Creer para ver

casa de alquiler en Malecón habanero
Foto: Dazra Novak

Es común ver, en algunos hogares cubanos, una virgen a la entrada de la casa, en el portal, junto a la reja principal o en el primer golpe de vista cuando entramos de visita a la sala. Más coloridos o con remiendos, según la virgen/el santo de que estemos hablando, los bustos son, también, una carta de presentación del dueño. Tan solo con mirar ya sabemos por dónde va su fe y hasta el tamaño de su entrega cuando llega el día de celebración y se le ponen flores, velas, lamparitas, se le deja una pequeña ranura al cristal que los ampara a fin de que los fieles depositen alguna ofrenda o pidan lo que tanta falta le hace a todo el mundo mundial. Como pago de alguna promesa, como agradecimiento por haber concedido un techo para guarecerse, como para decir con orgullo: soy hijo de Eleguá (por eso mis caminos se abren), mi madre es Yemayá (pero le pido permiso para cruzarle por encima de su mar), Santa Bárbara me presta su espada (para defenderme de los enemigos), Cachita me protege (y me trae el amor), las Mercedes me concede la paz (y pone en orden mi cabeza), San Lázaro avanza con sus perros repartiendo milagros mientras me trae buena salud… A veces son bustos pequeños que pierden brillo por quedar expuestos al sol. A veces, son tan grandes como una persona real. A veces la casa parece bendecida y se nota que prospera allí donde otras veces luce pobre, a medio terminar o a medio derrumbar pero no importa, el altar sigue ahí, batallando contra el mal tiempo, aupando a los dueños para juntos salir adelante, porque allí donde muchos dicen “ver para creer” un cubano muy sabio me dijo “error, es todo lo contrario: tienes que creer, y solo entonces podrás ver”.

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Iglesia de Reina

iglesia de la calle Reina
Foto: Dazra Novak

Entrar a la iglesia de Reina nunca ha sido, para mí, un acto de fe. Y es que esta no es como las otras iglesias, que destacan por la blancura de sus arcos y columnas, la forma en que incide la luz sobre ciertos íconos (por la aflicción en los rostros sagrados), el silencio reinante o la acumulación de vendedores y creyentes a sus puertas. A pesar de las escenas coloridas de sus vitrales, imposibles de ignorar, es la iglesia de Reina una gigantesca nave gótica en penumbras, un túnel cuyos caprichos ojivales nos conducen hasta las escalofriantes puertas de un oscuro medioevo. En este templo, se me antoja que la razón del hombre aún no ha despertado. Y sin embargo, se me hace difícil el rezo, la paz del espíritu, el abandono a la pena colectiva –esa que trae alivio compartido-. El inmenso órgano como un trueno se me anuncia –si alguien osara arrancarle un acorde-, capaz de echar abajo capiteles, nervios y vitrales, motivos de fe –joyas de arquitectura-, vidrios y preciosa talla de confesionarios y reclinatorios. Es esta una iglesia con un enorme peso en su estructura que, sin humildad ni compasión, deja caer sobre los fieles, como si para llegar hasta nosotros mismos, por fuerza hubiera que atravesar la oscuridad de los viejos tiempos.

iglesia de la calle Reina
Foto: Dazra Novak

El Cristo de La Habana

cristo de la habana
Foto: Alejandro Menéndez

Antes nuestro Cristo parecía custodiar una feria de viandantes con tanto timbiriche vendiendo cerveza a sus pies. De pronto a alguien se le ocurrió desmontar todo aquello, hasta las luces, y desapareció la música de charanga, los borrachos y los enamorados que se sentaban a sus pies en el pequeño malecón. Por eso ahora, cuando cae la noche, nuestro Cristo se diluye en una oscuridad absoluta. Silencioso y al borde de un precipicio, como si no estuviera allí. Con su tamaño colosal me pregunto si bendice la bahía, si, después de todo, hace algo por nosotros. Me pregunto si la gente le pide cuando se detiene a sus pies, o simplemente se maravilla con su valor de escultura. Creo que por primera vez veo en Cristo al hombre y no ese Jesús de Nazaret frágil, entregado a la congoja y la contrición. Este no es un Cristo que sufre, es un Cristo que demanda, exige, es una vigorosa imagen negada al llanto. Algunas tardes, cuando lo observo desde el otro lado, me parece que está a punto de lanzarse como un titán sobre las aguas y salir caminando por la boca de la bahía a buscar nuestra salvación por allá afuera y traerla, de una vez y por todas, tomada por los pelos. Pero esto es solo un instante, luego vuelve a levantar los dedos prometiendo una bendición y prefiero pensar que ha llegado hasta aquí para cuidarnos.