Regla

iglesia de Regla
Foto: Dazra Novak

Tempranito en la mañana las calles junto a la iglesia de la virgen de Regla ofrecen un renovador recorrido, algo que asumo posible gracias a la proximidad de las aguas que han insistido en refrescarlas durante la noche. Repaso con la mirada la lengua de mar fresco y quieto por donde he venido, la boca de la bahía, la lanchita que se regresa con tripulantes que han corrido para alcanzarla antes de que zarpe una vez más, tras la insistencia de la campanita. Hoy no vine a la iglesia a pedir bendición ni permiso, no vine a arrebatarle ningún secreto de religión. Muy por el contrario, vine con otras ganas menos pedigüeñas. Vine porque sí. Algunas de estas calles me invitan a travesías fantasmas gracias a esa luz que a esta hora las sorprende por detrás, sin avisar, obligándolas a entrecerrar los ojos-persianas de sus ventanales descoloridos, rejas y balcones, madejas de cables eléctricos, gente que espera en la parada la llegada de algún transporte. Los colores saltan sin avisar entre fachadas que, hermanadas por esa cálida pared con pared, se reparten el color opaco del abandono –o quizá sea el castigo del sol quien las despinta. Me siento una intrusa que, en realidad, no soy tanto. Alguna vez estuve aquí, en la casa de Canet, junto al parquecito que al parecer en mi memoria había crecido y lucía más grande, tenía más árboles, más bancos, y cuando aquello, ni pensar que hubiera wi-fi. Paisaje marino asaltado por paisaje industrial de chimeneas, barcos de carga, geometría de los andamios empinados al cielo por entre ramas de árboles florecidos. A estas horas la gente se despereza con el mismo último bostezo de las calles, se lanzan a lo igual de todos los días que para mí, suerte que tengo, es completamente nuevo y disfrutable, tan deliciosamente asombroso como si Regla hubiera salido de un cuento.

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Paseo marítimo flotante

paseo marítimo
Foto: Dazra Novak

Junto a la Alameda de Paula, luego de salvar la Avenida del Puerto que velozmente le corre a lo largo y la separa de la bahía, es posible caminar sobre las aguas. Flotar mecidos por una caricia suave, húmeda, apenas perceptible bajo los pies. Paseo que, pareciera que no, pero se mueve. (A veces las cosas parece que no, pero se mueven). Deslizarse por la estructura de madera y metal que nos permite estar más cerca de los secretos hundidos en las oscuras aguas de la bahía, pedirle a la virgen, pagarle tributo, llorar su contaminación, llorar la nuestra, llevar unos tragos en botellas plásticas y sentarse sobre las tablas, conversar/quedarse en silencio, acostarse a todo lo largo y otear más arriba el cielo azul a ratos con nubes, mirar la otra orilla ahora con otros aires de animal insumergible, asistir a la evaporación de la tierra/pavimento, suelo-duro bajo nuestros pies aliviados al menos por unos minutos, seguir con los ojos la lanchita que va y viene (con gente que pide para allá y vuelve a pedir para acá), escuchar al custodio que asegura desde la garita donde hace guardia: “no se puede pasar en bicicleta”, ¿y los coches de bebé? “tampoco. Nada que tenga ruedas”. Esto-es-un-paseo-marítimo-solo-para-pies. Esto es un paseo marítimo solo para mecer los pensamientos que se cuelgan de las estructuras alzadas por todos lados prometiendo cambiar el panorama… algún día, las chimeneas histéricas de humo, los barcos pesados y somnolientos cargados o vacíos, da igual. Este es un paseo para dejar los pensamientos ahogados allí y volver ligeros, vacíos de tedio, con ojos limpios y el ahora sí, quizás, puede ser, ¿por qué no?