Fragmento de vuelo sobre mapa habanero

vista ciudad desde el Focsa
Foto: Beatriz Verde Limón

Es bueno a veces cambiar la perspectiva. Si es duro, difícil o imposible mirar a las cosas de frente, puede ser de gran ayuda buscar otro ángulo: invertir las polaridades, alzar el vuelo. Y mirarlo todo desde arriba. ¿Cuánto tiempo les llevó reconocer este pequeño trozo de la Habana? ¿Acaso este tramo no ha sido recorrido hasta el cansancio, hasta conocerlo de memoria? Y si lo sabemos tan de memoria, ¿por qué nos demoramos en reconocerlo? Porque nunca se llega a capturar las cosas tan a fondo: siempre hay una sorpresa escondida en algún lado esperando a que miremos con los ojos necesarios, los ojos admirados, los ojos aventureros. Es este apenas un pedacito del trazado caprichoso que juega a ubicarnos entre números y letras, con calles que recorren caprichosos ángulos que tantas veces no son rectos (para untarle al mapa algo de diversión), y para que nos desubiquemos de vez en cuando. Luego de ese reencuentro con la calle perdida conviene preguntarse: ¿es este realmente el camino que quiero recorrer?  Así se ve desde el edificio Focsa, como una ciudad de juguete, como esas maquetas de la localidad que hacíamos en la escuela para aprendernos calles, casas, parques y teatros de memoria, para que se sembrara en nuestra memoria limpia como una pizarra sin manchas, la piel de la ciudad.

Calle 17

calle 17
Foto: Dazra Novak

Me gusta caminar por la calle 17 temprano en la mañana y, especialmente, en la tardes de invierno. Confieso que, aunque no figure en mi itinerario, yo hago la fuerza y le recorro al menos un tramo de esa extensión suya que parte el Vedado en dos. La camino y pienso en nada, acaso en todo, en cualquier cosa. A mediodía es insoportable, porque increíblemente, a pesar de haber árboles, tiene poca sombra, o quizás sea que el pavimento cubre un área más amplia y entonces lanza más calor de lo debido. Las casas de la 17 son inmensas, enrejadas, algunas se nos presentan maquilladas, otras, en cambio, visiblemente tiradas al abandono, pero todas auténticas, serias, guardando el esplendor de un tiempo mejor. No puede decirse que sea esta una vía principal, y sin embargo el tráfico la acompaña la mayor parte del día. Bien asfaltada y ligera, amplia y desenfadada, seria con sus hospitales, oficinas de trámites, relajada en sus bares, restaurantes, y nuestra Unión de escritores y artistas de Cuba (Uneac) en la esquina de H. La calle 17 apura el paso al cruzarse con L como si quisiera llegar más rápido al edificio Focsa, al malecón, al mar que se abre inmenso cuando, de una vez, desemboca en la Piragua.

Luminarias

luminarias del malecón
Tomada de fotoinda.wordpress.com

Las luminarias del Malecón, a pesar de haberse convertido en un motivo recurrente –lugar común- en los lienzos del mercado artesanal, son mis farolas de casa. Justamente esas que uno comienza a amar desde el asombro de niño y que permanecen ancladas a la vida propia para luego degustar en la adultez como el postre de la abuela: de vez en cuando menudo privilegio. Farolas como lirios que se descuelgan desde su propio tallo mirando al pavimento. Primero se lanzan al cielo como queriendo salir disparadas de una vez y por todas. Después como que se arrepienten y entonces, quieren regresar. Y regresan. Grandes gigantes metálicos que resisten ciclones y penetraciones de mar. Así, mis farolas como una cohorte repartida a ambos lados de la vía rápida, recibiéndonos a la salida del túnel, custodiando discretamente el paso de los autos, repartiéndose las luces de modo que hay una encendida y luego dos no para después tres sí mientras la que le sigue tiene el bombillo roto. Me pregunto si el caminante o el descansador que está sentado en el muro le rendirá honores, al menos, recorriendo con la mirada su curvatura casi vegetal. Me pregunto si alguien más tomará en cuenta ese, su largo cuello quebrado en reverencia perenne a los pasantes, incluso cuando las revolotean los comejenes, a la caída de la tarde, anunciando lluvia y calor para ese otro día que vendrá.