El ojo del ciclón

cuadro del pintor Leo d´Lázaro
Cuadro de Leo d´Lázaro / Foto: Dazra Novak

Justo en la calle O´Reilly esquina Villegas, en la Habana Vieja, descubrí El ojo del ciclón. El artista plástico Leo d´ Lázaro hace ya diez años organizó esta galería sui géneris, esta expo-venta de cuadros de su autoría donde recicla en instalaciones todo tipo de objetos de uso contemporáneo dándole cuerpo a esta, su arqueología del presente. Una galería más, pensarán muchos, ¿qué tiene de nuevo eso? Abierta de lunes a sábado, de 9am-10pm, tiene de nuevo que usted realmente puede “apropiarse” del espacio. Si usted trae su bebida (su guitarra, su libro o su contentura) con un grupo de amigos puede acomodarse en las mesas y sillas improvisadas en los pequeños espacios creados para tal fin, si anda solo y compró la cajita de diez pesos con bistecito más congrí y no quiere comérsela de pie con tanta gente como hay pasando, vaya allí y siéntese cómodamente, haga sobremesa, prepárese usted mismo su café (si trajo el polvo, claro). También puede armar sus propias tertulias, sus peñas culturales o del tipo que se le ocurra (¡aquí nada se le cobra!). Puede agarrar un libro, una revista y sentarse en el columpio, subir a la barbacoa y ver al artista pintando o conversar con él (o con cualquier ciclonero que esté de paso porque allí la gente es espontánea y afable), o entrar a su cuarto, a su taller, a su gimnasio improvisado. Es más, usted puede organizar allí su propio taller de escritura creativa (Tengo un plan. Pd. esperen noticias para enero. Firma: Dazra Novak). Como todo ojo de ciclón es un sitio en calma, con algo de música sonando detrás y nada de cobertura para celulares. El mundo se puede estar acabando por fuera, pero el ojo del ciclón promete no solo descubrimientos, sino renacimientos, de modo que andaré con bastante frecuencia por ahí, a lo mejor –nadie sabe- hasta me embullo y les leo un cuento. Quién sabe –nadie sabe-, a lo mejor el cuento me lo hacen ustedes a mí.

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Bazar-Café Piscolabis

cafe bazar piscolabis
Fotos: Dazra Novak

En San Ignacio #75, es decir, cuando uno abandona la Plaza de la Catedral por la derecha camino a Obispo, Piscolabis aparece a media cuadra. ¿Es un chiste? Digo chiste porque antes se pisaban adoquines en la plaza, se asistía, como quien dice, a la Historia. Claro que siempre algún vendedor te sorprende con esas artesanías y su Made in Cuba de rigor, su guitarrita y la maraca retrucándonos contra al presente con pullovers del Che y, por demás, las maderas apuntalando balcones ya terminan por convencerlo a uno de que es, sin dudas, el siglo XXI. El agua empozada junto al contén, las aceras estrechas, los umbrales antiquísimos de viejas residencias y así, más de lo mismo, más, cuando de repente y para sacarte el sueño: Piscolabis. ¿Es un chiste? No lo digo por los precios –altos altos como un pino-, lo digo más por la modernidad que irrumpe, entre tanta casa vieja apuntalada, con diseños de adornos, regalos, bisuterías, accesorios y ese aire que respira el lugar, aire chic, aire minimalista, aire de buen gusto, aire Ikea, aire acondicionado, aire nuevecito de paquete. ¿Es un chiste? No, es también un café –porque este es un Bazar Café- y la muchacha me atiende con esa exquisita elegancia –aire de calidad- y me dice que sí, puedo tomar fotos, cómo no. Así irrumpen, en medio de la Habana Vieja, los aires modernos.

Calle Enna

calle Enna
Foto: Dazra Novak

Es esta una calle de bolsillo que, curiosamente, lleva nombre de mujer. Enna-calle-mujer-de-bolsillo. Apenas unos cuarenta pasos para llegar al otro lado que será igual a este lado y así, esta calle resiste de a todas la ofensa del Templete que le da constantemente la espalda, bloqueándole alevosamente la vista hacia la Plaza de Armas. Imaginemos un estante de libros. Imaginemos que La Habana no sea más que un viejo estante de libros. Así, la sumatoria de calles, columnas, balcones, tráfico y teatro de gentes, vienen a formar lo que sería la gran novela de la Habana. Una colección de tomos gruesos y empolvados que lleva tiempo leer. Ciertas calles como Obispo, Prado, Monte, serían, en ese mismo estante, apenas un cuento (cuento largo) de un volumen de historias cuyo argumento es, a la larga, el mismo: peripecias de una ciudad que sobrevive a pesar de todo. De esta manera la calle Enna ocupa, en nuestro estante imaginado, la categoría de minicuento –ni poema, ni fábula, ni alegoría-, texto breve sin personaje principal, líneas rápidas que narran Habana-calle-de-bolsillo: paredes desconchadas, adoquines, puertas abiertas a la acera, balcones con ropas colgando, guardavecinos, plantas que crecen en los aleros húmedos y mohosos, estrechez de calle donde las voces gritadas suben rápidas hacia el cielo, ansiosas y sin escala, hasta llegar a Dios.