Inducción cromática

escultura del artista venezolano Carlos Crus Diez
Foto: Dazra Novak

Así nombró el artista venezolano Carlos Cruz Diez esta obra donada a la Casa de las Américas en su 40 aniversario: Inducción cromática para La Habana. No obstante, para mí… (pido permiso/perdón, si procede, al artista) son las teclas de un piano colorido que nos acompaña brevemente si vamos a alcanzar la avenida Boyeros, nos enrumbamos hacia Zapata, Carlos III o vamos hacia el Vedado buscando la avenida G; también, si pretendemos el recorrido hasta el Hotel Habana Libre acariciando antes las fachadas del hospital Calixto García y la Universidad de la Habana. Do, Re, Mi, Fa inmutable bajo el Sol nuestro de cada día, La melodía vivalegre emergiendo de la tierra que nos lleva de lado Si el vehículo en el que vamos agarra una de las suaves curvas que trazan estas vías en ese punto neurálgico de los caminos cruzados. A veces, toca en verde. Cuando no hay nubes, en azul, y fresco en las mañanas. A veces, en gris. Y más esos días de lluvia en que, por derecho, suena truenimojado. Aunque es preciso decir que en ocasiones se oye un poco molesto porque esa también es, por excelencia, zona de hombres impertinentes que persiguen con insistencia a las mujeres (tal fue mi caso mientras tiraba esta foto) –¡me han dicho que algunos persiguen incluso a otros hombres! Claro que, sobre todo los domingos-temprano-muy-al-amanecer, la suya puede ser también una Inducción coloridamente silenciosa. Irrupción cromelódica para La Habana, le llamaría yo, aupada por la insistencia de sus continuos asaltos a mitad de mis recorridos.

escultura del artista venezolano Carlos Crus Diez
Foto: Dazra Novak
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Casa Tomada

evento casa tomada 2013 La semana anterior sesionó en Casa de las Américas el evento Casa Tomada, en su tercera edición. Un grupo de apasionados organizadores y hasta el mismísimo Roberto Fernández Retamar nos dieron la bienvenida a una Casa que, generosamente, abrió sus puertas a los jóvenes ávidos del necesario diálogo con sus homólogos latinoamericanos. Una mirada sobre la poética de otras culturas (hermanas, aunque no idénticas), sobre los obstáculos que debe salvar la creación, también, en materia de nuevas formas de circulación y consumo, el hecho ineludible de la transculturación, en pocas palabras, el abordaje de la América Latina toda y su Caribe en materia de movimientos sociales, comunicación, creación literaria y artística. Gracias a todos por compartir sus experiencias. En particular a Oliverio Coelho por su libro, a Jorge Alfonso por regalarme un pequeño ejemplar de cuentos y por hacerme reír con su lectura, a Claudio Gaete por ser el primero en presentarse, a Ahmel Echevarría (una vez más y nunca la última), a Yunier Riquenes y Naskicet Domínguez por www.claustrofobias.com. Al grupo organizador que hizo de casa un hogar por varios días y en especial a Caridad Tamayo, Arien González y Maité Hernández, gracias una vez más por la invitación y ¡me apunto para la próxima!

Temperamento en la Casa

jazzista Roberto Fonseca en Casa de las Américas
Foto: Beatriz Verde Limón

A quien no haya escuchado tocar a Roberto Fonseca le informo: tiene usted una asignatura pendiente. El pasado martes 29 de enero, en nuestra Casa de las Américas, nos reunimos unos cuantos junto a ese gran árbol de la vida que se impone sobre fondo negro. Fue preciso tenerle paciencia al calor sofocante de la sala, incluso algunos sentados en el suelo o recostados discretamente a la pared, para un concierto de casi dos horas donde lo mismo hubo enérgicos arranques que muy elocuentes pausas silenciosas. Hubo, por demás, experimentos de riquísima fusión sobre ritmos allende los mares, hubo sentidas letras en la voz de Danay Suárez, y Zalba con los vientos en temas que llegaron lejos, porque al final de cada uno de ellos -o de las descargas de cada instrumento- la gente no solo aplaudía con ganas sino que aplaudía sincero. En algún punto del concierto Roberto se levantó y se movió por el pequeño escenario, bailando y sonriendo con su gestualidad jocosa, se paró del otro lado y contempló cómo aquella máquina de jazz tronó largo en la batería de Ramsés. De más está decir que, salvo Zalba (por razones obvias), aquella gente sonreía mientras tocaba, como si cada uno se cayera dentro de sí mismo y, de paso, tirara de nosotros. Nosotros, como viviendo la música que nos estaban regalando. Fonseca, muy complaciente, le dio gusto al público, que pidió terminar a ritmo de funk-todos-de-pie-y-bailando, luego de haber reído con sus comentarios desenfadados, sus breves historias sobre la concepción de algunos temas y el olvido de dos o tres títulos -aunque no de las musas correspondientes-. Claro que le respondimos con aplausos al final del concierto, también cuando en una de las pausas pidió una reverencia especial para Haydée Santamaría, todavía más al salir, cuando nos dio en la cara el aire de mar y aún llevábamos pegada hasta los huesos esa inefable arquitectura del sonido: la de los grandes músicos de nuestra isla.