Barco cerca, barco lejos

Barco en el malecón
Foto: Dazra Novak

Así, como un pequeño niño curioso bojeando el malecón habanero, se acercaba silenciosamente con sus velas blancas. Rendido, quizás, ante la magia de estos viejos y resistentes muros. Quizás no, quizás perseguía solamente un buen día de sol y mar en calma, como es dable encontrar en muchas partes del mundo. ¿Pero por qué precisamente aquí, frente a este muro de varios kilómetros, donde tanta gente se sienta a soñar? ¿Por qué precisamente hoy, ahora que miro por esta ventana, de pura casualidad, y me pregunto cómo se verá desde ahí mi Habana de siempre? Es curioso cómo, con tanto para mirar, ni siquiera se percata de que yo estoy aquí y lo miro atentamente, fantaseo y lo persigo hasta que se pierde en el costado derecho de mi campo visual. Es curioso cómo, con tanto para hacer, me pierdo en su balanceo caprichoso de oleaje y marea, pierdo el tiempo enrumbando sus velas blancas, midiendo las distancias hasta comprender que aún estando tan cerca seguimos lejos, muy lejos, y nunca más nos volveremos a ver.

Barco de velas en el malecón
Foto: Dazra Novak

Malecón iluminado

Luminarias del malecón habanero
Foto: Dazra Novak

Así se ve nuestro malecón de un tiempo a esta parte. Luces blancas con plateados y modernos cuellos estirados lanzando una luz blanca a lo largo del muro, sin intermitencias ni parpadeos, sobre el pavimento, sobre los autos que aprovechan el permiso para saborear algo de velocidad. Los predios de la luz blanca comienzan a la salida del túnel de Quinta Avenida y llegan hasta la frontera que separa al Vedado de Centro Habana donde, por respeto, diría yo, hacen mutis al ver llegar las antiguas farolas con sus luces amarillas y sus curvados cuellos vegetales. Ahora se ve claramente el rostro del amoroso o desamorado paseador, del vendedor de rositas, chicharrones y vino hecho en casa. Ahora, como se imaginrán, se ven mejor y más cantidad de turistas seguidos por la guitarra incansable y el sombrero listo para recibir las monedas. Estarán más expuestos los enamorados, los chifladores que llaman a la mujer con ese piropo cubano insistente, los adolescentes que inundan la vía rápida los fines de semana sin respetar claxones ni apuros ni recorrido de policías, como un impresionante enjambre de esas hormigas con alas que se pegan a las bombillas los días de mucho calor –días que según los viejos más tarde serán de lluvia. Ya no se apaga el día en el malecón habanero, ya no.

Luminarias del malecón habanero
Foto: Dazra Novak

De noche soy la ciudad

malecón habanero
Foto: Dazra Novak

En sus marcas, listos, fuera: la noche se lanza contra el muro. Muro de hormigón. Hombre que chifla. Pies recorriendo el borde de la gente. Hombre con guitarra. Cantos a coro. Cabo de cigarro. Mujer vende palomitas de maíz. Vino casero. Piquete de mariachis. Perfumadas florecitas de plástico encerradas en vidrio inflado. Adolescentes sonríen y se atoran con el humo del cigarro. Viejo que vende chicharrones de puerco. Un carro de policía avanza despacio. Un travesti se acomoda el pelo. Hombre corre con audífonos. Mujer que mira a ese mar oscuro encerrado en la noche. Chica, sonríe, anda, y un extranjero le toma fotos. Guitarra con Silvio Rodríguez, Carlos Varela, Pablo Milanés, Santiago Feliú y cientos de metros más adelante Álvaro Torres, José José, Juan Gabriel. ¿Cerveza Cristal o Bucanero? Ron barato. La ola puede que te moje en esta parte. Tramos de sombra. Parejas enroscadas. Tramos de luz, pareja que se busca. No hay más lugar que este muro. Autos que vuelan y pitan para despertar al que, cruzando la calle, viene a sumarse al muro. Ah, el muro, nueve kilómetros más allá se acaba el muro. Se acaba la noche.

Historia

malecón y un barco que pasa
Foto: Beatriz Verde Limón

La Historia de Cuba se nos ha convertido en un buque fantasma, tediosa cadena de anécdotas repetidas hasta el agotamiento. Arenga de turno. Pantomima. Prosa poética para alcanzar, al menos, el aprobado del año en curso. Este buque fantasma nos atraviesa sin arrojar legítimo respeto por los héroes, sin tratar de entender esta concatenación de hechos que nos trajo hasta aquí. ¿De qué nos sirve un Martí con poesía, pero sin verbo? Un buque cargado de Maceos y Marianas, Mellas, Celias y Camilos, espectros que los más jóvenes hojean como una libreta de poemitas rosa. Así diría mi abuela: si Félix Varela resucita, se nos vuelve a morir de un infarto. ¿Qué pasa con la virtud que ya no crece en nuestros hombres? O mejor dicho, ¿qué pasará con estos jóvenes de hoy que mañana serán nuestros hombres? La Historia para ellos es letra muerta, un fantasma que cargarán con los ojos cerrados hasta el día de su graduación y luego echarán a un lado como lastre que dificulta el camino. Ojalá esta vez alguien escuche las palabras de Varela. Ojalá: “En el campo que yo chapée [vaya terminito cubano] han dejado crecer mucha manigua [vaya otro]; y como no tengo machete [he aquí otro] y además el hábito de manejarlo, desearía que los que tienen ambos emprendieran de nuevo el trabajo.”[1]


[1] Félix Varela. Carta del 22 de octubre de 1840.

Luminarias

luminarias del malecón
Tomada de fotoinda.wordpress.com

Las luminarias del Malecón, a pesar de haberse convertido en un motivo recurrente –lugar común- en los lienzos del mercado artesanal, son mis farolas de casa. Justamente esas que uno comienza a amar desde el asombro de niño y que permanecen ancladas a la vida propia para luego degustar en la adultez como el postre de la abuela: de vez en cuando menudo privilegio. Farolas como lirios que se descuelgan desde su propio tallo mirando al pavimento. Primero se lanzan al cielo como queriendo salir disparadas de una vez y por todas. Después como que se arrepienten y entonces, quieren regresar. Y regresan. Grandes gigantes metálicos que resisten ciclones y penetraciones de mar. Así, mis farolas como una cohorte repartida a ambos lados de la vía rápida, recibiéndonos a la salida del túnel, custodiando discretamente el paso de los autos, repartiéndose las luces de modo que hay una encendida y luego dos no para después tres sí mientras la que le sigue tiene el bombillo roto. Me pregunto si el caminante o el descansador que está sentado en el muro le rendirá honores, al menos, recorriendo con la mirada su curvatura casi vegetal. Me pregunto si alguien más tomará en cuenta ese, su largo cuello quebrado en reverencia perenne a los pasantes, incluso cuando las revolotean los comejenes, a la caída de la tarde, anunciando lluvia y calor para ese otro día que vendrá.

Recuerdos

muchacho sentado en malecón
Foto: Beatriz Verde Limón

Recuerdo que me levantaba con sueño, iba a la escuela en medio de una modorra que demoraba en desprenderse. Había matutinos donde se recitaban poemas patrióticos, casi a gritos, bajo el sol y había que aprender las cosas de memoria. Recuerdo a Martí como un eco vacío de todo sentido, -porque demoraría años en entenderlo y más años aún en amarlo-. Creo que mi amor a Martí nació de forma natural y espontánea, sin inducciones ni mamotretos. Como debía ser. No creo que alguien se apropiara en modo alguno del Seremos como el Che que machacábamos mañana tras mañana. Al Che, también, lo comprendimos solo algunos de nosotros años más tarde y sin embargo, yo prefiero a Camilo. Recuerdo que detestaba la escuela al campo, me parecía una pérdida absurda de tiempo para los muchachos y de recursos para el país, con tantas cosas como había para aprender. Mi ausencia repetida a este tipo de actividades me valió una negación casi total de oportunidades de estudio y mis derroteros a partir de allí variaron como un río que a ratos se estanca y a ratos corre, desviado. Por suerte, solo me hicieron perder tiempo, solo eso. Creo que soñaba con el sonido de mis zapatos sobre el asfalto, por las mañanas, rumbo a la universidad. Medicina, psicología, lengua inglesa. No definía aún profesión alguna, pero sabía que quería asistir a la universidad y la imaginaba como un mundo autónomo, lleno de oportunidades, sobre todo, un mundo verdadero. Eso sí, me gustaron los libros siempre y lo confieso, me vapulearon muy fuerte esos aires, como promesa de paraíso, de la emigración, para qué negarlo. Hoy me lo pregunto, pero no sé cuándo caí en cuenta. No sé dónde gire sobre mis talones y me vi de frente y comencé a pensar, eso, por mí misma. Pensar por mí misma, algo a lo que no nos habían enseñado. Comprendí que la vida, así como un país, se construye con las manos propias, que vale tanto más la opinión honesta que la aceptación mojigata del que no quiere meterse en problemas.