Hijos de la F.E.

Goma de borrar Pionero
Tomado de cubamaterial.com

Íbamos uniformados, pero nunca fuimos tan iguales. Por supuesto que, como todo grupo o piquete, teníamos al más popular, al más alto, al más bajito, al más divertido, al más raro que coincidía la más de las veces con el más silencioso. Teníamos al pobre diablo que venía siendo el de bajos recursos. Había también el más inteligente, el metatrancoso (ese al que le gusta mucho estudiar y busca la quintaesencia de las cosas), el que siempre metía la pata y el otro, el que todos sabían que tenía F.E. (familia en el extranjero). Este último nos llegaba comiendo goma de mascar y no fueron pocas las veces en que recibíamos su generosa cuota de chicle masticado –ya sin sabor-, una mina 0.5 para un portaminas Paper Mate que nunca tuvimos, una calcomanía para pegar en nuestra respectiva libreta Pionero. Sí, el resto no teníamos libretas de 200 páginas con el margen de fábrica (¡qué alivio hubiera sido no tener que trazarlo, hoja por hoja, a mano con el lápiz bicolor!) ni mochilas de camuflaje con bolsillos regulables para el pomo de agua (tampoco tuvimos envases térmicos para el H2O). Yo, por mi parte, me incluía en otros grupos: el de los más bajitos, el de los silenciosos. Yo, una metatrancosa de bajos recursos. Al final al hijo de la F.E. le costaba un poco mezclarse con el resto, digo mez-clar-se, no simplemente coger churre cuando jugábamos al cogí´o. A veces el hijo de la F.E. se perdía unos días, ni a la escuela iba porque le había llegado la familia y la directora le daba permiso. Entonces venía con cuentos de un país donde todos comían chicle, y uno se imaginaba ríos de coca cola, helados de chocolate (yo, metatrancosa al fin, soñaba con portaminas, gomas Pelikan y libretas olorosas, de rayas, cuadriculadas para las matemáticas). El hijo de la F.E. llegaba con zapatos nuevos, camiseta de colores y olor a perfume, un perfume intenso, tentador: aquel país olía bien, sin dudas. Claro que al hijo de la F.E., como a tantos de nosotros, se le notaba que a veces hubiera entregado su reino por ser el más popular, o el más atlético, no necesitar ayuda con algunas tareas y poder irse al solar a jugar a los escondidos hasta la medianoche, aburrido de su TV a colores. La más de las veces no, y es comprensible. Con el paso del tiempo, los cantos de sirena vuelven a despertar aún tras la partida definitiva del hijo de la F.E. La más de las veces no, y es comprensible, dado que desconocemos el derrotero tomado por este último y más porque con los años ya vamos formando parte de otros grupos –o piquetes-, el de los que se quedan (por voluntad propia o porque no les queda más remedio), el de los que no se tragan el cuento, el de los consagrados, el de los que hablan (y es por gusto), el de los que luchan, el de los que no pierden la esperanza. Yo, metatrancosa al fin, en el de los que tratan todo el tiempo de hacerlo a su manera.

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Alameda de Paula

Alameda de Paula en la Habana Vieja
Foto: Beatriz Verde Limón
Niños jugando en la Alameda de paula en la Habana Vieja
Foto: Beatriz Verde Limón

La Alameda luce como un niña burguesa, vestida con ropas de encaje, mientras la niña de al lado, ese terreno que corre al borde de la bahía mugrienta y que funcionó alguna vez para la aduana, muestra sus harapos manchados de petróleo, cayendo en jirones de acero sobre sus piernas. La Alameda de Paula luce como acabada de hacer, marcada por dos puntos de ocio y fe, a un extremo el hotel Armadores de Santander y por el otro la iglesia de San Francisco de Paula, y siempre que la recorro me pregunto, después de su restauración, cómo habrán sobrevivido sus verjas a la gente de los barrios que la rodean, tan acostumbrados al pillaje versus propiedad social en solapada venganza. Un niño empina su papalote y cuando le da el sol es como esa promesa de vida, quizás por eso la gente se sienta allí en las tardes. La alameda atrae a la cavilación, por la alameda uno traza una elipse para encontrarse con el tiempo. Pero qué es una alameda sino un homenaje al acto de promenade, al hecho de saberse quizá observado por los otros en esa búsqueda inagotable de un nuevo ideal, al hecho de otear las vidas ajenas o darle rienda suelta a las ideas, cocinar un texto o llamarse a la vida ascético-espiritual. La Alameda es como ese cadáver extraviado del poeta, un paseo para rapsodas y hombres donde, si se aguza el oído, puede escucharse la voz de Heredia: ¿Tanto cuesta el morir? La tumba yerta/ está a las almas grandes siempre abierta, y es/preferible a esclavitud tan triste.