Volver a Flores

Reparto Flores, Playa
Foto: Dazra Novak

Hubo un tiempo en que Flores me recibía como un lugar lleno de promesas. Yo caminaba por su separador soñando, inventando historias, contando las palmas y los minutos. Fue un tiempo de sonrisas, aplausos, aventuras… y amigos. Fue un tiempo de amores. Flores fue tanto travesura como descubrimiento, una de esas épocas que solo son comparables a la magia de la adolescencia, donde se espera –por encima de todo-, donde se perdona –tan fácilmente-, donde se ama –más de la cuenta. Por eso recorrerlo, atravesarlo, es como volver a pisar un jardín que duele bien cuidado en el recuerdo, siempre verde y como en pausa, pero lejos, muy lejos de esta realidad de los pies. Ahora no le camino por el separador, uso las aceras, agarro por el borde y me escurro lentamente, camino rápido aunque le mire a los ojos –como hacen los púgiles valientes-, y no dejo que me alcance.

Velocidad de la 5ta avenida

5ta avenida, Playa
Foto: Dazra Novak

No es por los autos modernos; no es por los corredores que pasan con ropas y zapatos deportivos de marca y audífonos para no escuchar la realidad; no es por lo perros que echan en cara su pedigree y lo que valen desde que son meros cachorritos; no es por las rotondas-curvas-mansiones, ni por los precios o las distancias prácticamente insalvables a pie… Es la altanería de los pinos y su verde ceniciento y estirado de quien espera –nada más y nada menos- la nieve. ¿Nieve en la Habana? Sí, es el frío estirado de quien se recoge casa adentro –al llegar ese momento egoísta del invierno- y no le importa lo que pasa en la calle, es el semáforo programado para dejar cruzar solo-cuando-esa-luz-fría-dice-¡ahora! Y cruzo, asombrada por el último modelo, las copas de los árboles que por primera vez le ganan al cielo, la limpieza y esta velocidad rara avis en el ritmo de mi Habana.

Santa Catalina

Santa Catalina
Foto: Dazra Novak

Apenas he recorrido unas cinco veces –quizá menos- esta calle. Y siempre me provoca lo mismo: esa sensación de pisar terreno desconocido y a la misma vez familiar, como si una parte de mí –tan familiar como desconocida- hubiera desandado, varias vidas atrás, estas aceras con sus verjas enanas y sus casas hermosas y el andar lento de sus caminantes. ¿Caminantes? si algo se ha repetido por estas calles –en esas cinco veces- ha sido la escasez de transeúntes y mucho sol. ¿Casualidad? ¿momento del día? ¿época del año? ¿Cómo será cuando va cayendo la tarde, cuando va levantando el día? ¿cómo será el invierno bajo estos árboles, custodios incansables del asfalto? ¿será aún más triste el aguacero? ¿cómo será extrañarla si un buen día no se la viera más? Esa esquina del Fiore es famosa, me dicen. Por eso la miro, pero no entiendo, a mí no me dice nada. Y eso es justamente lo que más me entristece de las calles desconocidas, nunca sabré lo que pudo –pude- haber sido. Lo que más me alegra, en cambio, es todo lo nuevo que podría pasarme de un momento a otro en cualquiera de estas esquinas, según se las mire, según se las recorra, según la disposición a encontrar, al menos, un atisbo de lo que guardan.