Paseo marítimo flotante

paseo marítimo
Foto: Dazra Novak

Junto a la Alameda de Paula, luego de salvar la Avenida del Puerto que velozmente le corre a lo largo y la separa de la bahía, es posible caminar sobre las aguas. Flotar mecidos por una caricia suave, húmeda, apenas perceptible bajo los pies. Paseo que, pareciera que no, pero se mueve. (A veces las cosas parece que no, pero se mueven). Deslizarse por la estructura de madera y metal que nos permite estar más cerca de los secretos hundidos en las oscuras aguas de la bahía, pedirle a la virgen, pagarle tributo, llorar su contaminación, llorar la nuestra, llevar unos tragos en botellas plásticas y sentarse sobre las tablas, conversar/quedarse en silencio, acostarse a todo lo largo y otear más arriba el cielo azul a ratos con nubes, mirar la otra orilla ahora con otros aires de animal insumergible, asistir a la evaporación de la tierra/pavimento, suelo-duro bajo nuestros pies aliviados al menos por unos minutos, seguir con los ojos la lanchita que va y viene (con gente que pide para allá y vuelve a pedir para acá), escuchar al custodio que asegura desde la garita donde hace guardia: “no se puede pasar en bicicleta”, ¿y los coches de bebé? “tampoco. Nada que tenga ruedas”. Esto-es-un-paseo-marítimo-solo-para-pies. Esto es un paseo marítimo solo para mecer los pensamientos que se cuelgan de las estructuras alzadas por todos lados prometiendo cambiar el panorama… algún día, las chimeneas histéricas de humo, los barcos pesados y somnolientos cargados o vacíos, da igual. Este es un paseo para dejar los pensamientos ahogados allí y volver ligeros, vacíos de tedio, con ojos limpios y el ahora sí, quizás, puede ser, ¿por qué no?

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Alameda de Paula

Alameda de Paula en la Habana Vieja
Foto: Beatriz Verde Limón
Niños jugando en la Alameda de paula en la Habana Vieja
Foto: Beatriz Verde Limón

La Alameda luce como un niña burguesa, vestida con ropas de encaje, mientras la niña de al lado, ese terreno que corre al borde de la bahía mugrienta y que funcionó alguna vez para la aduana, muestra sus harapos manchados de petróleo, cayendo en jirones de acero sobre sus piernas. La Alameda de Paula luce como acabada de hacer, marcada por dos puntos de ocio y fe, a un extremo el hotel Armadores de Santander y por el otro la iglesia de San Francisco de Paula, y siempre que la recorro me pregunto, después de su restauración, cómo habrán sobrevivido sus verjas a la gente de los barrios que la rodean, tan acostumbrados al pillaje versus propiedad social en solapada venganza. Un niño empina su papalote y cuando le da el sol es como esa promesa de vida, quizás por eso la gente se sienta allí en las tardes. La alameda atrae a la cavilación, por la alameda uno traza una elipse para encontrarse con el tiempo. Pero qué es una alameda sino un homenaje al acto de promenade, al hecho de saberse quizá observado por los otros en esa búsqueda inagotable de un nuevo ideal, al hecho de otear las vidas ajenas o darle rienda suelta a las ideas, cocinar un texto o llamarse a la vida ascético-espiritual. La Alameda es como ese cadáver extraviado del poeta, un paseo para rapsodas y hombres donde, si se aguza el oído, puede escucharse la voz de Heredia: ¿Tanto cuesta el morir? La tumba yerta/ está a las almas grandes siempre abierta, y es/preferible a esclavitud tan triste.