Welcome

danza abierta

Al ser reducida a penumbras la hermosa sala del Teatro Martí, desaparecieron como por arte de magia sus molduras, balcones, banquetas, el esplendor de otros tiempos y el público de hoy. Una cortina de pequeños trocitos de papel hacía rebotar la luz de los reflectores mientras un hombre enseñaba a bailar –a moverse- a una mujer: dolorosa metáfora de esta mujer que hemos sido, por los siglos de los siglos, hecha, dictada por el hombre. De este modo se fueron sumando más mujeres y más hombres y menos hombres y más mujeres acompasados en un mismo ritmo nacional, el de las claves, el del Beny Moré, el de la rumba, el de la isla toda. Los movimientos sensuales de los bailarines, bajo un vestuario que dejaba admirar los cuerpos bien moldeados, iban imprimiendo en nuestras retinas ese afán de cópula que sin duda alguna exhalamos a la par de la cubanía. A la espera del barco o del avión, con la mirada fija en las crestas de las olas por donde han de llegar de un momento a otro, los bailarines fueron sumando sus hermosos cuerpos a esa gran coreografía de pueblo a la que llaman idiosincrasia, cuerpo de baile que, en nuestro caso particular, está cada vez más dispuesto a recibir al visitante extranjero con la mejor de las sonrisas, los brazos –y piernas- bien abiertos, un welcome que a nadie engaña a estas alturas: es un grito desesperado disfrazado de gesto hospitalario. De todos modos, el visitante sí prueba –que para eso ha venido- el verdadero sabor del canto de las sirenas de esta isla, donde el beso –en efecto- dura más, el cuerpo –nadie lo dude- aguanta más, y el meneo sabroso de las mujeres y los hombres y las palmeras y el sol eterno resultan ser tan ciertos –cortina de pequeños cristales que reflejando las luces de afuera encandilan, no dejan ver lo que hay dentro. Hombre al fin, dirían nuestras abuelas, apenas unas horas de haber llegado y el visitante deja fluir su instinto animal y, protegido, justificado por la sordidez de la alta noche se aprovecha, ensaya con esta isla-mujer-hecha-dictada-por-el-hombre los juegos más innobles y termina lanzándola al aire como un juguete desechable. Muñeca de trapo/muñeca de cuerda que al otro día seguirá bailando para él –tal y como le enseñaron-, e irá hasta la orilla para despedirle con un adiós de mano temblorosa –ahora desarmada de segundas intenciones-, intentará seguirle por sobre las olas, pero la marea de cuerpos la arrojará de vuelta a la misma orilla donde habrá de alzar la mano al próximo visitante y repetir, como un disco rayado: welcome.

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