáneamente rayado en el pellejo duro del hormigón adonde, mira, por esas cosas que tiene la vida, una florcita roja cae inofensiva, y permanece rendida a tus pies.

Parque Lennon

Parque Lennon
Foto: Beatriz Verde Limón
Parque Lennon en Vedado habanero
Foto: Beatriz Verde Limón

El domingo es, por excelencia, el día de la melancolía y la añoranza. Quizás por esa forma ni horizontal ni vertical en que cae la luz sobre los edificios, los árboles y la gente, quizá por el silencio, que se impregna en los ruidos como un virus letal. Cuando ese amigo que hace tiempo no ves te llama un domingo la nostalgia te entra por los oídos al colgar el teléfono, porque de pronto te sorprendes a ti mismo extrañado por el paso cauteloso del tiempo. Ah, el cómo pasó sin darme cuenta de la mano del clásico éramos tan jóvenes. Como también nos asalta ese ¿hacia dónde vamos con esta vida? Un ajuste de cuentas, aunque nos cueste admitirlo. Para mí La Habana es muchas veces un domingo. Ni de invierno, ni lluvioso, ni de esos con mucho calor. Es un domingo y punto. Incluso puede que sea lunes y la semana de trabajo comience y las guaguas ese día estén imposibles. O jueves, que es mi día favorito de la semana. O el día que elegimos para la horrorosa visita al dentista, o el día en que terminamos de leer un libro estupendo que nos cambió la vida –o eso pensamos–. No importa qué día sea, el caso es que La Habana ese día es domingo, un domingo que saca la cuenta de los amigos que ya no están, que ni siquiera te pueden llamar por teléfono, que te lanza sobre la mesa todo aquello que dejaste para después y nunca hiciste, te lleva a mirar desde afuera la escuela primaria donde estudiaste y husmear tras las rejas de las ventanas como un proscrito que se arriesga a ser atrapado en el acto. Los parques de La Habana tienen incluso un área de sombra bajo árboles inmensos que guardan un silencio que ni siquiera el paso urgente de los autos logra apagar, también un silencio de domingo. En esos días me siento en el parque de 17 y 6, en el Vedado. Me siento junto a la estatua de Lennon y le hago una seña al custodio para que no se moleste en traer las gafas de John porque no voy a tirarme una foto ni nada por el estilo. A eso de las cinco, incluso puede que un poco más tarde. A esa hora en que los perros con dueño orinan sobre la hierba del parque. A esa hora en que los niños vienen a correr, a jugar a la pelota, a gritar como locos y a romperme, gracias a Dios, esta Habana–domingo que me abraza dulcemente, pero también me ahoga.