Historias colgantes

letreros del teatro América y de la Casa de la Música
Fotos: Dazra Novak

Hay cientos de historias de la ciudad de La Habana que cuelgan, silentes, sobre nuestras cabezas. Personajes-testigo que nunca se cansan de inclinar sus largos cuellos y mirar hacia abajo como auscultando nuestro paso. Cables rotos, hierros histéricos, luces que no encienden ya. Quietos están, mucho dicen y bien poco esperan. Criada la fama, ahora lucen como durmiendo. Estas historias son Sigue leyendo “Historias colgantes”

Anuncios

Calle 30

calle 30
Foto: Dazra Novak

Me resulta curioso, considerando el no poco tráfico que la recorre, lo tranquila que es la calle 30. Podría decir, incluso, que en su estado natural prima el silencio. Sus vecinos, recogidos en casas grandes, aunque no tan alejadas de la acera, ni siquiera se asoman como en otros barrios a mirarnos a los transeúntes, qué hacemos, cuánto tiempo nos quedamos parados delante admirando este o aquel portal, este o aquel balcón que a lo sumo se elevará tres metros por sobre una calle donde no abundan edificios demasiado altos. Sigue leyendo “Calle 30”

A paso rápido

avenida de los presidentes
Foto: Dazra Novak

¡Rápido! ¡Avanza! ¿Ese hombre me estará siguiendo? Parece sospechoso sobre todo ahora que apura-el-paso-tras-de-mí-hasta… uf, qué alivio, pasa de largo como lo que es, un caminante más. No importa, ¡rápido! ahora no te detengas a mirar los graffittis que por aquí las mujeres debemos caminar rápido aunque sea a plena luz del día si no queremos vivir, de gratis, un mal rato. Esta es zona de tiradores –artífices del acoso-, hombres ¿desespero-descarados? que hasta caminando… psss, psss, se meten con una. Y más. No, no, por aquí no se camina de noche. Dicen que le llaman… ¿cómo le llaman a este lugar por donde transita tanta guagua, tanto taxi desde y hacia el aeropuerto, tanto almendrón hacia y desde 10 de octubre? Ah, sí, le llaman la potajera, la zona donde algunos hombres buscan amantes efímerocasionales, en plena madrugada, y encuentran también algún que otro problema en ese tropezón dura roca-tronco de árbol: billetera sustraída, pantalón descosido, zapato perdido… en el mejor de los casos. Claro que los tufos también declaran usos de baño público. Claro que esta foto la tiré y… ¡rápido! ¡avanza! ¡atraviesa el monumento hasta llegar al otro lado donde la calle G…

Ayestarán

calle Ayestarán
Foto: Dazra Novak

“Esta es una zona muy tranquila”, me dice la señora luego de haber contestado mi pregunta sobre la fábrica de embutidos y seguir hablando a lo cubano, sin parar, “imagínate que yo me mudé para Playa y después, volví a permutar para acá”. Por suerte entra en su edificio, apenas a unos metros de la esquina donde Ayestarán se cruza con 20 de mayo, dejándome a solas con este extraño lugar. ¿Qué rutas pasarán? ¿Circularán los almendrones? ¿Será caminable de día y de noche? Caigo en cuenta de que está toda arbolada y la sombra acompaña al caminante casi siempre, casi. La gente me mira curiosa: el viejo que está sentado en el parque, la dependienta de aquel bar donde hay pintado un dragón -¿también me mirará el dragón?-, el señor que cruza frente a la sede de Argos Teatro, y el chofer que viene desde la Plaza de la Revolución y suena el claxon para decirme… ¿cómo? Un poquito más allá comienza el Cerro, dicen, y uno borra automáticamente el “un poquito más allá” e interioriza solo ¡Cerro! El que tiene, entre otras cosas menos felices, la famosa llave. Pero al final sí parece que es tranquilo, aunque tenga al Latino un poquito más adelante. No obstante, Ayestarán no se parece a ninguna otra calle, no posee la locura de Monte ni la soltura de 23; le falta el insomnio de la calle G y la autonomía de Carlos III; nunca podría compararse con los ofrecimientos de Obispo y Mercaderes o lo histórico de Prado; ni siquiera podría soñar con igualar la pulcritud de Línea o pretender ser algo parecido a la misteriosa Reina; sus portales nunca serán corridos y concurridos como los de Infanta y, a pesar de ser movidita, si hablamos de ánimos, le gana San Lázaro; por suerte, a ella tampoco le hace falta la maraña de Neptuno. Ayestarán va a lo suyo: o te montas o te quedas, izquierda o derecha. La gente parece saber a dónde va, y no solo a qué horas es preciso llegar sino cuál es el camino más corto. Vía concentrada, metida en sus asuntos –y que a pesar de correr cercana a Boyeros, no siente celos de la velocidad de esta última-, calle/atajo para recorrer, donde solo nuestra especial atención develará lo que esconde.

Ánimo de hogar

Edificio en la esquina de Lïnea y 14, Vedado, La Habana
Foto: Dazra Novak

Este edificio en la esquina de Línea y 14, Vedado, -da lo mismo si voy de ida o de regreso- llama poderosamente mi atención. Si voy de mañana mi ánimo amanece tan solo de mirar esos tiernos balconcitos hechos de madera, delicadamente trabajada, que luce frágil y sin embargo carga con tanta teja, tantos años, tanto sol. Si voy al mediodía vuelve mi energía a amanecerse en esa sombra caprichosa conque árboles más o menos altos les refrescan. Si paso en la tarde, no sé cómo se las arreglan, pero ahí está de nuevo esa fresca sensación (como cuando hacemos tiempo bajo la sombra de un árbol muy frondoso) de que las horas no pasan, no hay un día tras otro porque es siempre el mismo día a la misma hora de los mejores recuerdos: y amanezco sonriente como en los cuentos de aquella infancia donde el protagonista –y el/la niño/a espectador, es decir, nosotros- terminaba casad/ con un/a príncipe/princesa… y feliz. Quizá porque los edificios de ahora me dan no sé qué: mientras más modernos, más fríos; mientras más elegantes, más respiración artificial; mientras más empinados, menos entienden que la existencia de los otros es a cada uno de nosotros lo que la vida misma. Y es que estos balcones se me antoja que pueden detener el tiempo. Me gustan porque son como el cuento que, antes de dormir, solía leerme mamá.

Calle Zanja

Calle Zanja
Calle Zanja / Foto: Dazra Novak

Zanja siempre me ha parecido una calle sin terminar. Un trabajo de construcción largamente postergado donde los habitantes, qué remedio, se han ido instalando en los sitios disponibles. Medio gris, solitaria –aunque transitada a la vez-, le llega algo de color cuando la cruzan transeúntes ataviados con nuestras típicas ropas veraniegas, cuando pasa un almendrón colorado o cuando el cielo se antoja de azul. Por suerte en la noche, allí donde muchas calles de la ciudad dormitan sin otra oportunidad bajo un precario alumbrado público, a esta vía se le disparan todas las luminarias. Todas. Entonces luce más limpia de lo que está, más inofensiva de lo que en realidad es, mientras una extraña frialdad la recorre con esa luz blanquísima que tiran las bombillas hacia todas partes (incluso, las partes menos partes). De noche hasta es grato recorrerla, si uno no va muy lejos y muy tarde no es. De día, cuando el sol llega lo más arriba posible, la calle Zanja es una tortura de calor agobiante al no encontrarse sombra en ningún lugar. A esas horas los largos muros que, pegados a la acera, abren sus bocas a solares y pasillos, se tragan a su gente para protegerlos del sol, para que duerman la siesta, para que no haya tanto curioso husmeando en sus secretos.

Calle 12

Calle 12
Foto: Dazra Novak

Como los de una niña que, en puntica de pies –igual que las bailarinas-, asoma la cabecita por la ventana, así se asoman mis ojos –apenas los ojitos de la niña- a lo empinado de la calle 12. Un recorrido breve desde el mar hasta el cementerio (dos expresiones diferentes para una sola muerte), con sus respectivas florerías al comienzo y al final del camino. Soy una niña golosa que se detiene cada vez, en mitad del recorrido, para saborear esos deliciosos churros rellenos de chocolate o leche condensada -¿me da otro, por favor?-, dando brinquitos sobre la cebra que lanza los dados cuatro veces sobre la calle 23 (mientras el conductor se burla de mí qué comemierdita la niñita, muy parecido a lo que dijo aquella pequeña a la que Onelio le contaba un cuento en El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano). Un juego de parchís entre el Cinecittá, La Pelota, la cafetería 23 y 12 y el edificio al que hace algo de tiempo se le derrumbó la escalera dejando a los vecinos encaramados allá arriba. Media vuelta casi al final para volver calle abajo, y lanzarse de nuevo: Ah… si tuvieras una chivichana -le dice esa niña a la mujer que soy.

Geografía cubana en movimiento

Centro Comercial Puentes Grandes, La Habana, Cuba
Foto: Dazra Novak

La geografía citadina, esa a la que le endilgamos lentitud e inmovilidad sin derecho a segundas oportunidades –cría fama y acuéstate a dormir-, a veces nos sorprende. De repente uno viene desde la Vía Blanca, después de pasar la Ciudad Deportiva, como quien va a seguir por la Avenida 26 hacia el Zoológico, o bien con intenciones de doblar izquierda para agarrar por la Avenida 51, y presencia una irrupción al costado de la vía. Algo más llamativo que la esperada luz verde del semáforo, que el tráfico abundante de almendrones y el típico avance apurado de los peatones que transitan cotidianamente esas aceras enida y vuelta. Una breve zona limpia que contrasta con la suciedad de ese tramo que dejamos atrás luego de las líneas del tren y el Hospital conocido como Clínico de 26. Fachada nueva allí donde tantos meses ¿años? antes hubo tapias de zinc y consigna sobre valla gigantesca, cuyas paredes recién pintadas lanzan un letrero que reza: Centro Comercial Puentes Grandes. Dicen que son los mismos productos que hay en todos lados –en estos tiempos al cubano le da por pensar que, como que es nuevo, venderán alguna otra cosa-, dicen que las cajas registradoras no son todo lo rápidas que deberían ser, dicen, que hay una sala para navegar Internet. Todavía no entro a probar, pero igual, se alegran mis ojos por lo de rescate que se advierte en la escena.

Centro Comercial Puentes Grandes, La Habana, Cuba
Foto: Dazra Novak

Calle 1ra

calle 1ra
Foto: Dazra Novak

Me dicen calle 1ra y pienso: sol, palmas, siempre al final de la calle o a uno de sus costados… el mar, el matadero, la Puntilla, el río y el mar, hoteles, casas castigadas por el salitre y más sol. Larga de recorrer, calle sedienta que en la tarde guarda unas sombras tristes y buzos que se tiran al agua y restos de edificios o casas en cuyos recintos enmohecidos incursionan las olas y entradas de rocas donde los adolescentes bajan a darse un chapuzón y los hombres solitarios perturban a las mujeres que simplemente se sientan a ver el mar, a recoger piedritas o caracoles, a pedirle a Yemayá algún permiso, algún favor, alguna gracia. Demasiada luz entre una hilera de palmas y otra de luminarias con una tendedera caprichosa de cables que parecen llevar la electricidad hasta las palmas quemadas, que resisten la acometida de los vientos caprichosos llegando del mar. Otra vez, el mar. Siempre, el mar. Ah… el mar tan necesitado de las islas.

Avenida 51 (fragmento)

avenida 51
Avenida 51 / Foto: Dazra Novak

Cesaba la lluvia y un cielo blanco y gris techaba la avenida con sus estrechas aceras. La gente comenzaba a desperezarse y salía a buscar ¿el pan, los mandados, el recado, la guagua? Mi cámara por fuera de la ventanilla era un evento sumamente sospechoso en esta vía tan accidentada por las curvas, tan recogida en sus fachadas tristes, deslucidas, agresivas, quizá, por la mala fama de los barrios adyacentes. Nadie me saludó con un gesto de la mano, nadie sonrió, solo miraron con el ceño fruncido. (La reputación de Puentes Grandes nunca ha sido muy buena que digamos y a lo mejor por ello las madres se alteran tanto cuando uno es adolescente y pide permiso para ir a un concierto en los Jardines de la Tropical, tan cercano a los otros, llamados de La Polar). La curva se deslizó suavemente por frente a la Papelera para después tomar impulso y subir, luego del puente, la parte más peligrosa, la que atravesará más adelante el barrio de La Ceiba. Avenida peligrosa al quedar cegados los conductores por ese antojadizo trazado que no permite ver, en ocasiones, los autos que vienen de frente. Yo tenía deseos de salir pronto, llegar antes, cuando doblé en la esquina de 54 a la derecha, sentí que volvía a respirar.