¿Qué mano me guía?

vista de la Habana desde Casablanca

A veces, cuando la miro así, desde lejos, me parece una ciudad antihermosa. Fundida en esta especie de niebla borrándole los contornos, las líneas que deberían definirla en más de un sentido. Así la veo la mayoría de las veces –aunque no esté yo tan arriba–, hermosamente de muselina gris donde a ratos destellan, según el humor del tiempo, los colores que de verdad le van por dentro. A veces luce tan en calma que nadie se imagina lo que le pasa, todo lo que grita en su diario grito mudo con miles de transeúntes protestando por sus venas, haciendo camino a lo de siempre que ya no es igual. Cuando la veo así tampoco yo alcanzo a definirme, esbozar algún contorno coherente, una máxima que guíe a los otros hacia lo que de verdad somos. Es como si la niebla se fuera conmigo a todas partes, todas partes que son este irme y regresar constantemente sin haberme ido nunca, este ir haciendo/deshaciendo mis pasos, la mora al mar casi botando la perla tan cansada como a veces me pone hasta el último segundo en que logro agarrarla y… ¡qué alivio!, suspiro sin hacer mucho hincapié en mi reincidir. Escribió Margaret Atwood que hay una tercera mano que nos guía, que no es la mano de ninguno de los dos amantes que de la mano van, sino una tercera que los une, la misma que el mago asegura es más rápida que el ojo. Y sospecho que tiene razón. Debe ser una mano pequeña, la mano de un niño, la que me lleva siempre de regreso a mi Habana.

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