Mi suerte de FILH 2018

entrada a la FILH 2018

Como cada año, la furia (feria) de los libros tomó por asalto la fortaleza de la Cabaña y no pocos puntos de la ciudad como el Pabellón Cuba, el Centro Dulce María Loynaz, la Casa de las Américas, entre otros. Muchos escritores nos enrumbamos a pleno sol, en medio de la muchedumbre, por entre calles adoquinadas, hasta las salas de presentación para ver nacer nuevos hijos/libros, para aplaudir los premios de colegas y alegrarnos como si fueran nuestros, para comprobar que sí, en efecto, hemos crecido, y mucho. Por supuesto, también este año alguien se quejará por la mucha gente, por los papeles sucios y latas vacías, porque sabemos no todos los que están en la cola vienen a comprar libros, sino a pasearse con sus bocinas portátiles y los ojos surcados por una cicatriz “a lo Halloween”, para hacerse un selfie que tendrá muchos corazones en Facebook al final del día. Pero a la par, y esto es lo bueno, he visto muchas bolsas repletas de libros, he escuchado a lectores preguntando en los stands de editoriales de provincia por autores o títulos, he visto a un padre y a su hijo leer juntos un pequeño libro de cuentos, y eso basta para alegrarme tanto como que los comederos, este año, fueron menos. Faltaron libros, es verdad. Faltaban actividades en el programa, también es verdad. Por eso aplaudo el trabajo de los muchachos de Claustrofobias, Yunier Riquenes y Naskicet Domínguez por el trabajo incansable de reseña y promoción de actividades que nos guio todos estos días. Agradezco a Eudris Planche y Yanelis Encinosa el haber incluido, en el VIII Encuentro de Jóvenes Escritores de Iberoamérica, a tan buenos narradores y poetas (especial mi admiración por Balam Rodrigo, poeta mexicano que ya se irá conmigo a todas partes). Feliz por la publicación de los respectivos premios Carpentier y Guillén de Ahmel Echevarría y Jamila Medina, por el merecidísimo Premio Casa de las Américas de mi querido Rafael de Águila. Triste por Evelyn Pérez, cuya ausencia lloré en silencio a solas entre la gente, lamentando que a esta feria le faltaran sus textos duros y esa sonrisa alegre donde todo era posible. Sin querer he ido descubriendo que a estas alturas de más de mil graduados del Centro Onelio, muchos de ellos ocupan lugares claves dentro de editoriales y centros culturales de todo el país, lo que me hace celebrar el hecho de que los buenos seguiremos ganando.

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