Parques…

Parque de la calle Boyeros
Foto: Dazra Novak

“Aquí cada vez que se cae un edificio hacen un parque”, escucho con demasiada frecuencia. ¿Otro más? ¿a quién le hace falta otro parque? Y yo respondo para mis adentros, a los que no tienen dónde, a los que gustan respirar mejor, a los que tienen –por suerte- pajaritos en la cabeza, o demasiados problemas sin resolver. A los que esperan la guagua, la suerte, a la mascota que anda haciendo pis o estirando las patas, al hijo/nieto/sobrino que monta la bici. Me pregunto, con tanto videojuego como hay disponible, si tendrán los parques de hoy la misma función, el mismo deseo que nos ganaba a nosotros cuando éramos niños y no había muchas opciones. Dime, ¿qué tiempo hace que no vas a un parque simplemente a sentarte, a pensar en nada? ¿Qué tiempo hace que no te encuentras a algún conocido, lees un libro, te citas con alguien? Creo que hoy, más que nunca, hacen falta los parques. Con tanto humo de almendrón, entre otras cosas, el verde nunca sobra. Con tanto teléfono celular y wifi, el verdadero encuentro es un milagro. Recoge una hojita seca y guárdala en tu diario, deja una nota para un desconocido, acuéstate bajo alguna sombra (revisa antes no vaya a haber brujería), ¡haz algo para salirte de lo mismo! Si dices que sobran los parques seña de que ya los conoces todos, a ver, ¿me dices cómo se llama este?

 

Parque Central

Parque Central de la Habana
Foto: Beatriz Verde Limón

Como en un lienzo de Collazo una breve pincelada de luz pastel cae sobre la estatua de nuestro Martí. Nacen del pincel orgullosas palmas erguidas custodiando al maestro y detrás, como rasgo descuidado de un artista plástico que sucumbe al marketing, aparca una guagua de dos pisos, llena de colores y de turistas. Habana Bus Tour, The best views. La tarde se despeña sobre el parque con una voracidad que no deja nada vivo a su paso, se traga los bancos y la gente, se traga a esos hombres que discuten sobre deporte como si en el tener o no razón les fuera la vida. Los turistas descienden, fascinados por el efecto á cause de que provoca el polvo y mugre acumulados en las hendijas de los bancos, sobre el suelo de granito, en las fuentes, en las manos arrugadas de los viejitos vendedores de maní y periódicos. La pátina del tiempo es para para los turistas un producto del mercado, algo para retener en una foto digital, una historia para contar a los pequeños, frente a la chimenea, en una tarde de invierno. Una tarde de invierno para los viejos del parque central es una mano extendida orbitando alrededor del vaho de la cámara, la añoranza de otro siglo mejor porque las cosas ya no son lo que eran antes. Pasan los coches de caballo con las señoras de sombrero mirando al Parque Central sin darse cuenta de que hay un hombre oteando hasta encontrarlas ofreciendo ron, tabaco, sexo. Gracias a Dios ya no hay marines ultrajando a nuestro Martí, que sigue con su brazo extendido señalando una dirección, aunque nadie parece advertirlo. En cambio, hay palomas que sobrevuelan y a ratos se posan en su hombro, hay hoteles a precios exhorbitantes y demasiadas fuentes secas. Hay una mujer que viene y, sin pedir permiso, se sienta en mi banco mientras escribo. Me pregunto qué diría nuestro Martí, si pudiera, de todo esto.