Calle Belascoaín

calle Belascoaín
Calle Belascoaín / Foto: Dazra Novak

Esta calle parece que sí, pero no. Su sesgo intrascendente me obliga a pasar de largo sin reparar mucho en lo que, como calle conocida de la Habana que es, seguramente tendrá para ofrecerme. Ni inhóspita ni segura, ni ancha ni estrecha, ni rápida ni demasiado soleada. Calle de paso. Ni en decadencia terminal ni en pleno auge. Aunque, eso sí, si es preciso recorrerla, mejor en la mañana cuando todavía hay fresco y la gente va pensando en todas las cosas y en ninguna. Tiene portales, pero casi nunca recuerdo lo que me pasa en ellos, tiene hermosos guardavecinos en los balcones, aceras breves adonde se arriman los autos y los bicitaxis, pasajes que recorro sin pensar. Esta calle es como esas construcciones de la Habana donde se invierten años de trabajo y tal parece que no estarán listas nunca. Siempre me digo, la próxima vez que suba desde San Lázaro hasta Carlos III, me voy a fijar bien en todo ¡en todo! Pero lo olvido, sé que hay timbiriches y bodegas, pasillos y merolicos sentados a ras de suelo mugriento, un chiflido, un frenazo, un caminar aprisa mientas medito sobre las cosas por escribir y cuando me vengo a dar cuenta, caramba, la tienda Yumurí, ya estoy arriba, se me acabó Belascoaín y me asalta de pronto ese sol radiante. Ahora viene la calle Reina, mejor poner atención de una buena vez.

calle Belascoaín
Calle Belascoaín / Foto: Dazra Novak
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El cubano se cansa, pero no se rinde

calle Reina
Foto: Dazra Novak

Es propio del cubano la insistencia, el “jugar cabeza”, la segunda oportunidad… y la tercera. Es del cubano decir tiempo al tiempo y, aunque el mundo vaya por su lado uno seguir a pesar de todo por el camino que se tiene a mano, por el mínimo resquicio que la oportunidad siempre está dispuesta a darnos. Detrás de la sonrisa genuina que ofrecemos al extraño -ellos ni se lo imaginan-, a veces se esconde la más apremiante necesidad, la angustia por los años perdidos, por las separaciones y tantas cosas acumuladas que, si se mira hacia atrás, nadie entendería cómo llegamos donde llegamos. Pero el cubano no se rinde aunque nade contracorriente, aunque nade y nade frenado en el mismo lugar, aunque el final no se divise fácilmente. ¿Qué sería de nosotros sin ese vecino que, a pesar de todo, tiende la mano cuando menos lo imaginamos? ¿qué sería del cubano sin el amigo cubano siempre dispuesto, sin su propia disposición a ayudar desde lo más humano que lleva dentro? Eso, somos un pueblo que avanza lento y accidentado y tantas veces contrario al mundo, gente que humanamente se cansa, pero no se rinde.

Calle Reina

calle Reina
Foto: Dazra Novak

Remontar la discreta pendiente de la calle Reina es entrar al paraíso de las sombras. Hay siempre una mirada que nos persigue, que se pregunta –indaga con sus gestos-, qué hacemos allí. ¿Vienen a la tienda Ultra? ¿Necesitan algo de la ferretería? Hombres que se acercan y susurran ofertas variadas, compraventas que casi siempre terminan en grandes atracos. Amiga, ¿tienes una moneda? Es esta una calle para recorrer con pie ligero, presto al escape, es mejor si nos movemos constantemente, si no damos tiempo a las miradas perseguidoras y mejor vamos ojeando -a gran velocidad- sus otrora hermosas fachadas que hoy se desgajan como fantasmas de balcones, enrejados mugrientos, oscuros secretos resguardados entre columnas. Esta no es calle fácil ni siquiera para cruzar y los cláxones crean ese efecto de caos que tampoco explica cómo es posible que, a pesar de los pesares, todavía una fachada pintoresca nos sorprenda, emergiendo de la mismísima muerte, en medio de tanto gris. Pero no es la pedante insistencia de los portales por lanzarnos ese aliento enmohecido sobre la nuca lo que más me asombra, no, lo que me deja sin aire es precisamente que, después de tanta fachada corrompida, tanto comercio que se impone y tanta falta de Dios, uno encuentre una iglesia donde redimir los pecados.