Se dice

calle Colón y San Lázaro
Foto: Dazra Novak

y se comenta: “Ahora sí, que vengan ya que los estoy esperando”. Mientras otros afirman: “Falta poco para que la Habana se llene de rascacielos”. Oigo decir: “Ya era hora”. Mientras susurran: “Esta apertura…”. Y otros aseguran: “Están viniendo cada vez más turistas a ver lo que después ya no va a to be” (para nosotros: ni ser ni estar). Están los que se contentan con eso de que: “El malecón se llenará de hoteles y bares y restaturantes”. Aplauden ansiosos porque: “La Habana se llenará de luces… artificiales”. Dicen: “Menos mal” y a veces no se dan cuenta de que con el menos mal (tan necesario) también llega el menos bien, no se dan cuenta de que si la Habana se llena de rascacielos qué bonito pero qué igual a cualquier otra ciudad del mundo (a cualquierita), no se dan cuenta de que para mejor tener afuera hay que sembrar/cuidar lo que se lleva por dentro y más el cubano que padece de nubecitas en la cabeza que a veces no le dejan ver con claridad dónde pisa y por eso dice una cosa y hace otra, no llega o se pasa, se ríe cuando hay que llorar (y viceversa).

El edificio de los ataúdes

edificio de los ataúdes en Malecón
Foto: Dazra Novak

Dicen que el señor tenía un hijo / una hija adolescente, a punto de cumplir quince años. Dicen que, trágico evento, el hijo/hija se ahogó en las aguas del malecón habanero. Dicen que era arquitecto, señor acaudalado, burgués de familia… se dicen siempre tantas cosas en estos casos. Dicen que fue tanto su dolor, tanta su tristeza y tanto –suerte para él- su poder adquisitivo que pudo mandar a construir un edificio con balcones en forma de ataúd, convirtiendo su dolor/obra en la más triste fachada de toda la vía rápida que bordea el mar de la Habana. Un ataúd, dos atáudes, tres ataúdes… hasta la cuenta de catorce. Grises e imponentes, elegantes y descreídos: edificio de muerte. Y sin embargo dicen que los apartamentos por dentro son bellísimas propiedades horizontales, amplias, con una hermosa vista del mar. Me pregunto si el señor habrá visitado/vivido en alguno, si se habrá asomado por algunas de sus ventanas de cristales, si habrá llorado desde allí, si dejar este recuerdo habrá limpiado, en algo, la ausencia y su dolor.

Maleconarte

lámpara en el malecón
Foto: Dazra Novak

El pasado domingo nos maleconamos. Una vez más, pero ahora con toda la vía rápida para nosotros, los caminantes. El muro se llenó de instalaciones para encaramarse y mirar “desde allá arriba”, desde una caja azul, desde unos binoculares. Mirar, o simplemente sentarse a ver la gente pasar, graficar el nombre sobre alguna pared, escuchar un ruido extraño, penetrar algún túnel, imaginarse el frío que corta los patines por debajo. ¿Frío en este calor? La gente, emocionada, se abalanzó sobre un artista que pedaleaba una bicicleta y avanzaba regalando flores. Hubo niños que juguetearon con las olas y metieron los pies en la arena de una playa ¡en medio del malecón! Mientras, los mayores sorbían sus tragos tendidos en una tumbona, bajo una palmita, y aquellos músicos tocaban jazz. Un rostro de mujer sorprendida oteaba por encima de nuestras cabezas, y nosotros que avanzábamos hacia las flechas no sin antes revisar hasta los viejos muros tumbados: por estos días el arte, como el agua de mar, por todas partes está.

Puentes: cruzar o no cruzar

Arco de Belén
Foto: Dazra Novak

Dime si reconoces a simple vista estos lugares de la Habana. Tómate tu tiempo, piensa dos veces antes de contestar que sí, o que no ¿Lucen igual? ¿No los ha maltratado en algo tu recuerdo? ¿No los ha cambiado el tiempo, el momento del día, tu deseo de volver a recorrerlos o de no regresar a ellos jamás? Tómate tu tiempo, piensa dos veces antes de responderte si realmente valía la pena acomodarlos en algún rincón de tu equipaje, en el álbum de fotos que nunca pudiste hacer o que dejaste atrás “para siempre”. Repasa sus detalles, vamos, no cuesta nada, fíjate en lo que nunca antes viste: las luminarias, la gente, el rotulado, la arquitectura que –como la naturaleza- no sabemos por qué es así de caprichosa. Te regalo una puesta de sol, un amanecer, el mar. Son tuyas la velocidad, las curvas, el reflejo del río. Tuyo es el puente, y la decisión de cruzarlo.

Junto al malecón

El toca toca cubano

muchachos en el malecón
Foto: Beatriz Verde Limón

Si el cubano te toca mientras te habla, no te ofendas, eso lo hace para que lo que escuches bien, para asegurarse de que están conectados, de que hablas su idioma y entiendes sus razones. No te molestes demasiado por la mano que ahora en el hombro y de rato en rato, te toca con la punta de un dedo o la palma de la mano o los nudillos. En el fondo, lo que quiere decirte es que no estás solo en este mundo, él está ahí para acompañarte en las buenas, y en las malas también. Si estás sentado y te da varias palmaditas en la pierna es su manera otra de repetir óyeme bien lo que te estoy diciendo, porque lo que más sabe hacer un cubano es dar consejos. Insiste, se te encima más aún y cuando ya está por irse te abraza, te aprieta hombros y espalda, no importa si está sudado o con agüita por la nariz (tampoco importa si lo estás tú) es que no tiene otra manera de decir que le importas, fue bueno verte y ojalá nos encontremos pronto, mi socio, mi hermano, mi nuevo conocido que, mira, ya eres, a partir de este abrazo, un viejo amigo. La culpa en realidad será tuya si, tras la despedida, le das pie a que alargue la despedida, porque entonces enganchará otra vez el tema, repetirá frases, exhortaciones y claro, volverá el toca toca. No te desesperes, no lo rechaces ni lo aborrezcas, mira que este mundo da demasiadas vueltas y a lo mejor, un día de estos, hasta lo extrañas.

Texturas

malecón
Foto: Beatriz Verde Limón

La Habana en su parte más antigua es un entramado de inmensos bloques de piedra, superficies que, cuando se acarician, se nos muestran frías, ásperas y reticentes. No necesitan pintura, no necesitan afecto: el solo hecho de habernos precedido en el tiempo las erige en catedrales inmejorables. Los adoquines, en cambio, han sufrido más. Lisos y resbalosos, por el roce con las ruedas, la lluvia, las botas, el sol. Si se tocan esas rejas dispuestas en tejidos florales y puntas de lanza, se impone a nuestras manos un vade retro. ¡No me toques!, protestan las verjas henchidas por la herrumbre. La madera no, la madera parece necesitar, ahora más que nunca, que la abracemos como si abrazáramos al árbol que una vez fue. De camino hacia la zona nueva, o mejor dicho, la menos vieja, -lo que llamamos Centro Habana-, es imposible tocar sin llevarse en las manos el hollín acomodado en las superficies, capas de polvo sobre las arrugas que cubren todas las cosas, capas secas, frágiles y que se descuelgan como telas de araña desde los cables eléctricos. Mejor no tocar las esquinas donde se acumulan las bolsas de basura y los escombros, mejor no. Ahora hay más humedad por las filtraciones y los charcos que, como ríos, corren hediondos y babosos desde lo más alto de los muros hasta el pavimento. Fuga gelatinosa cuya dirección es dictada por la fuerza de gravedad. Por otros lados, en cambio, hay barrios tan limpios que, al tacto, son similares a un blando sofá para tomar la siesta, y otros tan elegantes y con tantos realces que ofrecen esa textura perfectamente lisa, exquisitamente moldeada, aunque fría y ausente, del vidrio. En las zonas donde hay muchos árboles las superficies se dejan tocar con más facilidad, tan diferentes al pavimento a mediodía con ese efluvio de reverbero. Papel de lija es el arrecife que bordea la costa, adonde nos sentamos a mirar el mar, cuando viene la ola y, al tocar su blancura apenas un par de segundos, nos damos cuenta de que la espuma es como La Habana, un algodón de azúcar a ratos pegajoso, a veces, sin azúcar.

Chorrera

ChorreraLa piedra es piedra, así como la espuma fue agua con sal -las cosas cambian-, y este reducto de cara al mar hace mucho dejó de ser fortaleza para convertirse en capilla. Es preciso llamar a las cosas por su nombre, sentarse en una de las mesas, lo más próximo al arrecife, pedir una cerveza que pronto serán dos, hablarle de cualquier cosa a Yemayá, también de eso que no tiene remedio. Lástima. Tengo un amigo que soñaba con Nueva York, otro soñaba con Buenos Aires, un novio que soñaba con Inglaterra y una amiga que se fue a España para ser persona –eso dijo-. Es preciso llamar a las cosas por su nombre. Ellos no estaban al tanto, no supieron nunca, que esta fortaleza-capilla podía ser Nueva York, podía ser Buenos Aires, podía ser Inglaterra, podía ser España. Juntos éramos todo eso y más. Ahora mis amigos sueñan desde esos recónditos lugares con esta fortaleza-capilla y es un sueño, como decir, un sueño de recuerdo, un sueño que ha perdido brillo, esa candidez pionera de la fantasía. El de mis amigos es un sueño que duele. Yo les cuento que estoy sentada frente al mar, a los pies del fuerte de la Chorrera, mirando de reojo la ciudad y hay tanto de lo que se pierden. Por ejemplo, hay gatos bellísimos y hambrientos que merodean alrededor de mi mesa, hay dos bafles enormes que sonarían mejor si estuviesen apagados, hay gente sentada de espaldas al mar. Pero arriba no me gusta, arriba es una taberna con grandes mesas de madera, una taberna casi siempre vacía, un fortín que Antonelli diseñó en el siglo XVII para alojar hasta cincuenta soldados, un fortín en pesos convertibles que ya no corre el menor riesgo de ser asaltado –a menos que se tenga con qué pagar la cuenta-. Fue apenas anoche cuando no había dinero para pagar la entrada y nos conformábamos con escuchar la música desde lejos, pasarnos la botella insanamente destilada y mientras, aquel juramento. Hoy, por ejemplo, se desploma la tarde y el sol lloriquea sobre una línea definitiva en el horizonte, estoy por fin sentada del lado de acá, con una cerveza en la mano. Lástima. Hoy la resaca trae más y más cuerpos a la orilla.

Rompecabezas

Muro del malecón de la Habana
Foto: Dante
Bandera en el muro del malecón de la Habana
Foto: Dante
Virgen de la Caridad en el arrecife del malecón
Foto: Dante
Niños cubanos tirándose al agua en el Malecón
Foto: Dante
Niño cubano se tira al agua en el Malecón
Foto: Dante
Ola que bate en el Malecón habanero
Foto: Dante

Este trozo de muro es nuestra tabla de surf, ese instante donde le ganamos, por fin, a la ola. El malecón es la pieza que faltaba para completar el rompecabezas.