Suelta masiva de libros en La Habana

suelta masiva de librosEste domingo, en el parque de H y 21 del Vedado, se realizó unos de los más lindos encuentros propuestos por jóvenes cubanos en los últimos tiempos: Entregar un libro (o varios) a cambio de nada. Llegar al parque y buscar entre las raíces de los viejos árboles, encontrarlo sobre el banco, en la escalera de la glorieta, colgando de la cerca, en medio de la fuente seca cuando se va llegando a la calle 19. Algunos de los asistentes propusieron la búsqueda de tesoro escondido, otros, en silencio, se acercaron y entregaron el suyo a la primera persona que les pasó por delante. Los más pequeños buscaron y encontraron tras interminables vueltas sobre el césped, por sobre los caminitos cementados del parque, junto a los pies de los adultos que, con sonrisa de quien sabe adónde puede llegar esto, los dejaban a la vista. He soltado cuatro libros hoy -con el mes, el año y la ciudad anotados en la primera página-, espero que los beneficiados la pasen tan bien como yo al leer dos de esos títulos, tan bien como la pasé al escribir los otros dos. No sé por qué sospecho que en algún momento volverán a mí para que yo pueda enrumbarlos de nuevo. Ahora que lo pienso, hoy –mañana, siempre- todos deberían hacer lo mismo, poco importa en qué lugar del mundo vivan, poco importa la nacionalidad o el idioma, deberían agarrar un libro y, antes de darlo a alguien o dejarlo en algún lugar de acceso público, escribir en la primera página: “Este libro es de quien lo encuentre a cambio de que tras su lectura sea liberado de nuevo para que pueda ser disfrutado por otras personas. Gracias”. Ya verán qué bien se siente, ya verán qué bien hacen, ya verán.

Anuncios

Historia

malecón y un barco que pasa
Foto: Beatriz Verde Limón

La Historia de Cuba se nos ha convertido en un buque fantasma, tediosa cadena de anécdotas repetidas hasta el agotamiento. Arenga de turno. Pantomima. Prosa poética para alcanzar, al menos, el aprobado del año en curso. Este buque fantasma nos atraviesa sin arrojar legítimo respeto por los héroes, sin tratar de entender esta concatenación de hechos que nos trajo hasta aquí. ¿De qué nos sirve un Martí con poesía, pero sin verbo? Un buque cargado de Maceos y Marianas, Mellas, Celias y Camilos, espectros que los más jóvenes hojean como una libreta de poemitas rosa. Así diría mi abuela: si Félix Varela resucita, se nos vuelve a morir de un infarto. ¿Qué pasa con la virtud que ya no crece en nuestros hombres? O mejor dicho, ¿qué pasará con estos jóvenes de hoy que mañana serán nuestros hombres? La Historia para ellos es letra muerta, un fantasma que cargarán con los ojos cerrados hasta el día de su graduación y luego echarán a un lado como lastre que dificulta el camino. Ojalá esta vez alguien escuche las palabras de Varela. Ojalá: “En el campo que yo chapée [vaya terminito cubano] han dejado crecer mucha manigua [vaya otro]; y como no tengo machete [he aquí otro] y además el hábito de manejarlo, desearía que los que tienen ambos emprendieran de nuevo el trabajo.”[1]


[1] Félix Varela. Carta del 22 de octubre de 1840.

Avenida de los Presidentes

Avenida de los Presidentes
Foto: Beatriz Verde Limón

La calle G siempre está llena de gente joven, gente que estudia periodismo, comunicación social, francés, gente que se dirige a la Casa de las Américas o se hospeda en el hotel Presidente. Es esta una avenida dada al ocio saludable –aunque no está exenta del acoso a las mujeres por parte de ciertos personajes varones-, y sus jardineros podan con esmero los árboles que adornan-custodian bancos y estatuas de presidentes que han ganado un lugar en el amplio paseo: Benito Juárez, Eloy Alfaro, Torrijos, Allende. La gente les gana por el costado pensando en sus rutinas diarias, sumidos en el verde abundante y prometedor. Pero el día pasa sin pena ni gloria y viene a ser la noche cuando más vida exhala la calle G, y entonces nadie la reconoce avenida de los Presidentes sino la calle de los freaks, de esa juventud perdida dentro de sí misma que no escatima irreverencias al sentarse en el césped, subirse a los árboles perfectamente podados y jugarle cabeza a los policías que los van arrollando por la pendiente en declive hasta dar con el malecón. Luego subir de nuevo hasta alcanzar la avenida 23. La avenida de los presidentes, como la vida, es un ciclo que se repite. Este es un recorrido que se hace botella en mano, casi siempre aclamando al de la guitarra, incluso cuando no hay conciertos los más jóvenes vienen a pasearse un rato, a matar el tiempo antes de que el tiempo muerto los mate a ellos.