Amigos del mar

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Fotos: Dazra Novak

¿Y ahora a qué lugar vamos?, nos preguntábamos algo desganados aquella noche a la salida del Cine Teatro Trianón. Cualquiera pensaría, con tantas ofertas de bares y restaurantes, que la respuesta sería cosa fácil, pero lo cierto es que sucede todo lo contrario: en una ciudad cada vez más llena de visitantes extranjeros y bolsillos pudientes a veces es difícil encontrarse 1) un buen sitio con mesas vacías, 2) Sigue leyendo “Amigos del mar”

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Calle 30

calle 30
Foto: Dazra Novak

Me resulta curioso, considerando el no poco tráfico que la recorre, lo tranquila que es la calle 30. Podría decir, incluso, que en su estado natural prima el silencio. Sus vecinos, recogidos en casas grandes, aunque no tan alejadas de la acera, ni siquiera se asoman como en otros barrios a mirarnos a los transeúntes, qué hacemos, cuánto tiempo nos quedamos parados delante admirando este o aquel portal, este o aquel balcón que a lo sumo se elevará tres metros por sobre una calle donde no abundan edificios demasiado altos. Sigue leyendo “Calle 30”

Calle 1ra

calle 1ra
Foto: Dazra Novak

Me dicen calle 1ra y pienso: sol, palmas, siempre al final de la calle o a uno de sus costados… el mar, el matadero, la Puntilla, el río y el mar, hoteles, casas castigadas por el salitre y más sol. Larga de recorrer, calle sedienta que en la tarde guarda unas sombras tristes y buzos que se tiran al agua y restos de edificios o casas en cuyos recintos enmohecidos incursionan las olas y entradas de rocas donde los adolescentes bajan a darse un chapuzón y los hombres solitarios perturban a las mujeres que simplemente se sientan a ver el mar, a recoger piedritas o caracoles, a pedirle a Yemayá algún permiso, algún favor, alguna gracia. Demasiada luz entre una hilera de palmas y otra de luminarias con una tendedera caprichosa de cables que parecen llevar la electricidad hasta las palmas quemadas, que resisten la acometida de los vientos caprichosos llegando del mar. Otra vez, el mar. Siempre, el mar. Ah… el mar tan necesitado de las islas.

Calle 3ra

calle 3ra
Foto: Dazra Novak

Desde la Puntilla hasta 60 la calle 3ra es, en verano, una calle feliz. Cada árbol cumple su promesa de acompañarnos todo el día tapando el sol, de modo que es grato recorrerla a cualquier hora, cualquier día de la semana, salvo esos domingos en que se torna melancólica y, en dependencia de la edad, mejor será pasearnos por al Acuario Nacional o tomarnos algo en el Café Fortuna. Sus aceras, húmedas y tranquilas a pesar del tráfico constante de almendrones y taxis de turismo que van y vienen desde La Habana Vieja hasta Miramar, el Paradero de Playa, el Náutico –o viceversa-, le dan vía, también, al pensamiento. Bajo la sombra de sus árboles es preciso encontrar todo tipo de respuestas: 1) por el alcance de las raíces y los años 2) por esa presencia del mar que, aunque no se vea, todo animal de isla presiente -porque lo lleva en la sangre 3) porque es tan o más importante el camino que recorremos, que el motivo que nos trajo hasta aquí. Desde enero hasta marzo la calle 3ra –nadie es perfecto-, pierde todas sus hojas. Este verde desaparece por completo, se convierte en una gran mano abierta de ramas secas techando la avenida tristemente: reseco túnel gris. De modo que, si hemos de tomar una decisión importante, si estamos en plena ruptura o andamos un poco tristes, mejor no pasar por allí. Les digo por experiencia, mejor no. Mejor aprovechar y recorrerla ahora mismo, ahora que ostenta el verde intenso de quien respira abundancia, y entrega mucho de sí.

calle 3ra
Foto: Dazra Novak
calle 3ra
Foto: Dazra Novak

Espacios

Bar Espacios
Tomada de facebook

A mí no me lo crean, porque yo no estaba allí. Pero a un amigo le pasó y le dejó tan mal sabor que por eso me ofrezco a contarlo. Dice que era joven la noche y se puso lo mejor que tenía –ya sabemos que el cubano tiene la mudita de ropa para salir y la mudita para andar-, porque venían celebrando no sé qué. Es Espacios este bar que abrieron bajando por la calle 10 de Miramar, adonde hay parqueadores que, como en las pelis, te llevan ellos mismos el carro hasta el parqueo. (Imagino que los almendrones, ladas y moskvich queden fuera de esa categoría, por las razones que siguen). Ahí, en la mismísima entrada, el portero los escanea de arriba abajo (chicle mediante) y sin muchos rodeos les dice que el lugar (broder) está alquilado para una fiesta (party) privada. Pero como el mundo es tan chiquito en esta Habana, llega un conocido que casualmente trabaja en el lugar y entrando a su turno les informa, con toda naturalidad, que ni hay tal fiesta privada ni tal lugar lleno (asere), que sencillamente la ropa de mi amigo (la pinta) no es de tipos con dinero (de farándula, mi hermano), y esta gente se ponen en eso. (Tú sabes) Pero si tú quieres (mi socio), yo te entro. Claro que a la gente con dos dedos de frente -como mi amigo y otros cuantos entre los que me incluyo-, no le quedarán más deseos de ir a ese lugar (así se saquen la lotto). Fea cosa esta que ya empieza a discriminarnos por dinero. Fea cosa, pienso yo.

La casa verde

la Casa Verde
Tomada de dcubanos.com

Por esa vida que le impregna el hombre –casi sin quererlo- a las cosas, o quizás por mi interés particular hacia la misteriosa magia –por acumulación- de ciertos lugares y personajes, yo soñaba con la casa verde. De ida o de vuelta, sin hacer distinción entre las dos bocas del túnel de la quinta avenida, se me perdían los ojos tras las verjas, a través de los cristales ausentes de las ventanas, imaginando cuánto de encontrable habría en los cajones, en medio del olor a humedad y ese tono cansado y doliente por la pátina del tiempo. No sé, quizá es que yo, como la gitana que leyó la mano de Luisa Catalina en sus años mozos y se negó a rebelarle lo que le esperaba, sabía en el fondo que allí dentro se llevaba a cabo un destino triste, un trastorno de horarios donde el día era la noche y la noche, el día. Era perfectamente imaginable que se tejiera durante el día (noche) de la casa verde, y hubiera tantos perros como fantasmas, las tertulias, las goteras, la mala yerba creciendo a su antojo y los “sobrinos” viniendo a suplir esa ausencia irreparable de los hijos, su falta de perdón. Con la muerte de su dueña y de su sobrina, a falta de herederos, la casa verde vio remozadas sus áreas conviertiéndose en el Centro Promotor de la Arquitectura Moderna y Contemporánea. En otras palabras, es hoy una casa que nadie habita y donde mi sueño ya no encuentra lugar. “Y es que el hombre, aunque no lo sepa, unido está a su casa poco menos que el molusco a su concha. No se quiebra esa unión sin que algo muera en la casa, en el hombre… O en los dos.”[1]


[1] Dulce María Loynaz. “Últimos días de una casa” (1958)

Café Fortuna

Foto: Beatriz Verde Limón
Foto: Beatriz Verde Limón

“Nadie sabe lo que tiene… hasta que no arregla su cuarto”. Así está escrito en la pizarra de las sugerencias del día en el Café Fortuna, un lugarcito pequeño ubicado casi en la esquina de 3ra y 28, en Miramar. Este café sui géneris guarda una historia que no les contaré hoy –les invito a leerla en la carta menú-, pero sí les hablaré de las antiguas máquinas de coser que uno encuentra en el primer salón, dispuestas a modo de mesas para tomar café o cerveza, o comer picaditos de queso y aceitunas mientras menea el pedal o juega con el pisacosturas. Las paredes lucen nombres garabateados y anaqueles con cámaras fotográficas viejas, veteranas máquinas de escribir y cuanto objeto imaginable va encontrando uno en los desvanes de una casa abandonada. Una vez traspasado el primer saloncito se abre otro, amueblado con un juego de sala de madera –sillones incluidos-, lámpara de antaño, acordeón en desuso, una escalera de esas que llevan a las barbacoas –aunque aquí no hay tal barbacoa- y sobre el descanso confortables cojines para pasar un ameno rato en pareja. Bajo la escalera, una bañadera espera llena de almohadones con una bandeja en medio para que, mientras uno permanece repantigado allí dentro, pueda apoyar la copa o quizás el Café cualquier cosa (1) que se está tomando. Por estos días han habilitado un último salón donde un auto moderno, sin puertas ni cristales y también lleno de colchoncillos, nos recibe aparcado junto a un muro de malecón que han construido del lado izquierdo, mientras, del lado derecho bancos de parque y algunas mesas reciben al asombrado visitante que no para de tomar fotos y, escuchando Cigala, Norah Jones, Buena Fe o Sabina, aún no se decide entre un café Mireya Luis (2) o el especial de la casa: Café Fortuna.

[1] Café Cualquier Cosa ………………  1.95 cuc
(155 ml: café, leche fluida, leche condensada, vainilla)

[2] Café Mireya Luis, copa …………… 1.00 cuc
(120 ml: café, leche condensada, Ron Reserva, leche fluida, chocolate)