Decir en movimiento

letrero de automóvil
Foto: Dazra Novak

La Habana está llena de letreros. Más viejos o más nuevos. Políticos, sociales, mensajes de amor encerrados en una corazón de tiza, rayado sobre el muro, estampado ahí por los siglos de los siglos. Grandes letreros que algún día tuvieron luz en las noches cuelgan en las avenidas más concurridas y más viejas. Pequeñas lucecitas modernas anuncian por doquier Sigue leyendo “Decir en movimiento”

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Súbete

letrero de almendrón
Foto: Dazra Novak

Vamos, rápido, súbete, que todavía estás a tiempo. Huele un poco a petróleo pero, imagínate, no existe otra manera de burlar el tiempo. Cierra bien la puerta y, por si las moscas, no te le recuestes cuando doblemos en la curva. No te pongas los audífonos, que no, ¿nunca te han dicho que la ciudad también entra por los oídos? Si al chofer le da por poner regueattón o bachata yo le pido que baje el volumen, ¿te parece bien? Si no lo baja le preguntamos qué opina del pasado 17 de diciembre y te aseguro que apaga la reproductora y empieza a hablar. Es normal que sea difícil esquivar los baches, los almendrones son muy grandes y las calles nuestras… bueno, ya sabes, las calles nuestras son como la superficie lunar. El traqueteo de huesos es inevitable, así como no te prometo que se abran las ventanillas, por eso mejor nos sentamos en el asiento de atrás, se va más cómodo ahí desde que solo montan tres pasajeros, además, el aire siempre entra por algún lado. Mira hacia afuera, pero también mira a los que están junto a ti, ah, si pudiera saber lo que llevan en sus cabezas en ese momento en que los edificios pasan velozmente en sentido contrario, a veces más lentos. Disfruta el viaje, pero trata de pensar por un segundo cuando este Chevrolet era nuevo y lujoso, piensa en lo mucho que ha vivido, en los kilómetros y años recorridos y en cómo contamina el ambiente pero también, qué contradicción, nos salva el transporte: supongo que nada es perfecto. Estas carrocerías son tan duras que, si el chofer maneja como es debido, uno se siente doblemente a salvo. Eso sí, cada vez que se monte alguien dale los buenos días, alto, para que se oiga como lo que es, una nueva campaña de alfabetización, así vas contagiando a todo el mundo y para cuando te bajes, puede que el chofer hasta te desee un buen día. Ten paciencia con esto último, pon de tu parte, anúnciale con tiempo dónde te vas a bajar para que no haya frenazos bruscos. No le pagues con el auto en marcha, por el bien de todos mejor que sus manos estén ocupadas con el timón. Si se va a montar alguna viejita ayúdala con los bultos, déjale que suba antes si tú te quedas primero, ¿cómo esperas recibir si no das de ti? Lo demás ya te lo cuento por el camino, hay cosas que no pueden planificarse desde el principio. Vamos, súbete ya.

Calle San Lázaro

calle San Lázaro
Calle Sal Lázaro / Foto: Dazra Novak

Muchacha Jessica, eso que me dijiste cuando conversábamos en el bar Madrigal que la calle San Lázaro tenía una parte feliz y una parte triste, me dejó pensando. Al llegar a casa miré la foto que había tirado y sí, era la cara más bonita del recorrido, esa que no encierra ni siquiera la mayor parte. Impulsada por tus palabras asistí una vez más a su nacimiento en la calle Prado, entregándome al gris precario de sus edificios, a la mirada expectante de la gente. Hay un raro contraste entre los autos –hasta los almendrones compiten en esta categoría- y las fachadas, como si estos últimos quedaran siempre mejor parados, quizás por el color, quizás por la velocidad con que le ganan a esa triste realidad estática de las viviendas. Luego, cuando me pareció que iba a morir irremediablemente vencida por la angustia del paisaje, hubo una conversión, un maquillaje, algo de oxígeno que se inyecta en el Parque Maceo. Algo de humana resistencia que, dejado atrás el hospital Ameijeiras, va aumentando intensidad hasta adornar completamente la parte feliz. La parte donde por fin se respira. La zona donde se agradece que haya árboles, negocios, aceras más amplias sin peligro de balcones volantes por encima de nuestras cabezas, calle que se empina hasta dar con la Universidad. Hay una brisa discreta que me detiene en la colina y, cuando miro hacia atrás, reconozco que esta calle me ha dejado sin aliento. Y para colmo yo había olvidado, cómo es posible para una hija de isla, esa siempre posibilidad del mar.

Calle Infanta

Infanta y Neptuno
Infanta y Neptuno / Foto: Dazra Novak

La calle Infanta, en ese pequeño tramo que va desde el semáforo de San Lázaro hasta el semáforo de Carlos III, no es fácil de cruzar. Uno no sabe a ciencia cierta si es el almendrón, el bicitaxi, la guagua o el Lada quien se le encima alevosamente a los peatones que intentan cruzar, o es la gente imprudente y provocadora la que se lanza sobre los vehículos con toda la prisa del mundo, como si la gestión por la que se sienten apremiados realmente no pudiera esperar más. ¡Hay que cruzar! ¡Hay que cruzar! Entre auto y auto en movimiento avanzaremos en zigzag hasta alcanzar el otro portal oscuro y mugriento que tampoco será hospitalario, ni benévolo, ni limpio, ni seguro. La calle Infanta se cruza como si la vida dependiera de ello, como si un segundo más ya viniera a ser demasiado tarde. Demasiado. Y es que esta calle no está hecha para el tráfico de gente, no hay pasos ni semáforos peatonales, es una vía que prioriza a los autos y por eso mejor andarse con cuidado, porque a la hora de los mameyes ya veremos qué carrocería carga las culpas. Ojo, mucho ojo, miren para los dos lados, no esperen a que esté vacía, -porque nunca lo estará y entonces no cruzarían nunca-, avancen ahora que la virgen del Carmen los está mirando desde allá arriba, pero igual crucen con cuidado, porque tanto ruido como tiene esta calle no sé si la voz de ustedes se escuche clara allá arriba. La verdad, no lo sé.

Calle Neptuno

Calle Neptuno
Calle Neptuno / Foto: Dazra Novak

A menudo regreso de la Habana Vieja por la calle Neptuno. Allí, donde se cruza con Prado, no solo nace la ruta de los almendrones –taxis de diez pesos-, allí también se abandona la gracia maquillada de los hoteles y comienza a tejerse la madeja de balcones, cables eléctricos y polvo, como centenarios entramados de araña las fachadas y enrejados, las tiendas de viejo y en peso convertible, los negocios privados, los timbiriches, la gente cruzando, gritando, viviendo, los almendrones que avanzan en caravana lenta porque la estrechez de la calle no da para más. También porque la luz verde de los semáforos de Galiano, Belascoaín e Infanta son demasiado breves para tamaño trasiego. Hoy me di cuenta, la calle Neptuno es como una de esas mujeres cubanas que no paran de hablar. De tanto observar la calle Neptuno desde una ventanilla de almendrón siempre me tropiezo algo nuevo de lo que admirarme, algo viejo que busco y se derrumbó y se extraña, algo que no debería ser, y me entristece. Hay varios tramos de Neptuno –cuando demora más de lo normal mi/su peregrinaje urbano- que me asfixian, me conminan a apurar el final, a desear la buena noticia de, al fin: el Vedado. Pero cuando llego a la colina universitaria miro hacia atrás, no puedo evitarlo, me doy la vuelta y miro. Sé que no debería, pero lo hago, porque de pronto siento que la he perdido y la echo tanto de menos. Miro hacia atrás –mujer de Lot que soy- para comprobar si todavía está ahí. Qué alivio. Ahí está.

Calle Monte

calle Monte
Tomada de panoramio.com

como una lengua áspera la calle Monte, oscuridad de túnel que respira hollín, promesa de tiempo vivido intensamente, gente que camina deprisa y, sin embargo, está el hombre que se acoda en la columna y exhala el humo despacio, lo mira todo, transeúntes que van y vienen, un cartel me sorprende con un mundo de maravillas, me pregunto si funcionará cuando se vaya la luz del día, Monte de enredaderas de cables, de polvo y negocios, timbiriches y restos de tiendas por el lujo abandonados, claxones infinitos quejándose del embotellamiento por decenas de autos viejos, eco de los silbidos que trastabillan de columna a columna en una queja que no es tal, sino resignación de vida, a ratos se cuela por los largos portales, portales que corren respetando las curvas suaves del asfalto y parece que se nos vienen encima, niños que gritan, más polvo y más oscuridad, más claxones, más improperios al conductor adormecido, Monte temprano en la mañana es una caravana que no termina nunca, una larga cola que vuelve a repetirse en cada hora pico, pero un recorrido a pie, en cambio, es una aventura donde todos son sospechosos de algo y hay que agarrar el bolso y andarse con cuidado, revisar el vuelto, llevar el ojo alerta, el corazón solo con los latidos necesarios y si fuera posible, guardarlo todo, todo, en la memoria, porque Monte luce esa magia tremenda de selva que, de tan emancipada, se me antoja peligrosa.