Amigos del mar

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Fotos: Dazra Novak

¿Y ahora a qué lugar vamos?, nos preguntábamos algo desganados aquella noche a la salida del Cine Teatro Trianón. Cualquiera pensaría, con tantas ofertas de bares y restaurantes, que la respuesta sería cosa fácil, pero lo cierto es que sucede todo lo contrario: en una ciudad cada vez más llena de visitantes extranjeros y bolsillos pudientes a veces es difícil encontrarse 1) un buen sitio con mesas vacías, 2) un espacio tranquilo para poder conversar sin la molestia del reggaetón 3) un local sin meseros que pregunten cada dos minutos ¿eso es todo? ¿no vas a querer algo más? 4) un lugar con una vista que te permita olvidarte de todas las carencias mencionadas anteriormente y aquellas otras, las que nos acompañan desde hace tantos años que ya parecen no tener solución. Por suerte, alguien dijo aquella noche, “yo conozco un lugar”. Con una mezcla a esas alturas compuesta por ¼ de optimismo y ¾ de escepticismo, cruzamos el túnel de la 5ta avenida en falso amago hacia los predios de Miramar, pero girando luego a la derecha para bordear su boca por encima. Allí, en el extremo opuesto del oscuro parqueo de Kasalta, la entrada al puertecito de pescadores escondía un gran portón de madera. “Parece la guarida de un oscuro traficante”, bromeó alguien. “¿Estaremos a salvo aquí?, dijo otro. Entre las risotadas y choteos de rigor, sin dejar de temer el posible asalto, fuimos descubriendo una suerte de embarcación sin calafatear, pero con auténticas ganas de ser lanzada sobre el otrora río Casiguagua, hoy Almendares. Desde una de sus barras montadas al aire, bajo una mancha de pececitos de metal anclados a la estructura de los techos, conquistamos con un dedo infantil la chimenea del Cocinero, el puente de hierro, otro par de edificios archiconocidos que surgían ante una perspectiva completamente nueva, como si fuera otra la ciudad que escapa por la boca del río hacia el mar. Entre salvavidas, balones de oxígeno, anzuelos, dentadura de tiburón, un menú a base de pescados y mariscos y algunas cervezas, agradecíamos la brisa marina y reíamos de nuestra suerte. Por eso cumplimos la promesa de regresar a pleno día para comprobar que, en efecto, la luz es siempre otra y la misma. Salvo en las tardes, cuando el reflejo sobre las aguas marca una distancia enorme hasta la orilla opuesta y se pueden leer los nombres de los barquitos que, sin añorar pedigrí, orgullosos muestran nombres como Damary, Camila, Habana.

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