Calle Enna

calle Enna
Foto: Dazra Novak

Es esta una calle de bolsillo que, curiosamente, lleva nombre de mujer. Enna-calle-mujer-de-bolsillo. Apenas unos cuarenta pasos para llegar al otro lado que será igual a este lado y así, esta calle resiste de a todas la ofensa del Templete que le da constantemente la espalda, bloqueándole alevosamente la vista hacia la Plaza de Armas. Imaginemos un estante de libros. Imaginemos que La Habana no sea más que un viejo estante de libros. Así, la sumatoria de calles, columnas, balcones, tráfico y teatro de gentes, vienen a formar lo que sería la gran novela de la Habana. Una colección de tomos gruesos y empolvados que lleva tiempo leer. Ciertas calles como Obispo, Prado, Monte, serían, en ese mismo estante, apenas un cuento (cuento largo) de un volumen de historias cuyo argumento es, a la larga, el mismo: peripecias de una ciudad que sobrevive a pesar de todo. De esta manera la calle Enna ocupa, en nuestro estante imaginado, la categoría de minicuento –ni poema, ni fábula, ni alegoría-, texto breve sin personaje principal, líneas rápidas que narran Habana-calle-de-bolsillo: paredes desconchadas, adoquines, puertas abiertas a la acera, balcones con ropas colgando, guardavecinos, plantas que crecen en los aleros húmedos y mohosos, estrechez de calle donde las voces gritadas suben rápidas hacia el cielo, ansiosas y sin escala, hasta llegar a Dios.

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El tiempo se vende en nuestra Plaza de Armas

vendedor-Plaza de Armas
Foto: Dazra Novak

Libros del Che, Fidel, Ramiro Guerra, Fernando Ortiz, Humboldt, Llave del nuevo mundo Antemural de las Indias Occidentales, Historia de Cuba, albumes ilustrados, fotos de Korda, novelas traducidas, Massaguer, grabados de Landaluze, viejos comics con nuestra Historia. Biblias, traducciones de clásicos, best sellers, ficciones y realidades museables, botellitas de Coca Cola en miniatura, relojes de bolsillo, viejas leontinas, impertinentes con los cristales rotos, cucharitas de plata, prendedores, antiguos sellos de timbre, billetes firmados por el Che, billetes y monedas de la República, de la Colonia, botones, cofrecitos de madera, pasadores, posters de películas, ejemplares de tapa dura, tapa de piel, hechos a mano, con la tapa desprendida o simplemente sin tapa, hechos ayer pero revendibles ahora, el tiempo se vende y cabe en cajas de cartón que se guardan por la noche y se sacan a primera hora, objetos todos provenientes de algún tesoro familiar heredado y custodiado  por cientos de años y que despierta mostrando a la Historia, algo que parecía cosa muerta, ofreciendo aquí, hoy, ahora, negociables y jugosas ganancias.

Parque de la Fraternidad

parque de la fraternidad
Foto: Dazra Novak

Este parque es verdadero cruce de viajeros, hervidero de colas, laberinto de tolerancias. Ni fraternal ni amistoso, muy por el contrario, imprime una clarísima imagen de tormento sobre nuestra retina social. Al parque de la Fraternidad no solo le desembocan y atraviesan importantes y concurridas vías –Reina, Prado, Monte– y lo rodean edificaciones monumentales –Capitolio de la Habana, Palacio de Aldama- sino disímiles gentes que suben de cuanto barrio adyacente le circunda, lejanos recorridos que convergen en él, rutas de guaguas, camiones, bicitaxis, almendrones, caminantes, paseantes que vienen a hacer de la espera un ejercicio de (im)paciencia. Claramente marcado por un pasado lleno de sucesos desarticulados: en un  principio terreno cenagoso, algo después nombrado Campo de Marte, por un tiempo zona militar y luego desde allí Matías Pérez voló, qué otro resultado podría arrojar tamaña confluencia de variables sino caos por acumulación. Este parque, de tanto que pretende abarcar –aquí es preciso reconocer que en realidad abarca muchísimo- casi pierde esa quietud propia de las áreas verdes y abandona su función –según los horarios- en tanto zona de esparcimiento. Pero hay una pequeña franja en su centro que le hace justicia a su popular nombre, un espacio donde la magia bucólica ideal se erige en forma de ceiba regada con tierra proveniente de otras repúblicas americanas –conjuro de paz entre los pueblos- y donde, esta vez sí, una indecible tranquilidad se percibe, calma felizmente divorciada de la agónica realidad circundante.