La Vitrola

restaurante la Vitrola
Foto: Dazra Novak

Pues, sí, me dije, ¿por qué no regalarme un desayuno? ¿por qué no hacerme la idea, agarrar la carta, pedir una tortilla que en esta aventura se llamaría omelette au fromage? Miré a la Plaza Vieja con las gafas puestas, entrecerrando los ojos como quien nunca la ha visto y dije que sí al ofrecimiento de las crepes. En otro momento habría dicho, no gracias, yo me hago arepas en casa y me sale mucho más barato. Pero aquella mañana, cómo decir, se me subió la turista a la cabeza y acepté. Bebí despacio mi jugo –oh, perdón, mi zumo-, de naranjas, también, porque estaba delicioso, pero básicamente para que no se me acabara tan pronto. Repasé con auténtico asombro las paredes atiborradas de viejos anuncios publicitarios de jabones de lavar, Coca Cola, pasta Colgate, cigarros, cervezas, escuchando todo el tiempo a Beny Moré por los altavoces et voilà! Un haiku: Mesero sonriente trayendo plato hace reverencia. Mis ojos se clavaron en esos panecillos baguette donde ondeaba una banderita cubana de papel agarrada a un palillo de dientes. Después, para qué mentirles, paladeé a mis anchas el sabor del ajo en la mantequilla, la brisa fresca de la mañana bajando por la calle Muralla hasta la plaza, la llenura y el sopor tras la taza de café. Me inventé una ceguera repentina para sacar los billetes de mi monedero como quien no ve muy bien lo que está haciendo y salí tarareando una canción con esa sonrisita.

Helad’oro

heladería
Foto: Dazra Novak

En el tramo donde la calle Aguiar queda atrapada entre Tejadillo y Empedrado, he descubierto un pequeño oasis. Rápida y cuiadosamente sorteaba yo el terreno minado, que puede explotar desde un jarro de agua sucia más arriba o caca de perro más abajo, ciudad vieja devastada por esa guerra de la sobrevivencia del carretillero vendiendo sus viandas en la esquina, los salideros de agua, el negociante, las bolsas de basura, los balcones gritando su decadencia en escombros y de pronto, sin más, Helad’oro. Un pequeño local donde predominan el color naranja, la madera y los cristales prometiendo un ambiente climatizado que permite mirar hacia afuera como si hubiéramos saltado de la revoltura del océano a la tranquilidad de una pecera. Esta vez: ni Coppelia ni Nestlé. Vade retro al azúcar. No hay aire en la mezcla helada, que se siente más grumosa en su variado capricho de sabores: galletazo, guanábana, snickers, turrón de maní, malta. A estas alturas de la modernidad nadie se asombra de que la cesta donde los sirven sea comestible, pero, ¿helado de mojito? Un oasis en el que ciertamente no se gasta poco, pero oasis al fin, un alivio momentáneo y refrescante. Un buen punto para upgradearnos, con la punzada del guajiro, en la estima de un ser querido que cumple años o una pareja de aniversario. Un gustazo anclado en la memoria hasta que rompamos la alcancía otra vez.

Café Fortuna cambió de casa

Cafe Fortuna
Foto: Dazra Novak

El Café Fortuna ha mudado su casa para la calle 1ra, esquina 24, Playa. Desde hace un tiempo ha rearmado caprichosamente sus pequeños escondrijos para tomar café (y otras bebidas), ahora jugando a sus anchas en un espacio mucho más amplio, como siempre, gozando de lo lindo como el work in progress que siempre ha sido. Si hoy nos encontramos una bañadera nueva, mañana un coche nos hace preguntarnos ¿cómo lo pusieron ahí? Un colchón suspendido sobre nuestras cabezas, el Empire State Building custodiando el bar, las viejas máquinas de coser y un pequeño almendrón disponible para dos. Si se mira atentamente se encuentra más: palos de golf, cámaras fotográficas, una bata de baño, ¿con qué periódico forraron..?, me pregunto qué tesoros habrá guardado este baúl, ¿de qué año es ese teléfono? Más cálido, más frío, abierto, íntimo o como si fuera la sala de una vieja casa de los cincuenta, así se van repartiendo los coloridos espacios para que uno elija –según la compañía-, qué momento se desea tener. Si se sale al estrecho balcón-terraza nos espera un botecito con sombrilla, una brisa deliciosa que sube desde el mar, y siempre la sombra. Recomiendo esas mesitas en la tarde, sí, especialmente en la tarde.

Frente al cementerio: ¡antes y después!

casa frente al cementerio
Casa de 27 y 24, así estaba en agosto de 2013 / Foto: Dazra Novak

Tiré una foto a esta casa una mañana. 28 de agosto de 2013. Recuerdo que, justo al enfocarla, no pude evitar el temor (la idea) ante esa vida –que se me antoja- misteriosa, por vivir tan cerca de los muertos. Era tan clara la angustia de mi impresión que hasta evoqué los fuegos fatuos en plena madrugada. Una vez más la ¿casualidad? lleva mis pasos hasta allí y hoy, al verla… Frente al cementerio de Colón, donde solo cabría esperar un final largamente anunciado, hay un antes y un después: toda remozada, pintoresca, devuelta a la vida útil y generando ganancias. ¿Milagros del presupuesto? ¿coqueteo con la brevedad de la vida al llamar a la cafetería Ya? Un cartel reza La isla y se me ocurren mil cosas –todas irónicas, todas segundas ¿terceras? lecturas- antes de leer esto de Gestión inmobiliaria. ¿Y si yo les dijera que me da miedo comprarme una hamburguesa se reirán de mí? Aunque intuyo que estarán buenísimas, tal como luce esta fachada hoy, pero la verdad, tengo dudas… ¿estoy viendo bien? ¿luce realmente así o soy yo que..? ¿En verdad la Habana hoy puede..?

cafetería YA
Cafetería YA abierta las 24 horas, así luce en mayo de 2014

Café galería Mamainé

cafe mamaine
Foto: Dazra Novak

Entre las sutilezas del Mamainé, calle L, entre 15 y 17, Vedado, está ese ambiente tranquilo y silencioso que invita a la lectura, al estudio, al encuentro sentimental entre dos que se quieren, entre un grupo de amigos que gustan escucharse mientras hablan. A las horas que pueden pasar volando también porque nadie te apura el trago. Uno se puede sentar en un tronco hecho silla, en un cojín sobre el suelo de una barbacoa o colocar la taza de capuccino sobre un esqueleto de máquina de coser devuelto a la vida útil como una mesa. Si uno elige el pequeño patio, verá colgando de uno de los gruesos troncos del techo un pomo plástico con agua azucarada que los zunzunes se acercarán a libar constantemente. Un pomo de azúcar blanca/prieta que antes se usó en un laboratorio, la taza de un color, el platillo de otra, la crema que se desborda y los dulces bajos de azúcar que llegan hasta la luna y rompen la dieta. Es este uno de los pocos lugares que ofrecen desayunos y, aunque no acostumbramos a salir con este fin, bien vale la pena regalarse uno de vez en cuando para empezar mejor el día. Sobre todo porque Talía y David se alternan las jornadas del Mamainé –que duran hasta la noche- y lo reciben a uno como a ese amigo de toda la vida que siempre nos alegra ver y, para que se sienta como en casa, atendemos con especial delicadeza.