La Habana de “antier”

1899-1903. Estacion de Villanueva, luego El Capitolio.  Calle Dragones y Prado.
1899-1903. Estacion de Villanueva, luego El Capitolio. Calle Dragones y Prado.

Viendo estas fotos de la Habana de “antier” –así rezaba divertido asunto en mi bandeja de entrada-, que me ha enviado Rolando Figueroa, reconozco cuán malcriados somos los habitantes de esta ciudad al pensar que la conocemos a fondo. Y es que de verdad nos creemos que la Habana siempre se vio tal y como luce hoy. Así, gran parte de los jóvenes se queda con el cuento de la famosa Habana de los años 50, la más añorada-llorada, sin darse cuenta de que, antes de esa, había otra más, y otra. Con calles sin asfaltar, tranvías que hoy solo vemos en las láminas de los libros de historia, o en el discurso romántico de algún historiador. Una puerta aquí, donde hoy solo hay una calle abierta. Terreno arbolado allá, donde esbelto luce hoy un ostentoso y monumental edificio. La verdad es que, sin siquiera imaginarlo, cuando atravesamos la calle Obispo, pasamos frente al Capitolio o junto al parque Maceo, también cruzamos los cuerpos translúcidos de viejos fantasmas. Viejos fantasmas de otra –la misma- ciudad y sus estatuas, tranvías, transeúntes que se quedan dando vueltas hasta el infinito en caprichoso agujero del tiempo. ¿Nunca han sentido que a veces, confundido entre los ruidos de la ciudad de hoy, se cuela un pregón de cien años atrás? No se han percatado, pero el claxon que suena cuando vamos entretenidos cruzando una de las calles que encuadran al Parque Central, en realidad es el relincho de ese caballo que tiraba de aquellos coches. ¿Acaso esa calma, surgida sin mucha planificación en-algunos-momentos-esos-días, no es la ciudad recordando su otro yo?

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Loma de Chaple

Loma de Chaple
Foto: Dazra Novak

Lo que más me impresionó de la Loma de Chaple no fue la vista, ni la altura, ni esas casas con los pies literalmente colgando junto a la ladera con todas las posibilidades de que, un amanecer de estos, ocurra sin más el deslizamiento. O quizás sí me impresionó, pero no tanto como las mansiones: inmensas, solemnes, calladas, poderosas. Cada vez que veo una casa así me imagino los muebles antiguos, los sótanos, los secretos y sobre todo, las gavetas. Daría cualquier cosa por hurgar en todas esas gavetas. Algunas callecitas de la loma emanan ese aliento de puro misterio, de cosa no dicha, otras, me miran curiosas a-qué-tanta-foto (ajenas a los tiempos gloriosos que se vivieron aquí). Como si fuera normal tanta mansión soberbia, tantos techos apuntalados y mirando hacia arriba, como si no bastara con esta altura que se empina por encima de las demás casas que reposan, más abajo, en la otrora Calzada de Jesús del Monte. Es silenciosa la loma, y recogida en su vida alcurniosa (a destiempo). Se nota que algunos se han hecho con grandes tesoros aquí (no son casas de más de cinco cuartos, son siglos los que se compran y venden) y cambian colores de fachadas, remodelan balcones, echan abajo telarañas, borran la historia con nuevos presupuestos.

Parque de 14 y 15

parque de 14 y 15
Foto: Dazras Novak

Después de mucho tiempo reanudé mis paseos random por la ciudad. Como de costumbre, sin rumbo fijo sus calles recorrí pensando-avanzando-preguntándome… ya saben, tantas cosas. Lo de siempre. Confío en estas caminatas porque sé que la ciudad me sorprende en el momento menos esperado, acaso el segundo en que estoy más necesitada y me alivio descubriendo un edificio desconocido, una hermosa escalera, una columna apuntalada, un portal donde se me desboca sin más remedio la ficción. Sí, esta vez encontré el parque de 14 y 15, en el Vedado. Nunca antes había visitado este verde abundante y tan despierto y acogedor, con muchos niños correteando, jugando fútbol, pelota, montando patines, bicicletas, carriolas, sentados o rayando sus nombres sobre las viejas instalaciones castigadas por el tiempo, el sol, el sereno. Había mucha gente en este parque. Como si se hubieran puesto de acuerdo todos para vivir allí espantando de una vez y por todas la soledad. Sentados los mayores en los bancos. Dos chiquillas miraban sus celulares sin percatarse de todo lo bueno que había para mirar incluyendo la sombra, el fresco, los árboles, una iglesia cerrada y un monumento a Lam con una frase a sus pies de la que solo recuerdo un verbo: volar. En eso este pequeño que jugaba a los escondidos con la abuela asomó la cabecita tras de un árbol junto a mi banco, pero como ella le dijo que ya estaba muy cansada para seguir corriendo, él caminó hacia ella con su vocecita dulce: yo te ayudo abuela, espérate, dame la mano, a ver, vamos juntos a tocar la base, ¿ves?, ahora ganamos los dos.