El Bodegón de Theodoro

El bodegón de Theodoro
El Bodegón de Theodoro / Foto: Dazra Novak

Javier, de casualidad pasé por la calle San Lázaro y mira ¡de nuevo está abierto el Bodegón de Theodoro! Recordé tu comentario de hace unos meses (en realidad llevo tiempo con tus palabras dando vueltas en la cabeza), tus recuerdos de los tiempos de estudiante en la Universidad de la Habana, tus encuentros allí con tus amigos, las poninas para comprar y compartir algunas cervezas Mayabe. Te cuento que las Mayabe siguen estando ahí a 18 pesos cubanos (increíblemente frías), y las botellas Havana Club, y un par de platos con pollo frito que pasaron junto a mí para posarse en la mesa de un matrimonio sentado junto a los grandes ventanales. Yo solo había entrado una vez con unos amigos y no recordaba bien el lugar, solo el área pequeña en semicírculo y las mesas y bancos de madera algo maltratados por el uso. La intención persiste por esa bandera de la Feu que ves al final del salón, pero como te darás cuenta, el público no es, precisamente, universitario. Una gran bocina sobre el suelo soltaba unos temas de la India en inglés y me pregunté -esto no alcancé a imaginarlo-, qué música sonaría cuando lo visitabas tú.

El bodegón de Theodoro
El Bodegón de Theodoro / Foto: Dazra Novak
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Mirar en la Habana

vendedor
Foto: Dazra Novak

¿Qué habrá, en verdad, tras la mirada de los vendedores ambulantes? ¿Qué les espera al llegar a casa? ¿Qué piensan mientras enrollan los cucuruchos, mientras hacen las rositas de maíz o ponen lo coditos al sol para después freírlos? ¿Cuántos kilómetros caminarán para vender su mercancía? ¿A qué hora se levantan todos los días para salir a vender? ¿Siempre van a los mismos lugares? ¿Alguien les dejará propina al comprarles los cucuruchos? ¿Qué tiempo llevarán haciendo ese trabajo? ¿Les espera alguien en casa? ¿Aguantan la respiración cuando cuentan el dinero al final del día? ¿Cómo lucían cuando eran más jóvenes? ¿qué se inventaban, qué los emocionaba, qué los llevaba de la realidad al sueño? ¿Pensaron alguna vez que venderían rositas en la cola del cine, del teatro, en el malecón, en esta calle Neptuno donde hay tanto tráfico? ¿Le habrán regalado alguna vez un cucurucho a alguna persona hambrienta en cuya cara se notaba que ni tenía con qué pagárselos? ¿Los venden todos? ¿Hay días en que no venden ninguno? ¿Comen de sus propios cucuruchos, de los que sobran o de los que guardan para sí? ¿Alguien les habrá comprado alguna vez todos los cucuruchos por hacerles el favor? ¿Este vendedor habrá pensado en algo mientras yo le tiraba esta foto? ¿Seré realmente eso, una desconocida más entre esta multitud que lo mira todo…? Y no me compra nada, no me compra nada, no me compra…

Loma de Chaple

Loma de Chaple
Foto: Dazra Novak

Lo que más me impresionó de la Loma de Chaple no fue la vista, ni la altura, ni esas casas con los pies literalmente colgando junto a la ladera con todas las posibilidades de que, un amanecer de estos, ocurra sin más el deslizamiento. O quizás sí me impresionó, pero no tanto como las mansiones: inmensas, solemnes, calladas, poderosas. Cada vez que veo una casa así me imagino los muebles antiguos, los sótanos, los secretos y sobre todo, las gavetas. Daría cualquier cosa por hurgar en todas esas gavetas. Algunas callecitas de la loma emanan ese aliento de puro misterio, de cosa no dicha, otras, me miran curiosas a-qué-tanta-foto (ajenas a los tiempos gloriosos que se vivieron aquí). Como si fuera normal tanta mansión soberbia, tantos techos apuntalados y mirando hacia arriba, como si no bastara con esta altura que se empina por encima de las demás casas que reposan, más abajo, en la otrora Calzada de Jesús del Monte. Es silenciosa la loma, y recogida en su vida alcurniosa (a destiempo). Se nota que algunos se han hecho con grandes tesoros aquí (no son casas de más de cinco cuartos, son siglos los que se compran y venden) y cambian colores de fachadas, remodelan balcones, echan abajo telarañas, borran la historia con nuevos presupuestos.