Nubes

morro desde la catedral
Foto: Dazra Novak

Como Matías Pérez. Como un papalote que se fue a bolina. Como una niña que aún cree en el cañón de cuero de Elpidio Valdés. Así ando con la cabeza entre las nubes y reviso cada vez que paso la boca de la bahía y sin embargo no miro bien al cruzar la calle. Me pitan los autos, me gritan que estoy loca por no mirar a ambos lados que un día de estos tú verás que te van a arrollar comemierda, algún que otro transeúnte me pide monedas y nadie entiende por qué tiro esa foto y miro al cielo de vez en cuando. Qué tanto pides en la iglesia, qué tiene ese edificio por favor acaso no ves que se está cayendo. ¿Por qué andarán ahora los policías en bicicleta? Esa ciudad vertical auscultándome mientras yo con mi bobería: la agenda de notas, la cámara que pesa, el pomito con agua hervida, sin audífonos porque si no la vida no me entra por los oídos, las gafas que los ojos no me aguantan el sol, sin merienda, sin rumbo fijo, sin horarios, sin esperar, sin saber nadar como tú que aprendiste tan bien en cuanto le dijeron a Matojo lo que necesitamos es un nadador.

Recuerdos

muchacho sentado en malecón
Foto: Beatriz Verde Limón

Recuerdo que me levantaba con sueño, iba a la escuela en medio de una modorra que demoraba en desprenderse. Había matutinos donde se recitaban poemas patrióticos, casi a gritos, bajo el sol y había que aprender las cosas de memoria. Recuerdo a Martí como un eco vacío de todo sentido, -porque demoraría años en entenderlo y más años aún en amarlo-. Creo que mi amor a Martí nació de forma natural y espontánea, sin inducciones ni mamotretos. Como debía ser. No creo que alguien se apropiara en modo alguno del Seremos como el Che que machacábamos mañana tras mañana. Al Che, también, lo comprendimos solo algunos de nosotros años más tarde y sin embargo, yo prefiero a Camilo. Recuerdo que detestaba la escuela al campo, me parecía una pérdida absurda de tiempo para los muchachos y de recursos para el país, con tantas cosas como había para aprender. Mi ausencia repetida a este tipo de actividades me valió una negación casi total de oportunidades de estudio y mis derroteros a partir de allí variaron como un río que a ratos se estanca y a ratos corre, desviado. Por suerte, solo me hicieron perder tiempo, solo eso. Creo que soñaba con el sonido de mis zapatos sobre el asfalto, por las mañanas, rumbo a la universidad. Medicina, psicología, lengua inglesa. No definía aún profesión alguna, pero sabía que quería asistir a la universidad y la imaginaba como un mundo autónomo, lleno de oportunidades, sobre todo, un mundo verdadero. Eso sí, me gustaron los libros siempre y lo confieso, me vapulearon muy fuerte esos aires, como promesa de paraíso, de la emigración, para qué negarlo. Hoy me lo pregunto, pero no sé cuándo caí en cuenta. No sé dónde gire sobre mis talones y me vi de frente y comencé a pensar, eso, por mí misma. Pensar por mí misma, algo a lo que no nos habían enseñado. Comprendí que la vida, así como un país, se construye con las manos propias, que vale tanto más la opinión honesta que la aceptación mojigata del que no quiere meterse en problemas.

Después de la lluvia, también el mar

malecón habana
Foto: Geisys Gómez
malecón habana
Foto: Geisys Gómez
morro habana
Foto: Geisys Gómez
bahía habana
Foto: Geisys Gómez
bahía habana
Foto: Geisys Gómez

En la Habana, el mar y la lluvia moderan el calor, el trasiego humano en las calles, el rebote implacable de la luz sobre los edificios. Contemplar la humedad que va naciéndole a los muros es, más que voto de silencio, deporte melancólico.