Nuestro Centro Onelio cumplió quince años

celebración quince años Centro Onelio
De izquierda a derecha: Francisco López Sacha, Eduardo Heras león e Ivonne Galeano / Foto: Dazra Novak

Dazra Novak nació en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. 5ta ave, esq. 20, Miramar. Año 2004. VII curso de Técnicas Narrativas. Última silla a la derecha, junto a la puerta de salida, lista para salir corriendo si hiciera falta. Sin emitir opinión alguna en todo el curso porque de seguro allí todos eran ya escritores y yo una colada por casualidad. Par de años después trabajé como secretaria, coordinadora, correctora, en cualquier caso, activista entusiasta de un proyecto que en el pasado diciembre de 2013 no solo celebró quince años, sino el haber graduado más de 800 jóvenes de todo el país. A la sala Villena de la Uneac asistimos una buena parte de los que eternamente agradeceremos a Eduardo Heras León (chino Heras) y a Ivonne Galeano haber sorteado todo tipo de obstáculos con tal de abrirle paso a los jóvenes en la literatura de este país. “No todos serán escritores” dice siempre el Chino al comienzo del curso, “pero seguro serán mejores lectores, promotores culturales, editores, serán… mejores seres humanos”. Noble y delicado gesto de alguien a quien el Quinquenio Gris le robó tiempo dejándole una marca dolorosa que, no obstante, no consiguió apartarlo de la literatura. A las letras Heras nació dos veces, la segunda, como maestro. Por eso aplaudimos orgullosos cuando Yoss se paró al final y terminó su discurso así: “Chino, los libros que dejaste de escribir por enseñarnos a nosotros, en realidad no los dejaste de escribir, porque todos nuestros libros, son tuyos.”

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La esquina de tejas

la esquina de Tejas
Foto: Dazra Novak

Cuando aquello yo trabajaba en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Michel García y yo fuimos invitados a este “debate”, sobre la arquitectura cubana, en la maqueta de La Habana que está en 3ra y 28, Miramar. Recuerdo que el público, en su mayoría, era de edad avanzada, salvo dos o tres colados que además nos enteramos por casualidad. La mayoría eran arquitectos, pero invitaron al chino Heras para que hablara un poco y yo, lo confieso, tengo especial debilidad por la manera en que habla –y por la manera en que lee-, este hombre. Allí fue donde me enteré que Eduardo nació en La esquina de Tejas, un lugar que yo solo conocía de oídas. Supe que nació en un solar de aquella zona y que, para poder hablar de esto, visitó la esquina una vez más. Y lloró, porque ya todo estaba cambiado (para mal, arquitectónicamente hablando) y hacía mucho desde aquella época en que limpió zapatos de dos tonos para poder comprarse en la fábrica, con una peseta, un cartucho con recortes de dulce. Lloré. Reí. (Más lo primero que lo segundo). En aquella lectura de su novela autobiográfica fue donde visité, por primera vez, la esquina de Tejas. Y cuál fue mi sorpresa, meses después, al visitar el lugar y descubrir que en la esquina de Tejas ya no hay tejas, solo el parque donde me paré para tirar la foto –con una horrible edificación detrás-, a mi izquierda un edificio que coquetea con la muerte y este bodegón que ven. En el momento de la fotografía sonaba un danzón que cruzaba la calle hasta darme alcance y me llevaba, más y más, hasta aquellos primeros tiempos del maestro.

Eduardo Heras León, “La caminata”

Los pasos en la hierba, Eduardo Heras León[…] Eso fue todo, Lorenzo. Esa fue la caminata. La caminata que no pudiste hacer. Que te dejó rendido en Bauta, abrazado al Moro para que te cargara. Que te dejó llorando la rabia de no poder llegar. Y es entonces, cuando uno termina, cuando pasan las horas y uno no tiene en qué pensar, y uno está bocarriba, tirado en la pista, debajo del viejo Catalina, sin poder hablar con nadie, porque nadie del pelotón quiere hablar contigo, es entonces que uno vuelve a pensar en ti. Pero después de aquellas horas, ahora que comienzas a mirar a la gente nueva que llega, con un poco de orgullo y un poco desde arriba, como si ellos no fueran iguales a ti mismo, y ellos te miran un poco avergonzados, un poco como se mira a los héroes que regresan vivos de un encuentro con la muerte, ahora que ha pasado todo y uno piensa nuevamente en ti, uno comienza a pensar de otra forma, Lorenzo. Uno no siente lástima. No, la lástima viene después, mucho después. Cuando uno se da cuenta de que has llegado tres horas más tarde y de que nadie te ha visto y gritas: «¡pelotón 220!», y todos volvemos la cabeza y te vemos y tú das unos pasos haciendo mucho esfuerzo y vas a tirarte debajo del Catalina, cuando oyes la voz del Moro que te dice… «¡tú te rajaste!, ¡tú cogiste chance en la carretera!», y Mario te dice que viniste en guagua y Tirso te grita que tú no tienes moral y todo el pelotón se revira y no quiere creer lo que tú dices y repites y gritas después con la cara congestionada y nadie te cree y tú me miras y yo no resisto tu mirada y vas a hablarme y yo te viro la espalda. La lástima vino depués, Lorenzo Peña. Mucho después que te alejaste y yo no tuve valor para decirle al pelotón que tú habías llegado bien. Mucho después que nos dieras la espalda y que, llorando como un niño, te quitaras los zapatos y comenzaras a reventarte las ampollas de los pies a puñetazos… […]

(Fragmento de cuento)

Eduardo Heras León (La Habana, 1940). Narrador, periodista, crítico literario y de danza. Licenciado en Periodismo y Filología. Entre otros libros ha publicado: La guerra tuvo seis nombres (Premio David, 1968), Los pasos en la hierba (1970), Acero (1977), A fuego limpio (1981), Cuestión de principio (Premio Uneac 1983 y Premio de la Crítica 1986), La nueva guerra (1989), La noche del capitán (1995), Cuentos completos (2012). Fundador del proyecto cultural Universidad para Todos, en 2001 recibió el Premio Nacional de Edición y en 2007 el galardón Maestro de Juventudes de la AHS. Es director del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.