Calle 12

Calle 12
Foto: Dazra Novak

Como los de una niña que, en puntica de pies –igual que las bailarinas-, asoma la cabecita por la ventana, así se asoman mis ojos –apenas los ojitos de la niña- a lo empinado de la calle 12. Un recorrido breve desde el mar hasta el cementerio (dos expresiones diferentes para una sola muerte), con sus respectivas florerías al comienzo y al final del camino. Soy una niña golosa que se detiene cada vez, en mitad del recorrido, para saborear esos deliciosos churros rellenos de chocolate o leche condensada -¿me da otro, por favor?-, dando brinquitos sobre la cebra que lanza los dados cuatro veces sobre la calle 23 (mientras el conductor se burla de mí qué comemierdita la niñita, muy parecido a lo que dijo aquella pequeña a la que Onelio le contaba un cuento en El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano). Un juego de parchís entre el Cinecittá, La Pelota, la cafetería 23 y 12 y el edificio al que hace algo de tiempo se le derrumbó la escalera dejando a los vecinos encaramados allá arriba. Media vuelta casi al final para volver calle abajo, y lanzarse de nuevo: Ah… si tuvieras una chivichana -le dice esa niña a la mujer que soy.

Calle 23

Calle 23 del Vedado habanero
Foto: Beatriz Verde Limón
Calle 23 del Vedado habanero
Foto: Beatriz Verde Limón

La Calle 23 como una arteria que corre casi paralela al mar, una de las vías principales, la calle-referencia. 23 también es vapor, muerte, escalera, ayuno general, alacrán, espadas, y nos lleva a través del Vedado hasta Centro Habana o de vuelta hacia el municipio Playa. Desde hace algunos años transitan ómnibus articulados, P4, P9, P16 y otros tantos –¿“P” de Podemos, Preferimos?–, que vinieron a salvar la ciudad de la vibración nociva de los camellos, aquel los inmensos remolques con jorobas. Cuando nuestros padres nos dejaron transitar por la Calle 23 solos o acompañados por un grupo de amigos eso significaba que ya éramos grandes. Qué orgullo, caballero, por 23 solos, la avenida de los cines, al menos, de aquellos que han sobrevivido y le permiten un poco de vida a la ciudad en cada festival de diciembre. Hace poco alcé la vista y descubrí, así de pronto, que yo solía caminar mirando el paso inmediato, no al suelo como los pesimistas pero tampoco hacia arriba, hacia ese horizonte de la calle 23 que toma impulso en la Rampa antes de saltar sobre el mar definitivamente. Entonces me di cuenta por qué se extraña tanto cuando no se está en Cuba. Se extraña justamente por esa belleza subyacente de lo imperfecto, el polvo centenario maquillando las fachadas, la gente fosilizada en los balcones, ese intenso contraste del azul con las nubes y la línea del mar y sobre todo el sol, ese raro animal de dos cabezas, cayendo en un espiral de luz. Ah, el sol, ese sí hace lo que le viene en ganas. 23 es animal en la línea, bastón de lujo, submarino, monja, mujer barrigona, anguila y sin embargo no me la sé de memoria. Entre otras cosas sé que tiene varios parques, que atraviesa otras dos grandes avenidas, que tiene un cine Chaplin y un cine Yara, que tiene un Coppelia gracias a Celia y que el bar Fresa y Chocolate podría ser el mejor bar de 23 y 12, ahora restaurado, pero la vida no es perfecta y eso ya lo sabemos, que cuando sopla un airecito la gente se pone frenética y corre a refugiarse en cualquier lado porque tal parece que el mundo se va a acabar y de seguro se llevará consigo la calle 23 y todo lo que deambule por ella. 23 es aldea, perdido, ciudad, camino, pelotero y animal de lujo. Por ella he regresado a casa con la cabeza gacha y la derrota en las manos, hacia ella me dirijo tantas veces con la esperanza de que esta vez algo funcione, algo cambie y a veces me complace, a veces está llena de libros en venta –por esa Noche de los Libros donde la ciudad despierta, a carpetazos, de su letargo–, libros que la gente compra y yo no sé si en verdad leen pero no importa. Otras veces se llena de colas frente a los cines, de colas esperando las guaguas, o colas para comprar pizzas, helado, colas para algún casting o bafles para algún concierto. Esa es 23, a veces.