Faroles habaneros

farol en la pared
Foto: Dazra Novak

Para los primigenios habitantes de esta isla las primeras fuentes de luz fueron los cocuyos, las teas, las antorchas. Hasta que se abrieron paso, a través de la oscuridad y de los siglos, las velas de sebo o los velones nutridos con aceite de oliva importados desde Sevilla. Estos últimos, lujo de adinerados. Sigue leyendo “Faroles habaneros”

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Paradas necesarias

edificios de la calle Infanta, La Habana
Foto: Dazra Novak

Hagamos un alto, una parada. Preguntémonos si realmente estamos viendo lo que corresponde, y eso sería, en cualquier caso: la vida. Pasa que generalmente los ojos se quedan varados en las columnas sucias, la enredadera de cables y balcones y cuarterías y tendederas, en los restos de anuncios pegados, la gente que lanza improperios/ piropos cochinos o se la pasa sentada mirando/vendiendo cualquier cosa para sobrevivir… pañitos de cocina, discos, jabitas, baterías, inciensos, fosforeras (¿pa´ qué más candela?, llegué a preguntar una vez para luego arrepentirme). Casi nunca miramos las caras de los que esperan la guagua. Casi nunca preguntamos, de verdad, por la vida del otro. Vemos –y no vemos- las plantas creciendo caprichosamente desde los aleros, y las rajaduras de los arquitrabes y el derrumbe inminente y nos espantamos –sin que se note mucho el espanto- (nos espantamos de la zona donde vive el otro mientras el otro, por su lado, se espanta de la nuestra). Nos fijamos más en el moho y falta de pintura de las paredes, que en la existencia que transcurre entre ellas acomodada en el paso del tiempo, persistente ante el calor y las contrariedades, inevitable-frágil-tan-llena-de-posibilidades como suele ser la vida misma. Para esto sirven las paradas: hagamos una alto, raspemos la pintura con la cuchillita de los ojos para ver qué hay debajo y entonces, cuando veamos lo que corresponde: ayudemos al ciego a cruzar.

Edificio de la Embajada Rusa

embajada rusa en la Habana
Foto: Dazra Novak

Este edificio siempre me ha parecido insensible, desabrido, ajeno a nuestra geografía arquitectónica. Recuerdo que de niña fantaseaba asumiéndolo como una espada clavada en tierra sin otra función que la de intimidarnos, sobre todo por esa torpeza natural que emanan los gigantes. Yendo y viniendo por la 5ta avenida casi nadie repara en la ruptura que representa su esbeltez rectilínea en medio de esas líneas nobles por tantos árboles como hay en todo el separador de la vía rápida, por donde se reparten mansiones, embajadas y consulados, hoteles e iglesias. Esta edificación, sacándole al resto varias cabezas por encima, -puesto que ha sido concebida bajo otro idioma-, lo mira todo para no entender nada. No obstante, quizá porque su porte es majestuoso y autosuficiente, no puedo decir que es este un edificio feo, sino más bien solitario, casi ausente, ajeno a todo lo que acontece a su alrededor y prácticamente inaccesible, como una presencia con la que nadie cuenta (a fin de pagarle con la misma moneda). No sé, igual cada vez que paso lo miro, me da algo de pena y quisiera ponerle al menos un collar de flores, a ver si se alegra, sonríe, se embulla y nos cuenta algo, a ver si nos deja ver qué hay realmente en su inmenso corazón de piedra.