De los barrios

edificios de la calle San Lázaro
Foto: Dazra Novak

Muchacha Aline Marie, vi que ayer me comentaste esta foto, me dijiste: ¡es mi barrio! Y me removiste algo. Pensé en el hecho de que siempre me ha llamado la atención –al ser yo más animal de suburbio, animal de puerta retirada de la acera- la vida en estas partes de la ciudad. Partes, digamos, apretadas, donde la vida inhala-exhala a tramos cortos, a ritmo sostenido porque es más carrera de resistencia y no tanto de velocidad. Se me antoja que Sigue leyendo “De los barrios”

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Se dice

calle Colón y San Lázaro
Foto: Dazra Novak

y se comenta: “Ahora sí, que vengan ya que los estoy esperando”. Mientras otros afirman: “Falta poco para que la Habana se llene de rascacielos”. Oigo decir: “Ya era hora”. Mientras susurran: “Esta apertura…”. Y otros aseguran: “Están viniendo cada vez más turistas a ver lo que después ya no va a to be” (para nosotros: ni ser ni estar). Están los que se contentan con eso de que: “El malecón se llenará de hoteles y bares y restaturantes”. Aplauden ansiosos porque: “La Habana se llenará de luces… artificiales”. Dicen: “Menos mal” y a veces no se dan cuenta de que con el menos mal (tan necesario) también llega el menos bien, no se dan cuenta de que si la Habana se llena de rascacielos qué bonito pero qué igual a cualquier otra ciudad del mundo (a cualquierita), no se dan cuenta de que para mejor tener afuera hay que sembrar/cuidar lo que se lleva por dentro y más el cubano que padece de nubecitas en la cabeza que a veces no le dejan ver con claridad dónde pisa y por eso dice una cosa y hace otra, no llega o se pasa, se ríe cuando hay que llorar (y viceversa).

Personajes cubanos

calle san lázaro
Calle San Lázaro / Foto: Dazra Novak

A veces, cuando visto la piel de mis personajes, estoy en una casa de puntal alto dividida en decenas de cuarterías. La madera de la barbacoa cruje bajo mis pies. También cruje mientras bajo los precarios peldaños de madera y aparto la cortina de saco que tapa la mitad, solo la mitad, de lo que fue una gran ventana. Del otro lado hay más de edificio caído, otra pared gris, otra barbacoa. A veces me asomo al balcón con esa baranda a la que mejor no recostar los codos para mirar el tráfico, abajo, por donde pasa la vida silbando una cancioncita más o menos alegre. Es oscura la casa. Huele a cientos de años. Es ruidosa la casa: se siente la cafetera del vecino que está colando ya, la olla de presión en su riquirrás de frijoles negros, se oye a la mujer que le grita al marido, y el marido le responde a gritos también. Se oye la viga que bota hacia abajo un pedacito de techo. Es silenciosa la casa, un silencio como de queja, de herida que sangra. Las plantas, sin embargo, crecen abundantes en mis palanganas viejas y hasta en mi pedacito de alero. Alguien pone Radio Reloj y entonces el tiempo es más lento todavía. A veces, el humo de algún tabaco se mete dentro e inunda las baldosas pintadas con dragones, el fregadero lleno de tiestos porque no hay agua para fregar, el bombillo que da una luz penca, amarillita intermitente. Detrás, viene el olor a despojo con yerbas de vencebatalla, albahaca y yo-puedo-más-que-tú. Mujer que grita porque monta muerto. Aparato de fumigación. Personaje que huye… corre hacia la calle a hacer cualquier cosa: comprar cigarros, jugar dominó, pescar en el malecón, reírse de cualquier cosa que diga la gente. De cualquier cosa.

Calle Belascoaín

calle Belascoaín
Calle Belascoaín / Foto: Dazra Novak

Esta calle parece que sí, pero no. Su sesgo intrascendente me obliga a pasar de largo sin reparar mucho en lo que, como calle conocida de la Habana que es, seguramente tendrá para ofrecerme. Ni inhóspita ni segura, ni ancha ni estrecha, ni rápida ni demasiado soleada. Calle de paso. Ni en decadencia terminal ni en pleno auge. Aunque, eso sí, si es preciso recorrerla, mejor en la mañana cuando todavía hay fresco y la gente va pensando en todas las cosas y en ninguna. Tiene portales, pero casi nunca recuerdo lo que me pasa en ellos, tiene hermosos guardavecinos en los balcones, aceras breves adonde se arriman los autos y los bicitaxis, pasajes que recorro sin pensar. Esta calle es como esas construcciones de la Habana donde se invierten años de trabajo y tal parece que no estarán listas nunca. Siempre me digo, la próxima vez que suba desde San Lázaro hasta Carlos III, me voy a fijar bien en todo ¡en todo! Pero lo olvido, sé que hay timbiriches y bodegas, pasillos y merolicos sentados a ras de suelo mugriento, un chiflido, un frenazo, un caminar aprisa mientas medito sobre las cosas por escribir y cuando me vengo a dar cuenta, caramba, la tienda Yumurí, ya estoy arriba, se me acabó Belascoaín y me asalta de pronto ese sol radiante. Ahora viene la calle Reina, mejor poner atención de una buena vez.

calle Belascoaín
Calle Belascoaín / Foto: Dazra Novak

Calle San Lázaro

calle San Lázaro
Calle Sal Lázaro / Foto: Dazra Novak

Muchacha Jessica, eso que me dijiste cuando conversábamos en el bar Madrigal que la calle San Lázaro tenía una parte feliz y una parte triste, me dejó pensando. Al llegar a casa miré la foto que había tirado y sí, era la cara más bonita del recorrido, esa que no encierra ni siquiera la mayor parte. Impulsada por tus palabras asistí una vez más a su nacimiento en la calle Prado, entregándome al gris precario de sus edificios, a la mirada expectante de la gente. Hay un raro contraste entre los autos –hasta los almendrones compiten en esta categoría- y las fachadas, como si estos últimos quedaran siempre mejor parados, quizás por el color, quizás por la velocidad con que le ganan a esa triste realidad estática de las viviendas. Luego, cuando me pareció que iba a morir irremediablemente vencida por la angustia del paisaje, hubo una conversión, un maquillaje, algo de oxígeno que se inyecta en el Parque Maceo. Algo de humana resistencia que, dejado atrás el hospital Ameijeiras, va aumentando intensidad hasta adornar completamente la parte feliz. La parte donde por fin se respira. La zona donde se agradece que haya árboles, negocios, aceras más amplias sin peligro de balcones volantes por encima de nuestras cabezas, calle que se empina hasta dar con la Universidad. Hay una brisa discreta que me detiene en la colina y, cuando miro hacia atrás, reconozco que esta calle me ha dejado sin aliento. Y para colmo yo había olvidado, cómo es posible para una hija de isla, esa siempre posibilidad del mar.