Fragmento de vuelo sobre mapa habanero

vista ciudad desde el Focsa
Foto: Beatriz Verde Limón

Es bueno a veces cambiar la perspectiva. Si es duro, difícil o imposible mirar a las cosas de frente, puede ser de gran ayuda buscar otro ángulo: invertir las polaridades, alzar el vuelo. Y mirarlo todo desde arriba. ¿Cuánto tiempo les llevó reconocer este pequeño trozo de la Habana? ¿Acaso este tramo no ha sido recorrido hasta el cansancio, hasta conocerlo de memoria? Y si lo sabemos tan de memoria, ¿por qué nos demoramos en reconocerlo? Porque nunca se llega a capturar las cosas tan a fondo: siempre hay una sorpresa escondida en algún lado esperando a que miremos con los ojos necesarios, los ojos admirados, los ojos aventureros. Es este apenas un pedacito del trazado caprichoso que juega a ubicarnos entre números y letras, con calles que recorren caprichosos ángulos que tantas veces no son rectos (para untarle al mapa algo de diversión), y para que nos desubiquemos de vez en cuando. Luego de ese reencuentro con la calle perdida conviene preguntarse: ¿es este realmente el camino que quiero recorrer?  Así se ve desde el edificio Focsa, como una ciudad de juguete, como esas maquetas de la localidad que hacíamos en la escuela para aprendernos calles, casas, parques y teatros de memoria, para que se sembrara en nuestra memoria limpia como una pizarra sin manchas, la piel de la ciudad.

Percepción de las casas

casita de madera en la Habana
Casita de madera en Playa / Foto: Dazra Novak

Hay casas que me resultan cálidas, inofensivas, acogedoras. Y esto me sucede sobre todo con las de madera, casitas concebidas quizá con la misma intención con que se escriben los cuentos para niños: objetos animados, animales que hablan el lenguaje de los hombres, breve moraleja al final. Pero también están las otras, las frías, inaccesibles, egoístas, casas concebidas quizá con esa crudeza con que se escriben los cuentos para adultos: hombres y mujeres cosificados, sentimientos ocultos, agónico y dilatado drama al final. Misteriosas y húmedas unas, expresivas y frescas las otras. Me es curioso además cómo las de madera casi siempre me reciben con una cerca o murito bajos que no ofrecen resistencia al intruso, mientras que las otras, aunque sus muros de piedra no ganen tanta altura, se muestran amenazantes cerrando el paso, incluso, al que viene en son de paz. Y justo allí, donde una muestra fragilidad y la otra fortaleza, yo puedo adivinar la de cosas que se le mueren dentro a esas casas inmensas con aires importados del viejo continente, hasta puedo escuchar el llanto triste por tantas cosas no dichas. Las de madera no, las de madera, aunque les esté rondando la muerte, te lo dicen todo desde que vienes llegando. Incluso antes de tocar uno intuye esa posibilidad de que nos abra la puerta un personaje desenvuelto, acostumbrado a la imposibilidad de guardar un secreto entre paredes de madera. Mientras que el otro personaje, probablemente gótico y con ojeras bajo los ojillos desconfiados, asuma que te acercas con la sola misión de robar los tesoros de sus centenarias gavetas. A estas alturas está claro que, allí donde las casas de madera aceptan humilde y naturalmente la finitud, las otras ofrecen resistencia empeñadas en probar que la eternidad existe. No obstante, me pregunto cómo será en verdad: ¿es el hombre quien hace las casas o las casas al hombre?

casona en Playa
Casona en Playa / Foto: Dazra Novak

Calle Neptuno

Calle Neptuno
Calle Neptuno / Foto: Dazra Novak

A menudo regreso de la Habana Vieja por la calle Neptuno. Allí, donde se cruza con Prado, no solo nace la ruta de los almendrones –taxis de diez pesos-, allí también se abandona la gracia maquillada de los hoteles y comienza a tejerse la madeja de balcones, cables eléctricos y polvo, como centenarios entramados de araña las fachadas y enrejados, las tiendas de viejo y en peso convertible, los negocios privados, los timbiriches, la gente cruzando, gritando, viviendo, los almendrones que avanzan en caravana lenta porque la estrechez de la calle no da para más. También porque la luz verde de los semáforos de Galiano, Belascoaín e Infanta son demasiado breves para tamaño trasiego. Hoy me di cuenta, la calle Neptuno es como una de esas mujeres cubanas que no paran de hablar. De tanto observar la calle Neptuno desde una ventanilla de almendrón siempre me tropiezo algo nuevo de lo que admirarme, algo viejo que busco y se derrumbó y se extraña, algo que no debería ser, y me entristece. Hay varios tramos de Neptuno –cuando demora más de lo normal mi/su peregrinaje urbano- que me asfixian, me conminan a apurar el final, a desear la buena noticia de, al fin: el Vedado. Pero cuando llego a la colina universitaria miro hacia atrás, no puedo evitarlo, me doy la vuelta y miro. Sé que no debería, pero lo hago, porque de pronto siento que la he perdido y la echo tanto de menos. Miro hacia atrás –mujer de Lot que soy- para comprobar si todavía está ahí. Qué alivio. Ahí está.