Se dice

calle Colón y San Lázaro
Foto: Dazra Novak

y se comenta: “Ahora sí, que vengan ya que los estoy esperando”. Mientras otros afirman: “Falta poco para que la Habana se llene de rascacielos”. Oigo decir: “Ya era hora”. Mientras susurran: “Esta apertura…”. Y otros aseguran: “Están viniendo cada vez más turistas a ver lo que después ya no va a to be” (para nosotros: ni ser ni estar). Están los que se contentan con eso de que: “El malecón se llenará de hoteles y bares y restaturantes”. Aplauden ansiosos porque: “La Habana se llenará de luces… artificiales”. Dicen: “Menos mal” y a veces no se dan cuenta de que con el menos mal (tan necesario) también llega el menos bien, no se dan cuenta de que si la Habana se llena de rascacielos qué bonito pero qué igual a cualquier otra ciudad del mundo (a cualquierita), no se dan cuenta de que para mejor tener afuera hay que sembrar/cuidar lo que se lleva por dentro y más el cubano que padece de nubecitas en la cabeza que a veces no le dejan ver con claridad dónde pisa y por eso dice una cosa y hace otra, no llega o se pasa, se ríe cuando hay que llorar (y viceversa).

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Calle Zanja

Calle Zanja
Calle Zanja / Foto: Dazra Novak

Zanja siempre me ha parecido una calle sin terminar. Un trabajo de construcción largamente postergado donde los habitantes, qué remedio, se han ido instalando en los sitios disponibles. Medio gris, solitaria –aunque transitada a la vez-, le llega algo de color cuando la cruzan transeúntes ataviados con nuestras típicas ropas veraniegas, cuando pasa un almendrón colorado o cuando el cielo se antoja de azul. Por suerte en la noche, allí donde muchas calles de la ciudad dormitan sin otra oportunidad bajo un precario alumbrado público, a esta vía se le disparan todas las luminarias. Todas. Entonces luce más limpia de lo que está, más inofensiva de lo que en realidad es, mientras una extraña frialdad la recorre con esa luz blanquísima que tiran las bombillas hacia todas partes (incluso, las partes menos partes). De noche hasta es grato recorrerla, si uno no va muy lejos y muy tarde no es. De día, cuando el sol llega lo más arriba posible, la calle Zanja es una tortura de calor agobiante al no encontrarse sombra en ningún lugar. A esas horas los largos muros que, pegados a la acera, abren sus bocas a solares y pasillos, se tragan a su gente para protegerlos del sol, para que duerman la siesta, para que no haya tanto curioso husmeando en sus secretos.

Calle Infanta

Infanta y Neptuno
Infanta y Neptuno / Foto: Dazra Novak

La calle Infanta, en ese pequeño tramo que va desde el semáforo de San Lázaro hasta el semáforo de Carlos III, no es fácil de cruzar. Uno no sabe a ciencia cierta si es el almendrón, el bicitaxi, la guagua o el Lada quien se le encima alevosamente a los peatones que intentan cruzar, o es la gente imprudente y provocadora la que se lanza sobre los vehículos con toda la prisa del mundo, como si la gestión por la que se sienten apremiados realmente no pudiera esperar más. ¡Hay que cruzar! ¡Hay que cruzar! Entre auto y auto en movimiento avanzaremos en zigzag hasta alcanzar el otro portal oscuro y mugriento que tampoco será hospitalario, ni benévolo, ni limpio, ni seguro. La calle Infanta se cruza como si la vida dependiera de ello, como si un segundo más ya viniera a ser demasiado tarde. Demasiado. Y es que esta calle no está hecha para el tráfico de gente, no hay pasos ni semáforos peatonales, es una vía que prioriza a los autos y por eso mejor andarse con cuidado, porque a la hora de los mameyes ya veremos qué carrocería carga las culpas. Ojo, mucho ojo, miren para los dos lados, no esperen a que esté vacía, -porque nunca lo estará y entonces no cruzarían nunca-, avancen ahora que la virgen del Carmen los está mirando desde allá arriba, pero igual crucen con cuidado, porque tanto ruido como tiene esta calle no sé si la voz de ustedes se escuche clara allá arriba. La verdad, no lo sé.

Calle Neptuno

Calle Neptuno
Calle Neptuno / Foto: Dazra Novak

A menudo regreso de la Habana Vieja por la calle Neptuno. Allí, donde se cruza con Prado, no solo nace la ruta de los almendrones –taxis de diez pesos-, allí también se abandona la gracia maquillada de los hoteles y comienza a tejerse la madeja de balcones, cables eléctricos y polvo, como centenarios entramados de araña las fachadas y enrejados, las tiendas de viejo y en peso convertible, los negocios privados, los timbiriches, la gente cruzando, gritando, viviendo, los almendrones que avanzan en caravana lenta porque la estrechez de la calle no da para más. También porque la luz verde de los semáforos de Galiano, Belascoaín e Infanta son demasiado breves para tamaño trasiego. Hoy me di cuenta, la calle Neptuno es como una de esas mujeres cubanas que no paran de hablar. De tanto observar la calle Neptuno desde una ventanilla de almendrón siempre me tropiezo algo nuevo de lo que admirarme, algo viejo que busco y se derrumbó y se extraña, algo que no debería ser, y me entristece. Hay varios tramos de Neptuno –cuando demora más de lo normal mi/su peregrinaje urbano- que me asfixian, me conminan a apurar el final, a desear la buena noticia de, al fin: el Vedado. Pero cuando llego a la colina universitaria miro hacia atrás, no puedo evitarlo, me doy la vuelta y miro. Sé que no debería, pero lo hago, porque de pronto siento que la he perdido y la echo tanto de menos. Miro hacia atrás –mujer de Lot que soy- para comprobar si todavía está ahí. Qué alivio. Ahí está.