Parque Central

Parque Central de la Habana
Foto: Beatriz Verde Limón

Como en un lienzo de Collazo una breve pincelada de luz pastel cae sobre la estatua de nuestro Martí. Nacen del pincel orgullosas palmas erguidas custodiando al maestro y detrás, como rasgo descuidado de un artista plástico que sucumbe al marketing, aparca una guagua de dos pisos, llena de colores y de turistas. Habana Bus Tour, The best views. La tarde se despeña sobre el parque con una voracidad que no deja nada vivo a su paso, se traga los bancos y la gente, se traga a esos hombres que discuten sobre deporte como si en el tener o no razón les fuera la vida. Los turistas descienden, fascinados por el efecto á cause de que provoca el polvo y mugre acumulados en las hendijas de los bancos, sobre el suelo de granito, en las fuentes, en las manos arrugadas de los viejitos vendedores de maní y periódicos. La pátina del tiempo es para para los turistas un producto del mercado, algo para retener en una foto digital, una historia para contar a los pequeños, frente a la chimenea, en una tarde de invierno. Una tarde de invierno para los viejos del parque central es una mano extendida orbitando alrededor del vaho de la cámara, la añoranza de otro siglo mejor porque las cosas ya no son lo que eran antes. Pasan los coches de caballo con las señoras de sombrero mirando al Parque Central sin darse cuenta de que hay un hombre oteando hasta encontrarlas ofreciendo ron, tabaco, sexo. Gracias a Dios ya no hay marines ultrajando a nuestro Martí, que sigue con su brazo extendido señalando una dirección, aunque nadie parece advertirlo. En cambio, hay palomas que sobrevuelan y a ratos se posan en su hombro, hay hoteles a precios exhorbitantes y demasiadas fuentes secas. Hay una mujer que viene y, sin pedir permiso, se sienta en mi banco mientras escribo. Me pregunto qué diría nuestro Martí, si pudiera, de todo esto.

El Martí de mi escuela

Busto de José Martí
Foto: Raciel Ruiz Ponce

De vuelta a aquellos años, apenas me reconozco. El marpacífico en la mano, de pie frente a la estatua blanquísima. Otro niño que recita hay sol bueno y mar de espuma y arena fina y Pilar En mi recuerdo hay una Edad de Oro –que hoy yace deshojada en mi librero-, de carátula blanca con Nené traviesa, de pie, leyendo un libro grande sobre un atril, con las manitos a la espalda. Con las manitos a la espalda todos desfilamos ante la estatua con nuestros uniformes cortos, con los ojos entrecerrados por el sol que, tímido, comienza a levantarse. Vamos dejándole caer marpacíficos rojos. Uno a uno, entre bostezos de quien no tenía tantos deseos de venir a la escuela hoy. Una hoja seca cae sobre su cabeza y la aparto con un gesto torpe. La maestra me regaña, claro, porque hay que andarse rapidito al aula y no se puede estar con tanta bobería. Asoma su frente ancha, también, en el libro nuevo de Historia de Cuba. Pienso en mi madre cuando dice que no sabe cómo ese hombre pudo escribir tanto, y un vecino sale con eso de que la niña de Guatemala, en realidad… y todos se ríen. En una pirueta del recuerdo se me aparece con un grillete en el pie, arrastrándolo por las canteras y yo preguntándome, mientras cierro el libro de puro dolor, cómo le habrá hecho, pobrecito, para aguantar el presidio. Vuelve a caer hacia atrás, siempre vestido de negro, desde el caballo blanco. Menuda desgracia, digo yo, porque de lo contrario la guerra del ´95 habría tomado un derrotero decisivo: el amor, madre, a la Patria, no es el amor ridículo a la tierra, ni a  la hierba que pisan nuestras plantas, es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca. El pasado no se recupera, ya sé, pero trasciende.