Los sueños cubanos

almendrón verde
Foto: Dazra Novak

Los cubanos, esta extraña mezcla de indio + español + africano + chino y unas gotitas más de un largo etcétera, no solo tenemos la risa como verdadero patrimonio. Nadie imagina, cuando se ve a un nativo como-si-nada-repartiendo-su-alegría-al-visitante en una calle cualquiera, en qué condiciones vive el susodicho, cuántas guaguas para llegar aquí, adónde le han permutado sus ganas. Sigue leyendo “Los sueños cubanos”

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Así, sin más

P 5 por la calle Línea
Foto: Dazra Novak

Es muy común en Cuba, cuando se anda dando vueltas cámara fotográfica en mano, que alguien pose para ti. Así, sin más. Por el sencillo placer de hacerse notar hace una pirueta, saca la lengua y/o ríe, dice algo gracioso, se deja fotografiar y luego prosigue su camino como si nada (aunque, por otro lado, nunca faltan esos que te extienden la mano y el one dollar de rigor). Los cubanos siempre tendrán a mano el chiste, esa frase recurrente de la última telenovela o el refrán que nos resulta tan ilustrativo, hasta en sus deformaciones, para burlar nuestra problemática realidad. En una cola, mientras se conversa con un conocido, se corre siempre el riesgo de que alguien –que está también en la cola- de pronto se dé la vuelta –porque ha estado escuchando todo el tiempo- y opine –sin pedir permiso. Así, sin más. Si llevamos un bebé nos lloverán los consejos, si hemos sido maltratados en alguna oficina o tienda alguien(es) de seguro hará(n) causa común con nosotros y, en ocasiones, llegará(n) hasta compartir su pedacito de mejor suerte. Así, sin más. (Aunque, por desgracia, de un tiempo a esta parte cada vez son más los que ni comparten ni hacen causa común). Por eso, quizá, tiré la foto: para que su gesto no caiga en el olvido, para que te contagies y la próxima vez que veas un anciano asomado al balcón o te tropieces con el niño camino de la escuela los saludes con un gesto de la mano, para ver si, por extraña magia de las pequeñas cosas, nos sale una sonrisa más grande en esa gran foto donde cabemos todos los cubanos del mundo.

Si no aparece, no te los desato

amarrarle los huevos al diablo
Foto: Dazra Novak

Probablemente esta costumbre cubana descienda del ritual de San Cucufato, aquel santo cristiano que padeció numerosas torturas y a quien, pura coacción a fin de lograr la concesión de nuestro pedido, se le hace un nudo a un trozo de tela y se le reza: San Cucufato, los coj… te ato, si no me lo concedes, no te los desato. Quizá provenga de San Dimas, el buen ladrón que, crucificado a la derecha de Jesús, observa cómo le amarramos a la pata de la mesa, a la pata de la cama o de cualquier otro mueble, hasta que aparezca lo que se nos ha perdido y andamos buscando como locos. Pocos recuerdan las palabras de rigor para sentenciar el pedido, pero muchos cubanos han probado asegurando que sí, funciona ¡y con qué rapidez! Basta con buscar una piedra, amarrarla y colgarla alevosamente en algún lugar pronunciando palabras amenazantes: ¡más te vale que aparezca pronto, que si no, te los dejo amarrados! Y ciertamente me escuchó, porque a los cinco minutos, después de angustiosas horas de búsqueda, aparecieron mis llaves de casa y con ellas, mi tranquilidad.

El toca toca cubano

muchachos en el malecón
Foto: Beatriz Verde Limón

Si el cubano te toca mientras te habla, no te ofendas, eso lo hace para que lo que escuches bien, para asegurarse de que están conectados, de que hablas su idioma y entiendes sus razones. No te molestes demasiado por la mano que ahora en el hombro y de rato en rato, te toca con la punta de un dedo o la palma de la mano o los nudillos. En el fondo, lo que quiere decirte es que no estás solo en este mundo, él está ahí para acompañarte en las buenas, y en las malas también. Si estás sentado y te da varias palmaditas en la pierna es su manera otra de repetir óyeme bien lo que te estoy diciendo, porque lo que más sabe hacer un cubano es dar consejos. Insiste, se te encima más aún y cuando ya está por irse te abraza, te aprieta hombros y espalda, no importa si está sudado o con agüita por la nariz (tampoco importa si lo estás tú) es que no tiene otra manera de decir que le importas, fue bueno verte y ojalá nos encontremos pronto, mi socio, mi hermano, mi nuevo conocido que, mira, ya eres, a partir de este abrazo, un viejo amigo. La culpa en realidad será tuya si, tras la despedida, le das pie a que alargue la despedida, porque entonces enganchará otra vez el tema, repetirá frases, exhortaciones y claro, volverá el toca toca. No te desesperes, no lo rechaces ni lo aborrezcas, mira que este mundo da demasiadas vueltas y a lo mejor, un día de estos, hasta lo extrañas.

10 frases para el dominó cubano

fichas de dominó
Foto: Dazra Novak

1- Amancio le había dicho a Olivares que saliera con cualquier doble, si total, ni darle agua a las fichas le había funcionado hoy para coger una buena data. Pero cuando vio aquella capicúa con el dos por un lado y el uno por el otro se alteró: ¿Puntilla, mi hermano?
2- ¡Dos mil y más murieron!, jugó Olivares bajito otra vez y le hizo un guiño a su compañero, como quien dice, confía en mí que esto es pollona, viejo.
3- Lamentablemente el jugador que tenía debajo llevaba dos, y para más, sacó un tres que hizo a los dos viejos gritar al unísono: Ay mi madre, ¿trío Matamoros?
4- A pesar de estar en la playa y haber soltado ese cuatro, cuarto de Tula, como susurró Amancio sin mucho entusiasmo, los dos viejos seguían perdiendo.
5- Cuando les tocó jugar otra vez Amancio, pícaro, sonrió: ¡Sin comer no se puede vivir!, prepárate mi socio que yo sí llevo cinco.
6- Por su lado el viejo Olivares, desafiante, puso el primer seis del juego y le dijo: ¡Ahora sí! ¡Se hizo el loco!
7- Mira tú, la que no le gusta a nadie, bromeó al ver que su compañero, a pesar de estar jugando agachado, le había matado ese siete tan molesto.
8- ¡Ochún! ¡Ochún! Levantó uno de los viejos los brazos al cielo cuando, horrorizado al ver ese doble-ocho, se dio cuenta de que en la jugada anterior se había pasado con ficha.
9- Botagordas…, increpó Olivares clavándole los ojos al contrario cuando le plantó aquella novena de pelota intentando a las claras que tocara la mesa.
10- En realidad el juego no se terminó por la noche que bajaba, ni por las hormigas con alas revoloteando alrededor del farol de la calle. El final llegó porque ese chiquillo con gorra, tatuaje, manía de oír reguaettón y veinte años menos, les restregó en la cara la ficha con que se pegaron: ¡Blanquizal de Jaruco! Aunque lo peor no fue eso, lo peor fue la monja que, con mano temblorosa, tuvo que sacar Olivares de su bolsillo roto.

Leyenda (extendida): Darle agua a las fichas: mover las fichas bocabajo, sin que se vean los números; Buena data: fichas que garantizan un buen juego; capicúa: ficha que tiene dos números y se usa en la salida; pollona: juego que se gana sin que el contrario anote puntos; estar en la playa: tener fichas de muy baja numeración; jugar agachado: confundir al contrario pretendiendo que no se tienen ciertas fichas; botagordas: dícese del que juega las fichas de mayor numeración para que no se las cuenten al final; pasarse con ficha: tocar la mesa cuando en realidad sí se tienen fichas para jugar; tocar la mesa: se toca con los nudillos para decir que no hay fichas para jugar; pegarse: poner la última ficha que le queda a un jugador; monja: cinco pesos. Las denominaciones de las fichas se corresponden con los números de las viñetas. Otras maneras de nombrarlas: 1. Luna, lunar de Lola; 2. El dulce pa´los muchachos, Duque Hernández (pelotero), Dulcinea; 3. Tripita, tríquiti, Tribilín Candela; 4. Cuatrero, gato, cuatro mil y más murieron; 5. Sin curvas no hay carreteras, monja; 6. Sixto Batista, septiembre es el mes de las calabazas; 7. Mierda; 8. Ochoa, Ochún; 9. La gorda, Nuevitas puerto de mar, la puerca; Doble blanco: Estar en la playa, la pelá.

El cubano se cansa, pero no se rinde

calle Reina
Foto: Dazra Novak

Es propio del cubano la insistencia, el “jugar cabeza”, la segunda oportunidad… y la tercera. Es del cubano decir tiempo al tiempo y, aunque el mundo vaya por su lado uno seguir a pesar de todo por el camino que se tiene a mano, por el mínimo resquicio que la oportunidad siempre está dispuesta a darnos. Detrás de la sonrisa genuina que ofrecemos al extraño -ellos ni se lo imaginan-, a veces se esconde la más apremiante necesidad, la angustia por los años perdidos, por las separaciones y tantas cosas acumuladas que, si se mira hacia atrás, nadie entendería cómo llegamos donde llegamos. Pero el cubano no se rinde aunque nade contracorriente, aunque nade y nade frenado en el mismo lugar, aunque el final no se divise fácilmente. ¿Qué sería de nosotros sin ese vecino que, a pesar de todo, tiende la mano cuando menos lo imaginamos? ¿qué sería del cubano sin el amigo cubano siempre dispuesto, sin su propia disposición a ayudar desde lo más humano que lleva dentro? Eso, somos un pueblo que avanza lento y accidentado y tantas veces contrario al mundo, gente que humanamente se cansa, pero no se rinde.