Después de la lluvia, también el mar

malecón habana
Foto: Geisys Gómez
malecón habana
Foto: Geisys Gómez
morro habana
Foto: Geisys Gómez
bahía habana
Foto: Geisys Gómez
bahía habana
Foto: Geisys Gómez

En la Habana, el mar y la lluvia moderan el calor, el trasiego humano en las calles, el rebote implacable de la luz sobre los edificios. Contemplar la humedad que va naciéndole a los muros es, más que voto de silencio, deporte melancólico.

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Muralla

muralla
Foto: Beatriz Verde Limón
muralla-habana-cuba
Foto: Beatriz Verde Limón

Como un John Doe, un trozo de cuerpo sin identificar yacente en la curva que traza la avenida del puerto, donde acaba la terminal de trenes y donde la gente, con maletines y cajas de plátano, transita con la angustia y el cansancio del viaje acuñados en el rostro. Nadie sabe por qué está ahí, ni siquiera se preguntan qué hace este pedazo de muro, esta intriga de inmensas rocas, en plena calle. Los viajantes la sortean como un obstáculo más, contra el que nada puede hacerse. Qué remedio. Pero no es tan grave, la muralla ha perdido su función, ya no cierra las puertas a las nueve de la noche dejando fuera a los viajeros rezagados, los bandoleros, los peligros de un asalto. Aunque una ciudad duerma cómodamente dentro de la otra, aquella y a no existe. ¿Lástima o suerte? La de hoy tiene otros muros, de unos años a esta parte, para que la gente no se salga. La ciudad de hoy tiene oficinas de funcionarios y leyes cuestionables que, trazando un bojeo a lo largo de la isla, preservan a los ciudadanos ante la fiebre del emigrante y sus humanos delirios. Una muralla reprime la comunicación, es difícil saber lo que se piensa, lo que se dice, lo que se grita del otro lado. ¿Cómo saber entonces si lo que se ha quedado fuera es un peligro real? Las murallas tienen ese efecto, pero no son eternas. Un buen día la ciudad crece y se desborda, las piedras guardianas van perdiendo protagonismo y son derrumbadas. Cualquiera puede entrar, no hay miedo en dejar salir porque a la ciudad de uno siempre se regresa como a la casa donde se nació, como la madre que siempre tiene los brazos abiertos para el hijo. A Dios gracias por la finitud de las murallas, porque ver los fragmentos regados por la ciudad me trae el consuelo de que algún día los muros tendrán su merecido, esa triste condición de un cadáver que nadie reclama, un rezago de roca cuya función ya casi nadie recuerda.

Ay, madre mía de la Caridad

Virgen de la Caridad
Virgen de la Caridad

Como en cada enero pasa que la gente se pregunta qué será de nosotros, según los Orishas, en este nuevo año. Cumplidas las ceremonias de rigor a las doce de la noche en punto, léase la vuelta a la manzana con una maleta de rueditas, quemar el año viejo en un muñeco de trapo, el cubo de agua lanzado a la calle, previo despojo de la casa con yerbas y flores y las respectivas misas y sacrificios, el cubano se pregunta qué otra cosa podría hacerse para salir ilesos ante el designio implacable de los dioses.

-La oficial es Orishaoko con Oshún. Orishaoko es el de la tierra y viene con los Egun –dice mi vecina mientras espera que mi mamá le preste la coladita de café-. La de 10 de octubre es Shangó con Oshún. Tú sabes, falta que nos hace Oshún, pa´ que endulce un poco la isla, mi´ja.

Es curioso que las dos casas regentes en esta fe tomen derroteros diversos, tomando en cuenta que son las mismas deidades para todo el mundo. Caso omiso a este detalle, no obstante, la mayoría se decanta por la casa de 10 de octubre, si bien todos quieren saber qué predijo la Asociación Cultural Yoruba de Cuba. Así las cosas, mi vecina me dice que hay que tomar en cuenta a los Egun -es decir, a los muertos-, y atender a Elegua -el dios niño, el de los caminos-, evitar el estrés y cuidar la pareja. Hay que ser humildes y respetuosos. Este año hay que sembrar para recoger. Es un año que anuncia escasez en la alimentación y hay que tener sumo cuidado a la hora de firmar papeles porque nos pueden estafar. “Debes dar antes de recibir”, “En la unión está la fuerza”, “Una flecha no mata un pensamiento”, son algunos de los refranes para este año 2013.

-A las tres voy a hacer una misa –dice mi vecina- vayan por la casa.

Y a las tres estoy allí con una vela, mi pequeño aporte. Y miro a las santeras con sus collares, sus turbantes, la mesa con siete copas y un crucifijo en medio, las flores blancas, blanquísimas y abundantes, la palangana con pétalos, cascarilla, colonia. Meto mis manos, pensativa. Me santiguo.

-Pide, niña –dice mi vecina-, pide cosas buenas pa´ este año. Pide pa´ to´ el mundo.

Y pido.

Se me eriza toda la espalda hacia arriba, hasta la nuca, justo ahí donde vive Egun. No sé si es cosa mía, no sé, pero algo se despierta en mí cuando escucho los cantos:

  …ay, madre mía de la Caridad,

   ayúdanos, ampáranos,

   en el nombre de Dios…

Jorge Mañach, “La acera y las azoteas”

Jorge Mañach
Tomado de la Habana Elegante

¡Qué diáfano, hijo, qué sin reservas es nuestro vivir!… Habitamos igual que somos: en una constante comunicación con las curiosidades ajenas. Vas por la acera, al caer de la tarde, cuando ya ni las persianas celan los interiores contra el sol, y, sin quererlo, atisbas hasta lo más recoleto de estos largos “bajos” habaneros. Aquí está la sala, con su juego enfundado, su piano, los cuadros de flores pintados por la niña. Un poco más allá, la saleta, con sus inevitables sillones de mimbre y el teléfono. Invariablemente, la mampara de  la saleta está abierta y por el vano se descubre la solemnidad del tálamo conyugal, con algún chato  recipiente debajo, y uno de estos aparatosos escaparates de madera de la tierra que tienen fachada de edificios. Por la otra puerta de la silleta, que da al patio, bajo el abanico multicolor del arco de  medio punto, la mirada atraviesa una estrecha y húmeda umbría que animan al fondo las maniobras culinarias de una morena y el vaivén del punto de luz de su cigarro… Todo está expuesto; todo se ofrece a la inquisición transeúnte. El hogar no es, como en otros países, una  institución misteriosa y hermética tras cuyo ceño impávido desenvuelve la vida sus azares; entre  nosotros, parece sólo una excrescencia de la calle, como si esta fuese el verdadero nervio social y las casas, poros de la villa.

Pero esta no es más que la visión horizontal. ¡Y la  vertical!… ¡Las azoteas!… ¡Belvederes  maravillosos sobre la rutina y la aventura ajenas, celestinas de nuestro aburrimiento, peldaños del  cielo, novias del sol!… Cómo fulgen, cegadoras, bajo la caricia ardiente del Mediodía; cómo se prenden a las nubes con el arrebato  lírico del crepúsculo, o se alucinan, románticas y azules,  recogiendo en la tibia cuenca de su regazo el mensaje alcahuete de la luna.

Son  amables y buenas, hijo, las azoteas… Pero, como toda bondad, expuestas… Expuestas al abuso de los hombres, que las toman de aupadero para sus propias miras. Y entonces, al flanco de sus murillos, olorosos del idilio de los gatos, se descubren, con otra perspectiva menos noble, aunque más alzada, intimidades parejas a aquellas que la acera sabe…  Se ve el mimo de la solterona a sus matas tres veces al día regadas; se ve la triste y laboriosa, economía de la ropa que se lava en casa; se advierten las puertas azules, los extremos de las  camas, el envés de los biombos, el beso pospuesto, el diálogo trenzado de los vis a vis; se ve… Pero no digamos, hijo, lo que se ve a ciertas horas desde las azoteas…

Y lo significativo -terminó Luján- es que los cubanos, aunque estamos conscientes de esa espectacularidad, no nos inquietamos por ella. Somos así: diáfanos, comunicativos…

Jorge Mañach (Las villas, 1898- Puerto Rico, 1961). Colaborador de la revista Social. En 1928 es premiada su obra de teatro Tiempo muerto. En 1932 funda la Universidad del Aire, programa radial destinado a difundir la cultura. Delegado a la Asamblea Constituyente en 1940. Dirigente del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Coordinador de programas culturales del circuito CMQ, de radio y televisión.

 

 

Prado

Prado
Foto: Beatriz Verde Limón
prado
Foto: Beatriz Verde Limón

Desde arriba, donde converge con la calle Neptuno, no se ve el mar. Los árboles del paseo del Prado forman a partir de allí una capilla sixtina, crecen en dos filas paralelas convirtiendo el paseo en una lengua de sombra –que tanto se agradece en agosto- un rastro custodiado por ese verde que crece a uno y otro lado extendiendo sus ramas cual brazos largos que, al encontrarse, se tocan con la punta de un dedo. Por el centro del paseo uno camina a sus anchas, como un tuareg dando vueltas en medio del desierto oteando los bancos como escondrijos oportunos para los amantes, los viejos, los trafagadores de todo tipo de cosas. La Habana es una ciudad de traficantes, espías y voyeurs y en el paseo del Prado pueden admirarse fácilmente sentados en los bancos, caminando a pasos lentos. Sería sano admitir que hay momentos en que uno se confunde y no se sabe a ciencia cierta dónde termina el voyeurismo y empieza el verdadero espionaje. Para el que no la debe y por fuerza no la teme el paseo en las mañanas es un buen ejercicio para despertar. Hay niños haciendo Educación Física, esa asignatura de juego tan divertida, hay gente que va y viene apurada, forasteros que deambulan y los sábados, allí donde se cruza Prado con la calle Colón, mucha gente se reúne con sus ofertas de casas y apartamentos. En las mañanas los barrenderos limpian de hojas secas el suelo, pero encontrar un banco limpio no es tarea fácil, hay muchos con tufo a orines y otros flujos menos urgentes, los de más abajo ya no tienen árboles sino que están a cielo abierto. En las tardes el tráfico de autos con sus viejos motores crea un ambiente de rugidos tal que a uno se le antoja que los leones del Prado padecen un animismo feroz, o quizá vengan a quejarse de la pollution en esa zona tan concurrida, o quizás sea que Prado tiene demasiada vida y no le queda más remedio que hacer uso de ella, a lo grande, como si se estuviera en una plaza de toros.

 

Sácale brillo al piso, Teresa

mujer escobasSácale brillo al piso, Teresa, dice en uno de sus temas Pacho Alonso. Quizás los más jóvenes no recuerden la canción, pero sí habrán padecido las órdenes de mamá, sobre todo el sábado por la mañana, cuando uno quiere seguir durmiendo porque, al no haber escuela, no hace falta levantarse temprano. No hace falta, pero la vieja insiste, ¡de pie, que hoy es sábado, hoy es día de limpieza! En general es así, el balde, la escoba, el haragán, y echa más agua, ¡echa más! En realidad nos gusta el baldeo, por eso es tan común ver las aceras mojadas no solo los sábados, sino entre semana –aprovechando el día en que viene el agua-. Tanto es así que en algunos barrios es preciso andarse con cuidado, porque te mojan la ropita de salir y no precisamente con agua limpia. Incluso las familias que pueden darse el lujo de una doméstica, como está ocurriendo de un tiempo a esta parte, saben lo que es dar escoba de atrás para adelante, fregando los rodapiés, corriendo los muebles, sacando el agua de la sala para el portal, o el balcón. Hay, incluso, quien trapea la acera correspondiente. De todo esto puede deducirse que el cubano, en su mayoría, aunque latoso, exagerado y criticón, es limpio por naturaleza. Pobre, pero limpio, reza un dicho popular como lema para muchos, justamente esos que saben que la carencia no es directa ni indirectamente proporcional al agua y la escoba, a esa frescura que se respira luego de un rotundo baldeo. A ver, díganme, ¿qué cubano no se ha partido el cuello mirando alguna cubana barrer agua? Porque el baldeo, de tan practicado, también tiene background e indumentaria propia: shortcito corto –mientras más corto, mejor-, blusita vieja preferiblemente amarrada bajo los senos y alguna orquesta sonando detrás. Sonando alto –la orquesta de turno o algún viejo track que la memoria rescata-. A ver, díganme, ¿qué cubano no se ha mojado los pies, al menos una vez en la vida, meneando el esqueleto con una escoba?

Aguacero

Habana Vieja, niño, aguacero
Foto: Desmond Boylan

Me lloví, te lloviste, nos llovimos aquel día, ¿te acuerdas?, nos quitamos los zapatos y cuando ella dejó de vigilarnos nos fuimos al aguacero, pero el disimulo no nos duró mucho, porque la alegría fue tanta cuando nuestros pies descalzos chapotearon por toda la acera hasta la calle, más y más lejos, adonde su regaño se hacía de agua y no nos podía agarrar del brazo con el pretexto de la garganta, la neumonía, la escuela al día siguiente, la mugre de la calle pegándose en nuestras piernitas, y mientras, nosotros haciendo verónicas a los autos que pasaban despacito gritándonos ¡locos, que con truenos uno no se mete con la lluvia!, ¿te acuerdas?, les respondimos con risas, palmadas, griticos inocentes de locos bajitos que éramos dando golpecitos en el maletero, pegando la cara a los charcos para medir el tamaño de las coronas de agua sucia cuando caían los goterones, y el rostro de ella tras la ventana oteando en nuestra felicidad, extrañando sus propios pies descalzos, esperando a que escampara para venir a zurrarnos, cosa que demoró porque alguien lanzó una pelota y ya le dimos patadas hasta cansarnos, tenías la cara chorreada, me acuerdo, los pelos pegados en la frente, la ropa chupando el cuerpo, éramos flacos y cabezones, éramos testarudos, éramos un mismo grito pelado gozando en plena calle, en medio de los locos que salieron de todos lados y jugaron con nosotros, ellos también con toda una vida chiflada por delante, creo que en algún momento sentí frío, pero no me importó, pasó un zapato flotando y nunca supimos de quién era, fue en esa bici donde me hice la herida cuya marca me acaricio a cada rato (cuando no estoy pensando en nada), nos la turnamos, pero era mejor chapotear, mojar al otro, gritar, encogernos cuando se corrió la cortina de agua, cuando volvieron a verse los colores de las casas y se apagó el traqueteo de la lluvia sobre las tejas quitándose las nubes de en medio, ¿te acuerdas?, en Cuba siempre es así con el tiempo, te ovillaste con el fondillo pegado al charco y cerraste los ojos para aguantar el manotazo, los primeros mocos fueron por la paliza, los segundos, por el catarro. No sé si allá, adonde te has ido ahora, la lluvia será la misma. No lo sé, pero aquel día nos marcó para siempre ¿te acuerdas?

Manzana de Gómez

Manzana de gomez
Foto: Beatriz Verde Limón
manzana de gomez
Foto: Beatriz Verde Limón

La Manzana de Gómez es una ciudad Gótica dentro de la ciudad vieja, un cuerpo de edificio que desde el veterano siglo XIX tuvo dentro bufetes de abogados, oficinas consulares, comercios y demás. Hoy sigue estando enclavada en una de las zonas más visitadas por cubanos y paseantes extranjeros, ahora con un oscuro velo de hollín y mugre, una viuda que abre sus verjas solo durante el día. Enmarcada por las calles San Rafael y Neptuno, Monserrate y Zulueta, la Manzana se lo traga a uno por sus pasillos dispuestos en diagonal, colosales gargantas oscuras llenas de tuberías que serpentean sobre las vidrieras de las tiendas, una vieja ciudad de cómic donde el héroe, o quién sabe, el villano, lanza un cabo de cigarro y bien puede caernos en la cabeza. A las ventanas desprovistas de cristales se asoman seres igual de oscuros, miran al visitante con rapidez de vampiro que le teme al sol y vuelven a esconderse. En el centro mismo de la Manzana, a cielo abierto, una estatua de Mella recibe al sol a la hora del mediodía en punto. Cuando hay mal tiempo llueve dentro de la ciudad Gótica, una Wall Street fantasma con tiendas a precios bajos y mercadería de calidad dudosa, y olor a humedad, esa, por el agua que corre cuando llueve y arrastra polvo hasta los desagües. En las boutiques pocos pueden darse el lujo, existen como ironía para la vida del cubano real, ese de carne y hueso que vive del salario y solo entra a mirar. En nuestra Gotham City hay restaurantes y cafeterías, bastante limpias algunas, enclavadas en los mármoles del suelo, manchados estos, y grises, vendedores de portal que ofertan panes con jamón abanicados con cartones para que las moscas no se posen en ese segundo de descuido que siempre llega. No sabría decir si la Manzana de Gómez vive o sobrevive, si está próxima a ese derrumbe por el paso implacable del tiempo y de la historia, o en cambio respira algo de vida, porque cuando uno se para en la encrucijada de sus calles interiores y mira hacia arriba, aún se ve un trozo de cielo.

10 creencias del cubano

1- El cubano cree en la Virgen de la Caridad, en los güijes, los ancestros y y de un tiempo a esta parte, en el tai chi. El cubano se cree una pila de cosas.

carnavales
Foto: Roberto Suárez

2- El cubano cree que todas se las sabe. Y es que los cubanos saben de todo, hasta de aquello que nunca vieron sacan en limpio alguna teoría para impresionar al prójimo.

3- El cubano cree que la isla es la medida de todas las cosas, piensa que El mundo = Cuba + todo lo otro.

4- El cubano cree que la madre es lo más grande, de ahí que mentar la madre sea una de las peores ofensas.

5- El cubano cree que la cola es la única manera de organizar las cosas, al punto de irse a las manos cuando alguien no respeta el turno. Incluso cuando no hace falta siempre llega uno y pide el último.

6- El cubano cree que la vida es una sola y hay que vivirla a lo grande, por eso los carnavales, el dominó, arroz con frijoles, tamales y carne de puerco. Por eso: Havana Club.

7- El cubano cree que el extranjero no sabe nada de nada pero sobre todo cree que es sordo, por eso le grita cuando le habla.

8- El cubano cree que no es bueno andar solo, por eso cuando ve a alguien aislado primero habla del tiempo y después ya no se calla.

9- El cubano cree en la pedagogía, siempre está dispuesto a meterse en tu vida con el mejor consejo.

10- El cubano cree que un mundo mejor es posible, tú verás que sí, tiempo al tiempo.

11- El cubano se pasa.

La Rampa

La Rampa
Foto: Beatriz Verde Limón
La rampa
Foto: Beatriz Verde Limón

Antes de cruzar la calle L uno mira derecha e izquierda, nada por aquí, nada por allá y del sombrero del mago sale una luz verde que dice: ¡ahora! Entonces uno cruza, ni antes ni después, con ánimo rampante hacia abajo –hacia abajo todos los santos ayudan-, para ver la gente, qué pasa, la última moda, el amago de artesanías, los edificios burocráticos donde pululan funcionarios entre bostezos, una cola para algún casting y del sombrero del mago sale incluso el piano de Harold López Nussa y uno va saltando de una acera a la otra con ritmo bien cubano, Bailando suiza. No más mi pie sobre un cuadro de Antonia Eiriz y alguien me imita del otro lado sobre Antonio Vidal –basta que lo haga uno para que lo hagan los demás-, así vamos a ver quién pisa más cuadros y siempre está el que nos mira como diciendo, qué manera de comer mierda, primero porque no sabe que las aceras de la Rampa son una exposición permanente de obras y también por ese derecho que se arroga cada cubano al opinar sobre el proceder ajeno. Rampeando por su respeto la gente pisotea a diario cuadros de Lam y de Mariano en lo que va y viene del malecón, compra chucherías en la feria y entra a ver qué de nuevo en el Pabellón Cuba. Y entonces, ¡pácata!, pisan otro de Raúl Martínez. El cubano ya no precisa remedio chino. ¡Azúcar!, diría Celia Cruz si pudiera salir del sombrero del mago un sábado por la noche y ver lo que se ve en la Rampa nocturna, pasarela de pubertades en pleno ejercicio de su libertad sexual. Si el policía batiera su porra en una esquina sería por gusto, porque a la Rampa se va a eso, a rampear, a visitar los clubes nocturnos, a salirse del plato para decir al otro día en la secundaria o el pre: me fui a la Rampa, ¡me dieron permiso hasta las doce! A la Rampa se va a coger impulso, a ligar, a tomarse un helado en el Bim Bom o sentarse en la fuente porque el dinero no nos alcanza. A veces del sombrero del mago sale un piquete de amigos y así es como a uno le sorprende el amanecer en el malecón habanero.