Que no me faltes

Luis Franco
Foto: Ángel Vázquez

En septiembre de 2014 le hice esta “entrevista” a Luis Franco (Luis Alberto en ese entonces), para mi blog Una palabra, en la revista digital Cubahora. En ese entonces este amigo de mi hermana, jaranero por naturaleza, tan apuesto como ocurrente, cordial y con la sonrisa siempre dispuesta, me daba clases de guitarra y  por eso nos veíamos sin falta dos veces a la semana. Sigue leyendo “Que no me faltes”

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“Palabras”, Marta Valdés en la voz de Haydée Milanés

concierto Palabras Haydée Milanés
Foto: Beatriz Verde Limón

Ahora sí, por fin me llega lo que necesitaba escuchar. Catorce canciones para servir unos dobles de ron Santiago y, mientras a la habitación le gana la penumbra por entre el humo de un cigarrillo –o no-, dejarme asaltar, desarmada y a puertas abiertas, por un inventario sentimental de los amores/desamores vividos en todos estos años. Eso es este disco, un inventario de momentos sentidos, una vida entera hecha música cantada por una voz nostálgica y melódica. Dos mujeres demasiado vivas me cantaron ayer –me seguirán cantando insistentemente desde mi reproductor de audio a altas horas de la noche, muchas noches. Desde que vi el video de la canción que nombra el disco Palabras, sabía que en el teatro Mella asistiríamos a algo especial. Y así fue. Elegante, delicada y madura, acompañada por excelentes músicos para un concierto que, en su brevedad, fue capaz de decirlo todo: todo. Cuando su voz se unió a la de su padre, Pablo Milanés, algo parecido al llanto se me coló dentro. Cuando Marta Valdés tocó la guitarra y cantó entonces fue el orgullo, otra vez la confirmación de que, efectivamente, se puede vivir muchos años y más, hacer visibles esas huellas, dejar una estela larguísima marcando una época, un país, su cultura y su gente, a través de las palabras.

 

Tantas vidas: concierto de Liuba María Hevia

Liuba María Hevia
Foto tomada de Oncuba

Apenas tenía yo catorce años aquel día en que celebraban el aniversario  de una emisora radial. Mi vecina me llevó porque entre otros invitados iba a tocar la orquesta Revé, y eso era algo para no perderse. No recuerdo el teatro, no recuerdo el nombre de la emisora, pero recuerdo perfectamente a Liuba en el centro de aquel parco escenario, con una humilde guitarra frente a un público inhóspito que la abucheó cuando el tema que debía doblar, falló. Sentí deseos de llorar y a la vez un profundo respeto por la ecuanimidad con que miró al frente y volvió a ensayar su guajira. Y pasó el tiempo y pasó, hasta este 30 de noviembre donde celebramos sus 30 años de vida artística. Sobre el escenario del Karl Marx, los relojes estaban detenidos a las tres y media en gigantografías que el diseño de luces hacía cambiar de color. A la derecha de este mapa tocaron los instrumentos de cuerdas, y salieron como invitados Pancho Amat y Lucía Huergo, a la izquierda el grupo acompañante y bancos de parque dispuestos para los bailarines en coreografía de Pepe Hevia y Tania Vergara. Al fondo, la percusión y el piano y los coros, la pantalla donde proyectaron videos, fotos, donde, a cada tanto ese engranaje oculto de los relojes echaba a andar. Liuba hizo recuento de su historia, de su familia, de sus temas, evocó la memoria de su Ada Elba Pérez, de su abuelo asturiano, de Teresita Fernández. Desde el público –con merecido respeto-, emocionados tarareamos Si me falta tu sonrisa, Algo, Ilumíname, Lo feo, temas de Silvio, Sabina y Serrat, Ne me quitte pas. Dos horas duró el concierto y alguien gritó desde el público: ¡canta un tango! Dos bailarines hombres se besaron, el tango lo cantó de pie, no sé si les dije que junto a ella tenía un búcaro con rosas rojas y dos hermosas guitarras y que toda vez que habló lo hizo de manera pausada y sentida de modo que cuando nos pusimos de pie los aplausos le pedían otra canción, ¡otra!, y la cantó, y abandonamos las butacas con ese paso intermitente y silencioso de quien se va, pero va dejando algo, algo de ti me está cavando dentro, quizás los fantasmas buenos que, según Liuba, habitan los teatros.

Cuidadito compay Gallo, cuidadito

el fotingo de Caridad
El fotingo de Caridad

No se puede negar que el doble sentido ha reinado por largo tiempo en nuestras canciones. Aunque, según decía Faustino Oramas (guayabero), eso de doble no es tal, porque en realidad él cantaba una cosa y era la gente quien entendía otra. Así, campeando por su respeto, esta “doble lectura” ha sido tantas veces “salamero juego de manos” donde incluso los animales –cual fábula jocosa-, asumen peripecias humanas como el gallo de Ñico Saquito cuando confunde al periquito con una gallina: Y al gallo le dijo así / Cuidadito Compay gallo, cuidadito / Así como usted me ve, yo tengo mi periquita / Busque usted su gallinita / Que esas sí son para usted  y también cuando el Guayabero –conocido como el rey del doble sentido-, saca a pasear a su yegüita: Mi yegüita, cómo no, / la llevo a todas las ferias / porque mi yegüita es seria /, respetuosa como yo. / Un día la enamoró/ un burrito de Bainoa / Y ella que es de Jibacoa / le dijo: No puede ser, / porque usted quiere meter/ La Habana en Guanabacoa.” Para no perder la costumbre algunos seguidores -por decirlo de alguna manera-, como Tony Ávila con “La choza de Chacho y Chicha” y Ray Fernández con “Paciencia”: china, dale consíguete un rabo / de nube, pa´que se lleve lo malo, así como el “Fotingo de Caridad”, de Pedrito Calvo, incluyen esta como una de sus líneas de trabajo. Pero en otros músicos resulta ser, a mi modo de ver, una línea fina, finísima al punto de volverse cada vez más quebradiza, sobre todo cuando escuchamos ciertos temas que parecen escudarse en el doble sentido para justificar sus letras subidas de tono. Cita de alguien que no sigue a Osmany García ni otros regueatoneros pero inevitablemente le llegan de la mano de los almendrones: Dame un chupi chupi / Que yo lo disfruti / Abre la bocuti / Y trágatelo tuti. Me pregunto: ¿Algunos estaremos convirtiéndonos en unos santurrones? ¿O será que realmente el doble sentido está perdiendo –le están haciendo perder- esa “lectura doble” que, por ingeniosa y pícara, resulta la más de las veces divertida?

Dale con el corazón a mi maquinaria

Los Van Van
Van Van
Foto: Beatriz Verde Limón
Juan Formell y los Van Van
Juan Formell y los Van Van
Foto: Beatriz Verde Limón

Basta media vez que el cubano sienta unas claves para que reproduzca, con fidelidad casi total, ese conteo nuestro del un, dos, tres… un, dos. Es sabido que nos bastan una lata y un palo para armar una conga, un guaguancó, una rumba sabrosísima donde, hasta el bicho raro que no sabe bailar y sufre de oído cuadrado, menea la patica. Así, en la inauguración del pasado 34 Festival de Cine Latinoamericano que tuvo lugar, como siempre, en el teatro Karl Marx, los cubanos asistimos a una maravillosa coincidencia: Van Van cumplía, a su vez, 43 añitos ¡y abrió el festival con su gran orquesta! ¿Qué tiene Van Van que sigue ahí? Tendrían que haber vivido aquello para saber la respuesta: corazón (más conocido por bomba). Para quien tuvo la suerte de estar en primera fila y mirar hacia atrás –como hice yo-, y ver aquel público siempre modosito dado a la canción de contenido, totalmente de pie tras el arranque de la maquinaria destrabando caderas, batiendo palmas y cantando con el estribillo de Jenny: ¿qué cosa?, fue impresionante. Tal como les cuento respondían ¡que cosa la costurera! Creo que los visitantes extranjeros no entendieron cómo ese mismo público aplaudía, calmadísimo y analítico minutos después, el documental sobre Silvio Rodríguez que abrió la muestra. Como no entendí yo cuando nuestro querido Fito pidió cantar con Van Van y tiró su quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón (que sonaba tan bien otra veces, pero ahí, no sé), quizás porque el estribillo de Van Van decía mira pa´atrás, mira pa´ los lados y Páez, en su desempeño danzario sobre la escena, li-te-ral-men-te miraba para atrás… ¡y miraba para los lados! Claro, solo un cubano conoce en profundidad hasta dónde llega un estribillo Van Van desde el clásico dale con el corazón, muévete que no quiere decir otra cosa que, me echo la vida entera a la espalda y bailo porque me da la gana, porque la música la llevo por dentro y la sandunga –perdón-, es de nosotros los cubanos.