Prado

Prado
Foto: Beatriz Verde Limón
prado
Foto: Beatriz Verde Limón

Desde arriba, donde converge con la calle Neptuno, no se ve el mar. Los árboles del paseo del Prado forman a partir de allí una capilla sixtina, crecen en dos filas paralelas convirtiendo el paseo en una lengua de sombra –que tanto se agradece en agosto- un rastro custodiado por ese verde que crece a uno y otro lado extendiendo sus ramas cual brazos largos que, al encontrarse, se tocan con la punta de un dedo. Por el centro del paseo uno camina a sus anchas, como un tuareg dando vueltas en medio del desierto oteando los bancos como escondrijos oportunos para los amantes, los viejos, los trafagadores de todo tipo de cosas. La Habana es una ciudad de traficantes, espías y voyeurs y en el paseo del Prado pueden admirarse fácilmente sentados en los bancos, caminando a pasos lentos. Sería sano admitir que hay momentos en que uno se confunde y no se sabe a ciencia cierta dónde termina el voyeurismo y empieza el verdadero espionaje. Para el que no la debe y por fuerza no la teme el paseo en las mañanas es un buen ejercicio para despertar. Hay niños haciendo Educación Física, esa asignatura de juego tan divertida, hay gente que va y viene apurada, forasteros que deambulan y los sábados, allí donde se cruza Prado con la calle Colón, mucha gente se reúne con sus ofertas de casas y apartamentos. En las mañanas los barrenderos limpian de hojas secas el suelo, pero encontrar un banco limpio no es tarea fácil, hay muchos con tufo a orines y otros flujos menos urgentes, los de más abajo ya no tienen árboles sino que están a cielo abierto. En las tardes el tráfico de autos con sus viejos motores crea un ambiente de rugidos tal que a uno se le antoja que los leones del Prado padecen un animismo feroz, o quizá vengan a quejarse de la pollution en esa zona tan concurrida, o quizás sea que Prado tiene demasiada vida y no le queda más remedio que hacer uso de ella, a lo grande, como si se estuviera en una plaza de toros.

 

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Sácale brillo al piso, Teresa

mujer escobasSácale brillo al piso, Teresa, dice en uno de sus temas Pacho Alonso. Quizás los más jóvenes no recuerden la canción, pero sí habrán padecido las órdenes de mamá, sobre todo el sábado por la mañana, cuando uno quiere seguir durmiendo porque, al no haber escuela, no hace falta levantarse temprano. No hace falta, pero la vieja insiste, ¡de pie, que hoy es sábado, hoy es día de limpieza! En general es así, el balde, la escoba, el haragán, y echa más agua, ¡echa más! En realidad nos gusta el baldeo, por eso es tan común ver las aceras mojadas no solo los sábados, sino entre semana –aprovechando el día en que viene el agua-. Tanto es así que en algunos barrios es preciso andarse con cuidado, porque te mojan la ropita de salir y no precisamente con agua limpia. Incluso las familias que pueden darse el lujo de una doméstica, como está ocurriendo de un tiempo a esta parte, saben lo que es dar escoba de atrás para adelante, fregando los rodapiés, corriendo los muebles, sacando el agua de la sala para el portal, o el balcón. Hay, incluso, quien trapea la acera correspondiente. De todo esto puede deducirse que el cubano, en su mayoría, aunque latoso, exagerado y criticón, es limpio por naturaleza. Pobre, pero limpio, reza un dicho popular como lema para muchos, justamente esos que saben que la carencia no es directa ni indirectamente proporcional al agua y la escoba, a esa frescura que se respira luego de un rotundo baldeo. A ver, díganme, ¿qué cubano no se ha partido el cuello mirando alguna cubana barrer agua? Porque el baldeo, de tan practicado, también tiene background e indumentaria propia: shortcito corto –mientras más corto, mejor-, blusita vieja preferiblemente amarrada bajo los senos y alguna orquesta sonando detrás. Sonando alto –la orquesta de turno o algún viejo track que la memoria rescata-. A ver, díganme, ¿qué cubano no se ha mojado los pies, al menos una vez en la vida, meneando el esqueleto con una escoba?

Aguacero

Habana Vieja, niño, aguacero
Foto: Desmond Boylan

Me lloví, te lloviste, nos llovimos aquel día, ¿te acuerdas?, nos quitamos los zapatos y cuando ella dejó de vigilarnos nos fuimos al aguacero, pero el disimulo no nos duró mucho, porque la alegría fue tanta cuando nuestros pies descalzos chapotearon por toda la acera hasta la calle, más y más lejos, adonde su regaño se hacía de agua y no nos podía agarrar del brazo con el pretexto de la garganta, la neumonía, la escuela al día siguiente, la mugre de la calle pegándose en nuestras piernitas, y mientras, nosotros haciendo verónicas a los autos que pasaban despacito gritándonos ¡locos, que con truenos uno no se mete con la lluvia!, ¿te acuerdas?, les respondimos con risas, palmadas, griticos inocentes de locos bajitos que éramos dando golpecitos en el maletero, pegando la cara a los charcos para medir el tamaño de las coronas de agua sucia cuando caían los goterones, y el rostro de ella tras la ventana oteando en nuestra felicidad, extrañando sus propios pies descalzos, esperando a que escampara para venir a zurrarnos, cosa que demoró porque alguien lanzó una pelota y ya le dimos patadas hasta cansarnos, tenías la cara chorreada, me acuerdo, los pelos pegados en la frente, la ropa chupando el cuerpo, éramos flacos y cabezones, éramos testarudos, éramos un mismo grito pelado gozando en plena calle, en medio de los locos que salieron de todos lados y jugaron con nosotros, ellos también con toda una vida chiflada por delante, creo que en algún momento sentí frío, pero no me importó, pasó un zapato flotando y nunca supimos de quién era, fue en esa bici donde me hice la herida cuya marca me acaricio a cada rato (cuando no estoy pensando en nada), nos la turnamos, pero era mejor chapotear, mojar al otro, gritar, encogernos cuando se corrió la cortina de agua, cuando volvieron a verse los colores de las casas y se apagó el traqueteo de la lluvia sobre las tejas quitándose las nubes de en medio, ¿te acuerdas?, en Cuba siempre es así con el tiempo, te ovillaste con el fondillo pegado al charco y cerraste los ojos para aguantar el manotazo, los primeros mocos fueron por la paliza, los segundos, por el catarro. No sé si allá, adonde te has ido ahora, la lluvia será la misma. No lo sé, pero aquel día nos marcó para siempre ¿te acuerdas?

Manzana de Gómez

Manzana de gomez
Foto: Beatriz Verde Limón
manzana de gomez
Foto: Beatriz Verde Limón

La Manzana de Gómez es una ciudad Gótica dentro de la ciudad vieja, un cuerpo de edificio que desde el veterano siglo XIX tuvo dentro bufetes de abogados, oficinas consulares, comercios y demás. Hoy sigue estando enclavada en una de las zonas más visitadas por cubanos y paseantes extranjeros, ahora con un oscuro velo de hollín y mugre, una viuda que abre sus verjas solo durante el día. Enmarcada por las calles San Rafael y Neptuno, Monserrate y Zulueta, la Manzana se lo traga a uno por sus pasillos dispuestos en diagonal, colosales gargantas oscuras llenas de tuberías que serpentean sobre las vidrieras de las tiendas, una vieja ciudad de cómic donde el héroe, o quién sabe, el villano, lanza un cabo de cigarro y bien puede caernos en la cabeza. A las ventanas desprovistas de cristales se asoman seres igual de oscuros, miran al visitante con rapidez de vampiro que le teme al sol y vuelven a esconderse. En el centro mismo de la Manzana, a cielo abierto, una estatua de Mella recibe al sol a la hora del mediodía en punto. Cuando hay mal tiempo llueve dentro de la ciudad Gótica, una Wall Street fantasma con tiendas a precios bajos y mercadería de calidad dudosa, y olor a humedad, esa, por el agua que corre cuando llueve y arrastra polvo hasta los desagües. En las boutiques pocos pueden darse el lujo, existen como ironía para la vida del cubano real, ese de carne y hueso que vive del salario y solo entra a mirar. En nuestra Gotham City hay restaurantes y cafeterías, bastante limpias algunas, enclavadas en los mármoles del suelo, manchados estos, y grises, vendedores de portal que ofertan panes con jamón abanicados con cartones para que las moscas no se posen en ese segundo de descuido que siempre llega. No sabría decir si la Manzana de Gómez vive o sobrevive, si está próxima a ese derrumbe por el paso implacable del tiempo y de la historia, o en cambio respira algo de vida, porque cuando uno se para en la encrucijada de sus calles interiores y mira hacia arriba, aún se ve un trozo de cielo.

10 creencias del cubano

1- El cubano cree en la Virgen de la Caridad, en los güijes, los ancestros y y de un tiempo a esta parte, en el tai chi. El cubano se cree una pila de cosas.

carnavales
Foto: Roberto Suárez

2- El cubano cree que todas se las sabe. Y es que los cubanos saben de todo, hasta de aquello que nunca vieron sacan en limpio alguna teoría para impresionar al prójimo.

3- El cubano cree que la isla es la medida de todas las cosas, piensa que El mundo = Cuba + todo lo otro.

4- El cubano cree que la madre es lo más grande, de ahí que mentar la madre sea una de las peores ofensas.

5- El cubano cree que la cola es la única manera de organizar las cosas, al punto de irse a las manos cuando alguien no respeta el turno. Incluso cuando no hace falta siempre llega uno y pide el último.

6- El cubano cree que la vida es una sola y hay que vivirla a lo grande, por eso los carnavales, el dominó, arroz con frijoles, tamales y carne de puerco. Por eso: Havana Club.

7- El cubano cree que el extranjero no sabe nada de nada pero sobre todo cree que es sordo, por eso le grita cuando le habla.

8- El cubano cree que no es bueno andar solo, por eso cuando ve a alguien aislado primero habla del tiempo y después ya no se calla.

9- El cubano cree en la pedagogía, siempre está dispuesto a meterse en tu vida con el mejor consejo.

10- El cubano cree que un mundo mejor es posible, tú verás que sí, tiempo al tiempo.

11- El cubano se pasa.

La Rampa

La Rampa
Foto: Beatriz Verde Limón
La rampa
Foto: Beatriz Verde Limón

Antes de cruzar la calle L uno mira derecha e izquierda, nada por aquí, nada por allá y del sombrero del mago sale una luz verde que dice: ¡ahora! Entonces uno cruza, ni antes ni después, con ánimo rampante hacia abajo –hacia abajo todos los santos ayudan-, para ver la gente, qué pasa, la última moda, el amago de artesanías, los edificios burocráticos donde pululan funcionarios entre bostezos, una cola para algún casting y del sombrero del mago sale incluso el piano de Harold López Nussa y uno va saltando de una acera a la otra con ritmo bien cubano, Bailando suiza. No más mi pie sobre un cuadro de Antonia Eiriz y alguien me imita del otro lado sobre Antonio Vidal –basta que lo haga uno para que lo hagan los demás-, así vamos a ver quién pisa más cuadros y siempre está el que nos mira como diciendo, qué manera de comer mierda, primero porque no sabe que las aceras de la Rampa son una exposición permanente de obras y también por ese derecho que se arroga cada cubano al opinar sobre el proceder ajeno. Rampeando por su respeto la gente pisotea a diario cuadros de Lam y de Mariano en lo que va y viene del malecón, compra chucherías en la feria y entra a ver qué de nuevo en el Pabellón Cuba. Y entonces, ¡pácata!, pisan otro de Raúl Martínez. El cubano ya no precisa remedio chino. ¡Azúcar!, diría Celia Cruz si pudiera salir del sombrero del mago un sábado por la noche y ver lo que se ve en la Rampa nocturna, pasarela de pubertades en pleno ejercicio de su libertad sexual. Si el policía batiera su porra en una esquina sería por gusto, porque a la Rampa se va a eso, a rampear, a visitar los clubes nocturnos, a salirse del plato para decir al otro día en la secundaria o el pre: me fui a la Rampa, ¡me dieron permiso hasta las doce! A la Rampa se va a coger impulso, a ligar, a tomarse un helado en el Bim Bom o sentarse en la fuente porque el dinero no nos alcanza. A veces del sombrero del mago sale un piquete de amigos y así es como a uno le sorprende el amanecer en el malecón habanero.

Remedios

Remedios, ParrandasÉramos en total cuarenta y cuatro locos, acabados de bajar del camión luego de cinco horas de viaje. Con nuestras respectivas mochilas y sin un lugar donde quedarnos nos abrimos paso hasta los tanques llenos de hielo troceado, las cajitas de congrí, los lechones asados que lucían su lomo brilloso en cada esquina. Había, a cálculo de asombro, más de cinco mil personas en el parque, justo en medio de las dos iglesias. Como cada 24 de diciembre el pueblo se dividía en dos bandos con sus respectivas carrozas, los sansari del barrio de San Salvador enfrentados a los carmelitas de la gente del Carmen: la parranda que complementa la misa de aguinaldo.

-¡Qué linda la cosa esa! –exclamó Betty señalando aquel andamiaje, aún sin iluminar, que casi sobrepasaba la torre de la iglesia.

-Eso no es una cosa –argumentó Lolita, fiel a San Salvador-, eso es un trabajo de plaza, y es el más lindo del mundo.

El de nuestra derecha era un copo de nieve, el de la izquierda un ave con las alas extendidas. Así se fueron iluminando por partes, (y se quedaron alumbrados toda la noche) el-centro, las-alas, los-copos, la-globa, repasando las formas con luces de colores, imprimiendo en nuestras retinas aquello que, de tan descomunal, no se creían nuestros ojos. Los fuegos artificiales anularon las estrellas y comprendimos, con las mochilas por tierra y nuestros rostros vueltos al cielo, que aquellos sombreros que habíamos comprado no se vendían por gusto. Los nativos se habían guarecido bajo los portales mientras a los neófitos nos caían birutas, hollín y algunos trocitos aún encendidos. Una hora después logramos abrirnos paso hasta la glorieta, pensando que desde allí se podrían admirar los fuegos con algo de tranquilidad, pero la diversión de los más pequeños es recoger los voladores fallidos y hacerlos tronar (obligándote a dar salticos involuntarios). La diversión de los más grandes, por otro lado, es abuchear al barrio contrario, si bien de manera inofensiva, pero a gritos. Cualquiera pensaría que Remedios es como otro carnaval, conga, baile, cerveza. Nada que ver, la parranda es algazara, explosiones, ¡ruido! A eso de las cuatro de la madrugada nos mudamos hacia lo que viene siendo el fondo del parque. Nos tiramos en el suelo, vencidos nuestros cuerpos por las horas de viaje y el peso de las mochilas. Un rato después saldrían las carrozas con sus estandartes, el gallo de San Salvador, el gavilán del Carmen. Fue entonces cuando los fuegos nos develaron la Estatua de la Libertad de Remedios, con la antorcha en una mano y la espada en la otra. No nos dio tiempo a mucho asombro:

-¡Ahora viene el fuego cruzado! –gritó alguien.

Los bandos se agazaparon en sus trincheras, protegidas con cercas a modo de talanqueras, y tiraron al otro lado dejando una humareda sobre el parque, ahora casi vacío. Avanzamos en retirada sorteando los morteros junto a la iglesia, algunos de nosotros comiendo el último pan con lechón, otros lavándonos los dientes. A las siete de la mañana, mientras se alejaba el camión con nuestros cuerpos muertos de sueño unos sobre otros, Remedios exhalaba una gran columna de humo. Hasta que desapareció el pueblo me regodeé oteando un poco más, a través de una hendija, con esos ojos desorbitados de quien ha vivido algo grande.

Malecón

Malecón habanero
Malecón habanero

Caminar por el Malecón es, salvando las distancias religiosas, como ir la meca, es preciso hacerlo al menos una vez en la vida para poder llamarse meritoriamente habanero. La gente que va al Malecón es curiosamente variada, no hay que ser muy listo para darse cuenta. Hasta el muro se llega para algo tan sencillo como contemplar el mar, beber un trago o una botella, enamorar a alguien –sin distinción de sexo ni color– o exhalar las penas. Incluso para los foráneos el Malecón suele ser una atracción típica, una mezcla tan impredecible como el cubano mismo. A lo largo de esos nueve kilómetros una mujer puede ser piropeada o acosada con la misma intensidad, como también está el cubano anti-malecón, aquel que vilipendia el muro por la sencilla razón de que no lo rodean las sospechosas aguas de Venecia ni el Mediterráneo, y si algo de negro ha de tener nunca será el Mar Negro sino los negritos de Centro Habana que van a darse un chapuzón a pesar del oleaje y todo lo demás. Al Malecón se llega en carro, en guagua, en bicicleta, en botella, a pie, poco importa cómo pero se llega, y uno se arrima al muro como a una tabla de salvación. Incluso hay días en que el oleaje es tan fuerte que parece que la isla se mueve y uno se marea, y hasta cambia de rumbo y uno se pregunta si esta isla va a alguna parte y de buenas a primeras el de al lado, que está en lo mismo, asegura que él sí se va pero entonces pasa alguien vendiendo chicharrones y nos disocia tanto. Según Dulce María Loynaz el Malecón es una horrible cinta apretando el mar donde hasta principios del siglo XX solo había una lengua de agua lamiendo a su antojo el arrecife costero de Centro Habana, del Vedado y más allá, para después convertirse, curiosa la vida, en un tema mucho más recurrente que la Yolanda de Pablo Milanés, que ya es mucho decir. ¿Por qué tanta canción, tanto poema, cuadro, foto al Malecón habanero que hasta en los clásicos de nuestro cine y más allá? Por aquello de que “el cubano se la inventa en el aire” no debería ser, en teoría, falta de imaginación, más bien una necesidad de alabar lo que nos define, palpar el borde de las cosas, la cosa en sí, el sentido de pertenencia que crece desde los lugares más insospechados, el decir yo también tengo una Tour Eiffel, una Estatua de la Libertad, un Big Ben, una Muralla China, incluso con esa cursilería que nos empeñamos en echar a un lado –como a la brujería– pero cuando nadie está mirando la abrazamos y… ay, caballero, qué felicidad. Porque el cubano en general es así, y a menudo flota como una isla a la deriva.

Abilio Estévez, Tuyo es el reino

Abilio Estévez - Tuyo es el reino[…]“Hace calor” es la frase que más se ha escuchado en esta Isla desde los días de la Creación, Hace calor, a cualquier hora y en cualquier lugar, no importan las circunstancias, cuando se abren los ojos al sol remiso del amanecer, o cuando sales a mirar qué te depara el cielo para este día, o aguardas sin resignación el aguacero cuya amenaza mayor no son las nubes negras, sino el vapor horrendo que sale de la tierra, y que te obliga a gritar Hace calor, sí, Hace calor en la fiesta, en el banquete dominguero, en la ceremonia de celebración de algún santo, a la hora de sacar los tamales, de freír los chicharrones, de descorchar las botellas de ron, de jugar al dominó bajo el framboyán, Hace calor, muchísimo calor cuando algún niño lanza su primer vagido, y también en la cama del encuentro, en la cama de los cuerpos sumergidos (en el calor), en ese instante en que se trata de huir no por la vía del mar, del camino, de las lejanías, sino por la vía de las salivas que se mezclan, de los sudores que se mezclan, de las savias que se mezclan, por la vía del gozo, entre caricia y caricia, beso y beso, mordida y mordida, cuando se abren las piernas y se recibe la vitalidad ajena, Hace calor, al escribir la carta, al regar las rosas y escribir la silva con que se saludan las gracias sin par de la Isla sin par, Hace calor en el velorio, frente a los cirios prendidos, y también a la hora del Sagrado Sacramento, y en el momento de saltar por la ventana, de izar la bandera, cantar el himno, o cuando agonizas en la cama del sanatorio, o te bañas en el mar hirviendo, o te detienes en la esquina hirviendo sin saber qué camino seguir (¡es mentira, los caminos no conducen a Roma!), cada camino abre una vía hacia las pailas del infierno, Hace calor para el albañil, el abogado, el bailarín, el turista, la mujer-de-su-casa, la mujer-de-la-calle, el vendedor-de-caramelos, el barrendero, la niña-de-trenzas y la niña-sin-trenzas, el güagüero, la enfermera, el militar-de-alta-graduación, la actriz, el delator, el cantante, la maestra, la modelo, el coleccionista, el escritor, el manda-menos y el manda-más, el vencedor y el vencido, que si algo hay democrático en este Isla es que, para todos, Hace calor. […]

 

Abilio Estévez (La Habana, 1954) Narrador, poeta y dramaturgo. Obtuvo el premio Tirso de Molina con su obra La Noche; el premio Luis Cernuda con el poemario Manual de las lamentaciones. Su novela Tuyo es el reino fue publicada por Tusquets (Barcelona) y ha sido traducida a once idiomas.